ver más

La semana pasada se publicó el estudio más grande que se hizo hasta ahora sobre qué pasa cuando les sacás el celular a los chicos en la escuela. Lo hicieron investigadores de Duke, Stanford, la Universidad de Michigan y la Universidad de Pennsylvania. Lo publicó el National Bureau of Economic Research. Analizaron datos de más de cuarenta mil escuelas en Estados Unidos entre 2019 y 2026. Midieron todo. Notas, asistencia, bullying, atención en clase, bienestar emocional. Es el primer estudio de escala nacional en el país con más datos sobre educación del mundo. Los resultados son los que nadie quería escuchar.

Las notas no mejoraron. Prácticamente cero. El efecto sobre los puntajes de matemática y lectura fue, en palabras del propio E. Jason Baron, profesor de Duke y coautor del estudio, "consistentemente cercano a cero". Hubo una mejora mínima en matemática en secundaria y un efecto levemente negativo en escuelas medias. Pero en términos generales, nada.

La asistencia tampoco cambió. El bullying online percibido tampoco bajó. La atención autoreportada en clase tampoco subió. Todos los indicadores que se usaron para justificar la prohibición quedaron en cero. Pero pasó otra cosa.

Los pibes empezaron a sentirse mejor. No enseguida. En el primer año sin celular, el bienestar subjetivo bajó. Hubo un dieciséis por ciento más de suspensiones. Conflictos, resistencia, quilombo. Pero a partir del segundo año empezó a rebotar. Y para el tercero, los estudiantes reportaban estar mejor que antes de la prohibición. Los docentes también. En las encuestas, los profesores dijeron que las aulas estaban más tranquilas y que se sentían más satisfechos con su trabajo. El uso de celulares en clase bajó del sesenta y uno por ciento al trece.

Me quedo pensando en eso un rato. El celular no los estaba haciendo más burros. Los estaba haciendo sentir peor. Y cuando se lo sacaron, las notas no cambiaron, pero los chicos, después de un periodo de abstinencia bravo, empezaron a estar más tranquilos. El problema siempre fue emocional. Y eso es mucho más difícil de resolver que un puntaje en un examen.

Ahora acá. Porque esto pasa al lado nuestro, no en Marte. Según datos de PISA dos mil veintidós que usó Argentinos por la Educación, Argentina y Uruguay son los dos países con mayor proporción de estudiantes que reportan distracción por dispositivos digitales en el aula. Argentina, cincuenta y cuatro por ciento. Uruguay, cincuenta y dos. Chile tercero con cincuenta y uno. Los tres primeros del mundo en distracción digital escolar somos nosotros. Y recién ahora estamos empezando a hacer algo.

La provincia de Buenos Aires prohibió el celular en primarias a partir de marzo de este año. La ley la aprobaron en septiembre de dos mil veinticinco. El Colegio Atlántico del Sur, en Mar del Plata, lo hizo por su cuenta: los alumnos de secundaria dejan el celular bajo llave en recepción cuando entran y lo retiran cuando se van. En Entre Ríos hay un proyecto de ley en el Senado provincial. En Chile ya rige una ley nacional desde este año. Brasil también. Colombia y Paraguay ya tenían la suya. La UNESCO presentó hace cuatro días un informe de doce países de América Latina. En dos mil veintitrés, uno de cada cuatro países en el mundo tenía alguna regulación. Hoy es uno de cada dos.

Pero el dato de la UNESCO que más me quedó dando vueltas es otro. Roxana Morduchowicz, la consultora que hizo el relevamiento, explicó por qué Europa prohíbe y América Latina restringe. La razón es simple y dura: en Europa pueden prohibir los celulares porque las escuelas tienen computadoras y tablets. Acá, en muchos casos, el celular es la única tecnología disponible. No podés sacar la única pantalla que tienen si no les das otra.

Esa frase condensa toda la desigualdad del debate. En Finlandia prohíben el celular porque tienen diez dispositivos alternativos. En una escuela rural de Santiago del Estero o de Tacuarembó, el celular del pibe es la única ventana a internet. Prohibirlo ahí tiene otro costo.

Vuelvo al estudio de Duke y Stanford. Hay un detalle que Fortune resaltó y que me parece clave. Las escuelas están gastando decenas de millones de dólares en fundas Yondr, las bolsas magnéticas donde los pibes guardan el celular bajo llave durante la jornada. Cerca de cinco mil escuelas las usan. Cada funda sale entre veinticinco y treinta dólares. Y el estudio muestra que las notas no se movieron. Entonces el debate que se abre es incómodo: ¿estamos gastando millones para que los chicos saquen mejores notas, o para que estén mejor? Porque si la respuesta es la segunda, hay que decirlo abiertamente. Y si es la primera, los datos dicen que no está funcionando.

Jonathan Haidt, el autor de "The Anxious Generation", el libro que motorizó buena parte de este movimiento global, comentó el estudio en X. No lo descartó. Pero tampoco lo festejó como un triunfo. Porque la conclusión del estudio dice lo que Haidt viene diciendo hace años, solo que de una forma que a nadie le cierra del todo: el celular afecta el bienestar, no el rendimiento. Los pibes no sacan peores notas por mirar TikTok en clase. Sacan las mismas notas. Pero se sienten peor.

Y acá está lo que a mí más me interesa de todo este tema. Porque si el problema fuera académico, la solución sería técnica. Sacás el celular, suben las notas, listo. Pero el problema es que un pibe de quince años pasa siete horas en la escuela y cuando suena el timbre lo primero que hace es desbloquear el celular como si le hubieran devuelto el oxígeno. Eso no se resuelve con una funda magnética. Eso se resuelve entendiendo por qué necesita esa pantalla con tanta urgencia. Y esa conversación todavía casi no empezó.

La UNESCO propone lo que llama una "tercera vía": ciudadanía digital. Enseñarles a los pibes a usar la tecnología de forma crítica, ética, reflexiva. Suena razonable. Pero también suena a algo que un ministerio dice cuando no sabe bien qué hacer. Porque en la práctica, en una escuela de Lanús o de Ciudad Vieja, el docente que tiene treinta y cinco alumnos y cobra lo que cobra no tiene tiempo de enseñar ciudadanía digital. Tiene tiempo de decir "guardá el celular" y seguir con la clase. Y eso, si le va bien.

Escribo sobre tecnología desde hace años. Hablé del tema en colegios, en universidades, en conferencias. Y algo que veo cada vez que entro a un aula es lo mismo: los pibes saben que el celular les hace mal y no pueden soltarlo. Lo dicen ellos. En las encuestas del estudio NBER, los estudiantes dijeron que no estaban de acuerdo con la prohibición. Los padres sí. Los docentes sí. Los pibes no. Piden que les saquen la cosa que los hace sentir mal y al mismo tiempo piden que no se la saquen. Si eso no es una adicción, se le parece bastante.

El celular es un síntoma. Lo que hay atrás es una generación que creció adentro de un sistema diseñado para capturar su atención las veinticuatro horas, y que ahora le pide a los adultos que la ayuden a salir. Pero que al mismo tiempo no quiere soltar lo único que conoce. Y los adultos, que les dimos el celular a los ocho años sin leer el manual, ahora les decimos "guardá eso" como si la solución fuera devolver el aparato a la caja.

Cuarenta mil escuelas lo intentaron. Las notas no cambiaron. Pero los pibes se sienten un poco mejor. Y ese "un poco mejor" es, si lo mirás bien, lo más honesto que salió de todo este debate. Porque reconoce que el daño siempre fue emocional, no académico. Y eso, hasta ahora, ningún algoritmo sabe cómo resolverlo.

Seguí leyendo