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La variante extrema del fenómeno de El Niño que prevén pronósticos meteorológicos internacionales sumada a la crisis mundial de fertilizantes plantea una doble amenaza para las economías rurales, la estabilidad social y la producción agrícola en América Latina y el Caribe, región fundamental para la seguridad alimentaria mundial. Ya por separado, ambos factores plantean enormes desafíos para la agricultura regional.

Combinados, podrían convertirse en una tormenta perfecta para millones de productores, afectando la seguridad alimentaria en no pocas naciones.

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Los pronósticos indican una alta probabilidad de desarrollo de El Niño este año, con efectos potencialmente desiguales: lluvias intensas e inundaciones en algunas regiones; sequías prolongadas y estrés hídrico en otras. La preocupación común es la incertidumbre respecto a la posible mayor intensidad del fenómeno.

En el Cono Sur, especialmente en Argentina y Brasil, algunas regiones podrían beneficiarse de un aumento de las precipitaciones y una recuperación en el rendimiento de los cultivos. En América Central, el Caribe y el norte de América del Sur, el panorama es menos favorable.

Allí, el riesgo de rendimientos menores y pérdida de cosechas, disminución de la productividad ganadera, perturbaciones en los mercados agrícolas y fuertes aumentos en los precios de los alimentos es significativo, lo que puede llevar a un deterioro de la seguridad alimentaria y a que productores y consumidores deban afrontar costos millonarios. Estos no son peligros potenciales; la historia reciente los avala.

Estos impactos, particularmente en las zonas rurales, suelen ir seguidos de endeudamiento, migración y deterioro nutricional. Para los productores agrícolas, especialmente los pequeños y medianos, la incertidumbre climática dificulta decidir qué sembrar, cuánto invertir o qué nivel de fertilización aplicar. Y cuando los fertilizantes se encarecen o escasean, muchos optan por reducir las dosis, disminuir la superficie sembrada o cambiar a cultivos menos exigentes, con efectos inmediatos y negativos en los rendimientos y la producción.

A diferencia del pasado, ahora es posible anticipar la ocurrencia, los impactos y las consecuencias de fenómenos climáticos como El Niño —o su contraparte, La Niña—.

Hoy en día, es injustificable actuar solo sobre las consecuencias y limitarse a reaccionar cuando la sequía está avanzada, se producen inundaciones, se pierden cosechas o suben los precios. Debemos actuar antes para minimizar los impactos negativos.

Por todas estas razones, ha llegado el momento de avanzar hacia una estrategia regional proactiva. Es imperativo promover un amplio diálogo hemisférico sobre la resiliencia agroalimentaria que reúna a gobiernos, organizaciones internacionales, productores, el sector financiero, el mundo académico y el sector privado en torno a una agenda común: desarrollar capacidades de anticipación para proteger tanto la producción agrícola como la vida en las zonas rurales.

En este contexto, la cooperación técnica internacional, con su capacidad de coordinación política y técnica y sus relaciones con gobiernos, productores, empresas e instituciones financieras internacionales, se encuentra en una posición única para promover acuerdos de cooperación regional y respuestas proactivas, así como, si es necesario, para coordinar la ayuda y los esfuerzos de solidaridad para hacer frente a las emergencias.

Entre los mecanismos de colaboración público-privada que pueden promoverse se encuentran las plataformas regionales para la coordinación climática y agrícola; los acuerdos con empresas de fertilizantes y logística para garantizar el suministro en zonas vulnerables; los instrumentos financieros innovadores en asociación con bancos públicos y privados; la expansión de los seguros climáticos; y los programas conjuntos de adaptación tecnológica para pequeños y medianos productores.

La participación del sector privado es crucial para que estas estrategias sean viables y escalables, dado que las empresas químicas, el agronegocio, los bancos, las empresas de tecnología y las cadenas de exportación desempeñan un papel fundamental en el desarrollo compartido de la resiliencia agrícola.

El fortalecimiento de los sistemas de alerta temprana y la transformación de la información climática en herramientas concretas para la toma de decisiones deben convertirse en una prioridad regional. América Latina y el Caribe producen datos meteorológicos y agrícolas de inmenso valor, pero a menudo esa información no llega a los productores de manera oportuna.

La masificación en el uso de semillas resistentes a condiciones de sequía, de herramientas para una gestión hídrica eficiente, con una estrategia de gestión agronómica que adopte tecnologías avanzadas (como GPS, drones y sensores), deben ser otros de los objetivos de esta coordinación.

El doble desafío que plantean El Niño y la crisis de los fertilizantes también puede convertirse en una oportunidad: la de construir un nuevo sistema de gobernanza agroalimentaria basado en la cooperación regional, la innovación y la previsión.

América Latina y el Caribe producen alimentos para miles de millones de personas, tanto dentro como fuera de sus fronteras. Proteger esta capacidad productiva no es solo un desafío económico. Es una cuestión estratégica para el desarrollo, la estabilidad rural y la seguridad alimentaria mundial.

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