25 de octubre 2025 - 12:04hs

Una nueva categoría de empresas cotiza hoy en bolsa con valuaciones millonarias, sin fabricar productos, sin prestar servicios y sin vender nada. No tienen patentes, ni edificios, ni inventarios. No desarrollan software, ni investigan nuevos medicamentos, ni distribuyen alimentos. No exportan. No innovan. Lo que tienen, lo único que tienen, son bitcoins.

En los últimos dos años, un número creciente de compañías en crisis, por ejemplo con deudas, balances negativos y futuro incierto; encontraron una vía inesperada para captar la atención de los mercados: convertirse en "empresas tesoreras cripto". El mecanismo es simple, emiten deuda o acciones, obtienen liquidez y compran bitcoin. Al anunciar esa adquisición, el precio de sus acciones sube. Cuanto más bitcoin tengan por acción, más atractiva resulta la empresa para inversores que no pueden o no quieren comprar criptomonedas directamente.

Así, una empresa no competitiva en su sector encuentra un nuevo modelo de negocio: usar su existencia bursátil como excusa para convertirse en un contenedor financiero. Una caja sin contenido salvo el reflejo del precio de un activo volátil. Ese envase puede estar vacío de actividad económica, pero lleno de especulación.

En los primeros meses, funciona. Las acciones suben y los titulares hablan de "transformación", de "apuesta estratégica", de "alineamiento con el futuro". Los inversores entran y algunos fondos institucionales, imposibilitados de operar con criptomonedas por razones regulatorias, ven en estas compañías una manera indirecta de exponerse al mercado cripto. Los incentivos se alinean. La empresa sigue comprando bitcoins con más deuda, o emitiendo nuevas acciones para obtener capital fresco. Aparentemente, todos ganan.

Pero algo cruje bajo la superficie, porque nada de esto genera ingresos genuinos. Hay sólo una curva ascendente que depende de una variable incontrolable: el precio del bitcoin. Y el problema va más allá de la volatilidad, la cuestión es estructural. Estas compañías deben seguir comprando bitcoins para sostener su cotización, porque si se detienen, el mercado interpreta que ya no hay crecimiento posible y las acciones caen. Y si el precio del bitcoin baja, las acciones se desploman.

Ahora imaginemos que algo sucede, como una corrección brusca. Una caída del 40% en el precio del bitcoin, como ocurrió muchas veces. Esas organizaciones ven una pérdida de valor de sus activos y deben responder por la deuda tomada para financiar esas compras. Pero ya no tienen la liquidez para hacerlo, ya que no hay flujo de ingresos. Así, comienzan los incumplimientos, las ventas forzadas de bitcoin para cubrir pagos y las llamadas de margen. Y como muchas de estas empresas están interconectadas en portafolios institucionales o ETFs, la caída se multiplica. Se venden otros activos para compensar pérdidas, caen acciones no relacionadas y se resienten los bonos. El resultado es la parálisis de los mercados.

Esto ya ocurrió, en otras formas, con otros nombres. Las puntocom, los derivados hipotecarios y las hipotecas subprime son ejemplos recientes. Siempre bajo el mismo patrón: activos que crecen por expectativas, no por rendimiento. El envoltorio cambia, pero el mecanismo es idéntico.

Lo más inquietante es que esta vez no se trata de empresas tecnológicas prometiendo un futuro, sino de empresas que ya ni siquiera prometen producir algo. Solo prometen seguir comprando un token. Si el valor de este activo sube, todo parece ir bien. Si cae, no queda nada.

La apariencia de solidez es completa. Sitios web con colores naranja y negro, informes de "bitcoin por acción", comunicados celebrando nuevas adquisiciones de tokens. Pero debajo de ese maquillaje, la empresa no existe. Es una carcasa vacía. Su única función es servir de espejo del precio de un activo volátil.

Y el riesgo no es individual, es sistémico. Porque cuando suficientes empresas actúan bajo esta lógica, arrastran consigo fondos, bancos, aseguradoras, inversores institucionales y minoristas. La caída de una expone a la otra y la venta forzada de bitcoins genera más presión bajista, que genera más ventas y esto a su vez impulsa más quiebras. El ciclo es automático y no tiene mecanismo de freno.

Lo que parecía una estrategia ingeniosa para salvar compañías en dificultades se convierte entonces en el catalizador de una cadena de implosiones. Y lo más grave es que nadie sabe cuántas de estas empresas existen ya, ni cuánto apalancamiento hay detrás. Solo cuando el mercado empiece a caer se verá cuántas estaban nadando desnudas.

Lo cierto es que estamos ante una arquitectura artificial de valorización, sostenida por deuda y expectativa, sin respaldo económico real. Si no se la frena a tiempo, la corrección no será solo del precio del bitcoin, será una purga de estructuras ficticias disfrazadas de innovación. Y, como siempre, el que pierde no será quien diseñó el esquema, sino el que llegó último a la fiesta creyendo que entraba a un negocio.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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