29 de marzo 2026 - 9:22hs

Durante años se repitió una idea simple sobre la economía digital, y es que el trabajo en internet había eliminado la importancia de la geografía. El creador de contenido podía vivir en cualquier lugar, producir un punto del planeta y alcanzar una audiencia global sin depender de infraestructuras físicas. Sin embargo, la realidad es más compleja. Incluso las economías digitales más móviles se organizan alrededor de nodos geográficos específicos. Dubai fue uno de esos nodos.

En menos de quince años, el emirato construyó un ecosistema diseñado para atraer creadores de contenido internacionales. La combinación era la ausencia de impuestos sobre la renta personal, visados especializados para creadores, infraestructura audiovisual de alta calidad, conexiones aéreas con Europa, Asia y África, y una política estatal para posicionar a la ciudad como centro global de producción digital. Eventos como el 1 Billion Followers Summit formaban parte de esa estrategia. Dubai ofrecía algo que muchos creadores valoraban más que cualquier otra cosa, como la previsibilidad administrativa y las ventajas fiscales.

Esto produjo un fenómeno de concentración. Miles de creadores digitales registraron su residencia fiscal en el emirato. Algunos trasladaron también sus estudios, equipos de producción y agencias de representación. Otros viajaron constantemente, aunque manteniendo a Dubai como base legal y financiera. En términos económicos, el modelo funcionaba porque maximizaba ingresos netos en una industria donde los contratos publicitarios representan la mayor parte de la facturación.

El negocio de los influencers depende en gran medida de acuerdos comerciales con marcas. Diversos estudios de marketing digital estiman que aproximadamente el 60% de los ingresos de los creadores proviene de contenido patrocinado. Estos acuerdos exigen tres condiciones relativamente estables: continuidad en la producción de contenido, estabilidad contractual y previsibilidad reputacional. Las marcas pagan por visibilidad en entornos controlados y cualquier elemento que introduzca incertidumbre sobre ese entorno modifica el cálculo económico.

La estabilidad política del país donde reside el creador no suele ser una variable relevante en ese cálculo. Durante años, Dubai fue percibido como un entorno estable dentro de una región más volátil. Esa percepción permitió que miles de creadores asumieran un riesgo geopolítico implícito sin incorporar explícitamente sus decisiones de localización.

La guerra altera ese equilibrio porque introduce un tipo de riesgo que las economías digitales ignoran, como el riesgo soberano. Cuando un territorio se convierte en escenario potencial de operaciones militares, el problema no es únicamente la seguridad física. También cambia el marco operativo en el que se desarrollan los negocios. Las autoridades introducen restricciones informativas, controles regulatorios más estrictos o limitaciones sobre la circulación de personas y capitales. Todas esas variables afectan a cualquier actividad económica localizada en ese territorio, incluida la producción de contenido digital.

En el caso de los creadores que operan desde Dubai, la exposición a ese riesgo se manifiesta de varias maneras. En primer lugar, la concentración geográfica se convierte en una vulnerabilidad. Si una parte significativa de la industria se encuentra localizada en un único hub fiscal y administrativo, cualquier perturbación en ese nodo impacta simultáneamente a miles de actores económicos. Este tipo de dependencia es habitual en sectores industriales tradicionales, pero resulta menos visible en economías digitales que se perciben a sí mismas como distribuidas.

En segundo lugar, el marco regulatorio adquiere un peso mayor. Los Emiratos Árabes Unidos desarrollaron en los últimos años un sistema de licencias para actividades mediáticas y publicitarias que incluye a los creadores de contenido. En un contexto de estabilidad, estas regulaciones funcionan como herramientas administrativas. En contextos de tensión geopolítica, se transforman en instrumentos de control más directo sobre lo que se publica y sobre quién puede operar dentro del sistema.

Para los creadores cuyo negocio depende de la percepción de autenticidad frente a sus audiencias, cualquier restricción sobre la capacidad de comunicar libremente introduce un problema comercial. La credibilidad es uno de los principales activos en la economía de los influencers. Si las audiencias perciben que el contenido está condicionado por presiones externas o por limitaciones regulatorias, la relación de confianza se deteriora.

Existe además un tercer elemento menos visible en la reacción de las marcas. Las empresas que financian campañas de marketing digital evalúan constantemente el riesgo reputacional asociado a los entornos donde se produce el contenido. Cuando un territorio aparece vinculado a conflictos armados o tensiones internacionales, muchas reducen su exposición hasta que el contexto se estabilice. No se trata de una decisión ideológica sino de una evaluación comercial del riesgo.

Todo esto no implica que la economía de los creadores vaya a desaparecer de un lugar específico. Entre tanto, la característica central de esta industria es su movilidad. Un influencer puede trasladar su residencia a otro país con relativa rapidez y operar con la misma audiencia global. Sin embargo, esa misma dinámica revela que la aparente desmaterialización de la economía digital es en realidad una red de centros físicos que compiten entre sí por atraer talento, capital y actividad económica.

Dubai fue uno de los centros más exitosos en esa competencia durante la última década. Su atractivo residía en una combinación poco común de ventajas fiscales, infraestructura moderna y conectividad global. La guerra introduce un recordatorio básico sobre la naturaleza de cualquier hub económico: incluso las industrias que existen principalmente en internet dependen de territorios reales, gobiernos reales y condiciones políticas reales.

La economía de los influencers suele presentarse como un fenómeno puramente digital. En realidad funciona como cualquier otra industria global. Busca jurisdicciones favorables, optimiza su carga fiscal y se concentra en ciudades que ofrecen ventajas logísticas y regulatorias. Cuando esas ciudades enfrentan cambios abruptos en su entorno geopolítico, el modelo debe ajustarse.

La lección económica es relativamente simple. En la era digital la geografía importa menos que en la industria tradicional, sin embargo, nunca desaparece. Los servidores, las empresas, las cuentas bancarias, los contratos y las residencias fiscales existen en lugares concretos. Cuando esos espacios cambian, las economías que dependen de ellos también cambian. Dubai mostró con claridad hasta qué punto incluso la actividad más virtual del mundo sigue teniendo una base territorial muy real.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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