4 de abril 2026 - 11:20hs

Hay una sustancia de color rojizo oscuro, densa como el mercurio, con un olor acre que irrita la garganta y poca gente conoce. Sin embargo está presente en cada teléfono inteligente, servidor de inteligencia artificial y automóvil moderno. Se llama bromo y el país que más lo produce en el mundo es Israel.

Para entender la relevancia de esto hay que ahondar en cómo se fabrica un chip, un pedazo de silicio sobre el cual se graban millones, a veces miles de millones, de circuitos microscópicos. Esos son los que permiten que una computadora calcule, un teléfono reconozca una cara y un auto decida frenar. Grabarlos requiere un proceso llamado litografía que funciona de manera análoga a revelar una fotografía porque se proyecta luz sobre el silicio recubierto de una sustancia sensible y, donde cae la luz, el material se altera. Luego viene el grabado, donde se usan gases altamente reactivos para esculpir los circuitos con una precisión que supera cualquier instrumento humano. Estamos hablando de estructuras de tres nanómetros de espesor. Un cabello humano tiene 80.000 nanómetros y ahí entra el bromo.

En forma de bromuro de hidrógeno gaseoso, el bromo es uno de los agentes principales en ese proceso de grabado. Su ventaja sobre otros elementos químicos es que permite cortar el silicio de manera vertical, sin erosionar las paredes laterales del circuito. Cuando estos tienen tres nanómetros de ancho, un error de medio nanómetro arruina todo. El bromo hace posible esa precisión. No hay sustituto directo para las aplicaciones de mayor exigencia tecnológica.

El bromo existe en la naturaleza disuelto en agua, en concentraciones muy bajas en el mar común, pero en concentraciones extraordinarias en ciertos lagos salados y salmueras subterráneas. El Mar Muerto, ese lago sin salida ubicado entre Israel y Jordania, es el depósito de bromo más rico del planeta. Se estima que contiene mil millones de toneladas del elemento. Para extraerlo, la empresa israelí ICL, Israel Chemicals Limited, bombea la salmuera del lago, inyecta cloro gaseoso, y el cloro desplaza al bromo de sus compuestos porque es químicamente más agresivo. El bromo liberado sube como vapor, se captura, se condensa y se purifica hasta alcanzar el 99,99% o más, el grado que los fabricantes de chips exigen. Ese proceso, que parece sencillo descrito así, requiere infraestructura industrial masiva y décadas de experiencia acumulada.

El resultado es que Israel produjo en 2023 aproximadamente 170.000 toneladas métricas de bromo, de un total mundial de 400.000. Jordania, desde el lado opuesto del mismo lago, aportó otras 105.000. Entre los dos países, más del 65% de todo el bromo del mundo sale de las orillas del Mar Muerto. El dato que ilustra la magnitud de esta dependencia es que Estados Unidos, el segundo ecosistema de semiconductores del mundo, importó entre 2019 y 2022 el 82% de su bromo desde Israel y el 10% desde Jordania. El principal productor alternativo depende casi totalmente del proveedor que estamos analizando.

Israel llegó a esta posición por un accidente geológico. El Mar Muerto es lo que es porque está en el punto más bajo de la superficie terrestre, sin salida al océano, donde el agua se evapora pero los minerales se acumularon durante millones de años. Ese accidente geográfico le dio a Israel una riqueza mineral que ningún esfuerzo político o tecnológico podría replicar en otro lugar. Lo que sí hizo fue construir sobre esa base geológica en una industria química sofisticada, integrarla en las cadenas de suministro globales de semiconductores, y desarrollar la capacidad de producir bromo con la pureza que los nodos más avanzados exigen.

La pregunta que surge es si Israel podría usar esta posición para ejercer poder económico. La respuesta es sí, pero con límites precisos. Si ICL decidiera mañana subir sus precios un 50 o un 70%, la industria de semiconductores lo absorbería sin drama visible. La razón es matemática porque el mercado global del bromo vale aproximadamente 3.000 millones de dólares anuales. La industria global de chips factura más de U$S 600.000 millones. El bromo representa menos del 0,5% del valor de lo que ayuda a fabricar. Un wafer de silicio procesado en TSMC, el mayor fabricante de chips del mundo, puede valer miles de dólares. Entre tanto, el bromo que entró en ese proceso vale céntimos. Duplicar el precio del bromo no mueve la aguja en el costo final del producto de ninguna manera que el consumidor pudiera notar.

Lo que sí ocurriría con una suba de precios significativa, aunque no catastrófica, es que activaría silenciosamente algo que hoy está dormido y es la búsqueda de alternativas. Arkansas, en Estados Unidos, tiene salmueras subterráneas con concentraciones de bromo explotables; India también tiene producción incipiente. Si el precio sube lo durante el tiempo suficiente, el capital fluye hacia esas alternativas y en cinco o diez años el mapa de proveedores se ve diferente. China intentó esta jugada con las tierras raras en 2010, cuando controlaba más del 90% de la producción mundial. Restringió exportaciones y subió precios. El resultado fue que el mundo invirtió masivamente en alternativas y China terminó con menos poder de mercado que antes.

Lo que ningún análisis de la industria tecnológica menciona es que Israel ocupa simultáneamente dos posiciones en el ecosistema global de semiconductores que normalmente no se asocian. Por un lado, es uno de los centros de diseño de chips más importantes del mundo con Intel, Apple, Nvidia, Qualcomm y otras empresas que tienen centros de investigación y desarrollo en Israel donde trabajan miles de ingenieros. El procesador que usó Intel durante años como base de sus laptops fue diseñado en Haifa. Por otro lado, Israel controla el subsuelo del lago más salado del planeta y de él extrae uno de los ingredientes químicos que hacen posible fabricar los chips que sus propios ingenieros diseñan. Es una posición única en la cadena de valor tecnológica global, presente tanto en la cabeza como en las entrañas del proceso.

El conflicto actual con Irán puso sobre la mesa, por primera vez en forma pública, la pregunta sobre la seguridad de las cadenas de suministro de materiales críticos para semiconductores. Analistas en Washington y Tokio miran el mapa y ven que el helio, necesario para el proceso de litografía, viene en un tercio desde Qatar.

Que el bromo viene en dos tercios desde las orillas de un lago en medio de una de las regiones más inestables del planeta, o el neón, crítico para los láseres de litografía, venía mayoritariamente de Ucrania antes de 2022. La industria que fabrica el cerebro digital del siglo XXI tiene sus vísceras enterradas en geografías que ningún planificador habría elegido deliberadamente. Israel sabe todo esto y por ahora, vende.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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