Durante siglos, el poder no se ejerció solamente con ejércitos o decretos. Se ejerció con escenografía. El palacio de Versalles no fue apenas un exceso barroco: fue una tecnología política. Un espacio diseñado para concentrar, domesticar y ritualizar el conflicto. Allí, bajo la figura absoluta de Luis XIV, los nobles no se enfrentaban con espadas sino con gestos: quién se sentaba más cerca, quién accedía primero, quién gozaba del favor real.
El conflicto existía, claro que sí. Pero estaba contenido. Coreografiado. Convertido en intriga cortesana. Y eso suele olvidarse: cuando los súbditos se pelean entre sí dentro del palacio, el poder está sano. El problema no es la pelea; el problema es cuando ya no hay palacio.
La globalización funcionó durante décadas como ese rey invisible. No era justa ni equitativa, pero era rectora. Ordenaba expectativas, establecía reglas implícitas, convertía tensiones profundas en disputas administrables. El comercio, las finanzas, la política internacional e incluso el lenguaje del progreso orbitaban alrededor de una idea vertical que casi nadie se animaba a cuestionar.
Hoy, ese rey ya no está. Seguimos usando sus palabras como cooperación, integración, reglas, consenso, pero el significado se vació. El mundo actual no parece caótico, parece huérfano. Como Versalles sin monarca, iluminado y majestuoso, pero incapaz de ordenar lo que ocurre dentro.
Por eso muchos discursos globales suenan extraños. Hablan como si el orden siguiera vigente, como si el árbitro aún estuviera en la cancha. No es hipocresía. Es nostalgia institucional. Se insiste en reglas que ya no disciplinan y en llamados a la cooperación que nadie siente obligatorio.
Cuando no hay una idea vertical que ordene, las relaciones se territorializan. Cada actor se repliega, defiende lo propio, sospecha del otro. La interdependencia deja de vivirse como virtud y empieza a percibirse como amenaza. La política abandona el lenguaje del comercio y vuelve a su forma más elemental: la geopolítica. Ya no como doctrina, sino como reflejo.
Y entonces aparece la violencia. Conviene decirlo sin eufemismos y sin moralismo: la violencia no es el problema; es la señal. No es una anomalía del sistema, sino la evidencia de que el sistema dejó de existir. Cuando el conflicto ya no puede canalizarse dentro de un orden compartido, se expresa de forma directa, cruda, fundacional. Así ha sido siempre.
El ejemplo inglés de 1066 lo muestra con claridad. Sin reglas de sucesión aceptadas, sin centro legítimo, la disputa por el poder se resolvió con una guerra brutal. Guillermo el Conquistador no fue solo un vencedor, fue el fundador de un nuevo orden tan robusto y vigente que llega hasta hoy. La violencia no fue el final del caos; fue el inicio de otra estabilidad.
Pero el caso francés es todavía más ilustrativo. Versalles, ese palacio pensado para evitar la violencia abierta, terminó siendo el símbolo de un sistema agotado. Cuando el orden se rompió, no hubo transición prolija ni racional. Hubo revolución, sangre, guillotina, facciones, bandas, odios cruzados. Nada fue breve, nada fue sano, nada fue lineal. Del derrumbe de la monarquía surgió un vacío que primero llenó el terror y luego Napoleón. Después de Napoleón, recién llegó una reconfiguración más estable. Francia tardó más de un siglo y varios regímenes en alcanzar cierto orden; ¡y hoy van por la Quinta República! La enseñanza es incómoda pero cuando un orden colapsa, lo que sigue no es armonía sino disputa prolongada.
La historia argentina también lo sabe. Después de la independencia no hubo nación inmediata, ni reglas claras, ni consenso. Hubo décadas de guerras internas, caudillos, proyectos enfrentados, pactos frágiles. Recién con la Constitución y la organización nacional se logró algo parecido a un centro ordenador. Antes, la violencia no fue excepción; fue el lenguaje disponible.
Todo esto incomoda porque pone en cuestión una creencia muy instalada de que la idea de que la globalización y los grandes relatos ordenadores eran la superación definitiva del conflicto. Tal vez no lo eran. Tal vez fueron apenas una anestesia. Un modo elegante de adormecer una realidad empírica que nunca desapareció: que el hombre, cuando entra en competencia sin árbitro, vuelve a mostrarse como lobo del hombre.
No se trata de celebrar la violencia ni de resignarse al cinismo. Se trata de entender el momento histórico. Estamos en una transición sin herencia clara, en un interregno donde las viejas palabras ya no ordenan y las nuevas todavía no existen. En ese espacio, el ruido crece, las fronteras se endurecen y los conflictos se vuelven más visibles.
Versalles sigue en pie. Davos sigue reuniéndose. Pero sin rey, el palacio deja de ser refugio y se vuelve decorado. Y cuando el decorado ya no alcanza, la historia, como casi siempre ha sucedido, busca otra forma, más áspera y menos elegante, de volver a empezar.
Nicolás Bottini, Analista político, escribe La rosca y la tuerca: una columna política que no corre detrás de la noticia, sino de su sombra.