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La chica tiene la cara quemada, pero la esconde debajo de un mechón de pelo rubio y mal lavado, grasiento. La piel se le derritió y no sabemos por qué, pero seguro que detrás de esa cicatriz hay una historia macabra. Y vaya si la hay, porque volvió David Cronenberg.

La cara quemada, pariente actual de aquella ochentera oreja cercenada en un jardín al inicio de Terciopelo azul de otro gran David (Lynch), le corresponde a la Mia Wasikowska, que interpreta a Agatha. La chica llega a Los Ángeles con unos misteriosos guantes de seda negra que le llegan hasta los codos (¿taparán otras cicatrices?) y dinero suficiente como para contratar una limusina tan negra como dichos guantes.

El chofer de la limusina es el carilindo Jerome (Robert Pattinson), que aquí saca su versión más tilinga, con escarbadiente masticado y todo. Jerome trabaja también para la actriz Havana Segrand (Julianne Moore), caída en decadencia y en desesperada búsqueda de conseguir un papel que la mantenga dentro del codiciado candelero de Hollywood. El rol al que finalmente aplica es nada más y nada menos que el que lanzó al estrellato a su madre fallecida.

Ese es el zoológico de millonarios excéntricos y sofisticados que describe Cronenberg en Polvo de estrellas, su última película que se estrena hoy en salas uruguayas.

Havana maneja su crisis existencial y emocional con duras sesiones psicólogas con el doctor Weiss (John Cusack), una especie de yuppie new age que anda en descapotable y cuyo hijo de 12 años, Benji (Evan Bird), es una precoz y ávida estrella de cine que solo quiere seguir trepando.

Con un guión de Brian Wagner, Cronenberg condensa en Polvo de estrellas una historia lo suficientemente retorcida como para que su esencia vuelva a brillar en la pantalla. Es el brujo que revuelve la olla para preparar la poción. Y cada vez que el cucharón da vueltas, las cosas se complican más en un argumento que es un colmo de oscuridad.

Agatha busca a su familia, como un pichón que una vez salió del nido original y ahora quiere recuperarlo porque así son sus sentimientos elementales. Parecería que en ella no existe la maldad y, en todo caso, se abre a descubrir una nueva experiencia para ella, como el amor, pero esa cicatriz que vuelve a esconder...

Havana desea con locura el papel de su madre, a cualquier precio. Necesita una asistente para que la ayude a sobrevivir en su enorme y solitaria mansión hollywoodense. ¿Por qué no contratar a la discreta Agatha? Si total, no sabe que volvió del pasado a decirle a su familia que el pasado no se olvida tan fácil.

Cronenberg mueve con maestría los hilos de la trama (en el sentido de tejido, de tela que se interconecta), de este “mapa hacia las estrellas”, tal el verdadero título del filme y no este con reminenscencias cumbieras con el que se estrena en Uruguay. Hollywood es un sitio jodido para sobrevivir. La colina que tiene el famoso cartel blanco de lata se ve desde atrás y está todo carcomido por herrumbe, igual que los personajes que medran y sobreviven en ese desierto donde todavía pululan los coyotes.

Actriz con mayúsculas

No se puede referir a Polvo de estrellas sin hacer hincapié en la formidable actuación de Julianne Moore, una mujer de 54 años y con una carrera consolidada dentro de la industria, que en un acto de osadía dramática se anima a encarnar a una mujer de su propia edad que vive una situación que bien podría, como un espejo fatídico, toparse en su vida real.

Quien vaya al cine a ver “una con Julianne Moore” ciertamente se encontrará a la pecosa y rubia actriz en escena, y en una de sus mejores actuaciones de los últimos años. Por algo ganó como Mejor Actriz en la edición de este año de Cannes.

Bajo el tamiz de Cronenberg, demuestra toda su calidad en un abanico que la muestra desnuda en una patética escena de lesbianismo, mientras hace yoga y luego explota en un grito de rabia, o canta de felicidad.

El joven Evan Bird también demuestra su pasta como un pequeño monstruito mediático que tiene un futuro prometedor.

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