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Durante años sostuve una idea que algunos consideraban exagerada. Advertí que el mayor riesgo que enfrentaba Uruguay no era solamente el crecimiento del delito, sino que los uruguayos terminaran acostumbrándose a convivir con él.

Hoy, con enorme preocupación, creo que ese momento llegó. Balaceras a plena luz del día. Homicidios múltiples. Ajustes de cuentas. Niños creciendo entre disparos. Barrios enteros condicionados por organizaciones criminales. Y, sin embargo, al día siguiente todo sigue igual. La noticia desaparece, aparece otra tragedia y el país continúa como si nada hubiera pasado.

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El horror dejó de ser una excepción para convertirse en parte del paisaje. Y eso debería preocuparnos mucho más que cualquier indicador estadístico.

Siempre sostuve que Uruguay tiene una enorme cifra negra del delito. Miles de personas que ya ni siquiera denuncian porque entienden que no vale la pena hacerlo, porque el trámite es complejo, porque no confían en obtener una respuesta o simplemente porque asumieron que nada cambiará. Esos delitos nunca ingresan a los registros oficiales y, por lo tanto, jamás forman parte de los análisis que luego pretenden describir la realidad.

Por eso nunca creí que la discusión pudiera reducirse a una comparación de números. Porque la seguridad no se mide solamente por una planilla. Se mide por cómo vive la gente. Mientras una familia siga modificando sus horarios por miedo.

Mientras un comerciante cierre mirando para todos lados. Mientras una madre no pueda dormir hasta que su hijo llegue a su casa. Mientras los vecinos naturalicen escuchar disparos.

No habrá cifra que pueda convencernos de que estamos mejor. No escribo esto para responsabilizar exclusivamente a este gobierno. Sería intelectualmente deshonesto. Lo sostuve cuando gobernaban otros y lo sostengo exactamente igual ahora. La seguridad pública jamás debería transformarse en un argumento de conveniencia política.

Pero tampoco podemos caer en el otro extremo: el de minimizar la gravedad de lo que está ocurriendo. Uruguay enfrenta un proceso de transformación del delito que exige respuestas mucho más profundas que una discusión sobre estadísticas mensuales.

El narcotráfico dejó hace tiempo de ser solamente un negocio ilegal. En muchos lugares pasó a disputar territorio, autoridad y control social. Allí donde el Estado retrocede, el crimen organizado avanza. Frente a eso no alcanzan respuestas aisladas.

Necesitamos inteligencia criminal real para desarticular organizaciones y no solamente detener ejecutores. Necesitamos fortalecer la investigación, coordinar de manera mucho más eficiente a la Policía, la Fiscalía y el Poder Judicial, recuperar los territorios donde el Estado perdió presencia e intervenir tempranamente para impedir que el delito siga reclutando jóvenes como mano de obra.

Pero también debemos animarnos a discutir cómo medimos el problema. Uruguay necesita facilitar el acceso de la población a realizar denuncias. Durante años miles de personas dejaron de denunciar porque sintieron que no servía para nada, que era perder tiempo o que jamás obtendrían una respuesta.

Facilitar la denuncia, hacerla más accesible, más rápida y más cercana al ciudadano probablemente provoque, en una primera etapa, un aumento de los delitos registrados. Algunos podrán interpretar ese incremento como un retroceso.

Yo creo exactamente lo contrario. Será, probablemente, el costo político que deba asumir cualquier gobierno que realmente quiera conocer la dimensión del problema y construir una fotografía mucho más cercana a la realidad. Gobernar sobre una realidad parcialmente oculta puede ser políticamente más cómodo, pero difícilmente permita diseñar políticas públicas eficaces.

Prefiero un gobierno que asuma el costo de mostrar la realidad tal cual es, antes que uno que se conforme con indicadores que no reflejan el miedo, la victimización y los miles de delitos que nunca llegan a convertirse en una denuncia formal.

Porque el objetivo no debe ser mejorar una estadística. El objetivo debe ser mejorar la vida de los uruguayos.

Pero antes que todo eso debemos recuperar algo mucho más importante. La capacidad de indignarnos.

Porque el día que una balacera deje de conmovernos, que un homicidio múltiple sea apenas un titular más y que la violencia extrema deje de sorprendernos, habremos perdido una batalla mucho más profunda que la lucha contra el delito. Habremos perdido la capacidad de defender el país que durante décadas nos sentimos orgullosos de ser.

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