28 de junio 2026 - 14:39hs

El PRO ya tomó una decisión silenciosa pero determinante: se desmarcó. Sin estridencias, sin grandes gestos públicos, asumió una derrota inicial. Perdió centralidad, perdió volumen, se quedó con lo puesto. Pero lejos de desaparecer, eligió otra posición: esperar y contraatacar.

No es un repliegue ingenuo. Es un movimiento estratégico. Porque en la Argentina de hoy, donde la velocidad política empuja a definiciones permanentes, también hay quienes entienden que el poder no siempre se ejerce desde el centro, sino desde los márgenes bien administrados.

Mauricio Macri parece haber optado por ese lugar. Ya no lidera el cambio, pero busca condicionar cómo ese cambio se construye. Y en ese punto aparece el corazón del problema: el escenario que enfrenta.

Hoy el expresidente pretende posicionarse como parte y garante del cambio de la Argentina, de algún modo comenzado por su gobierno, dejando de lado la crisis económica de su mandato y la subsiguiente derrota electoral.

En estos momentos, atravesando una crisis, sin Bullrich, Santilli y Larreta el partido amarillo no puede permitirse estar a la deriva y sin objetivo a la vista.

El peor resultado posible para el PRO es claro. No es solo una nueva derrota electoral, sino la consolidación de un oficialismo fuerte, autosuficiente, que no necesite negociar. Un Javier Milei reelegido sin acuerdos implica, en términos políticos, la irrelevancia del macrismo. Un sistema donde ya no hace falta.

Por eso, el desmarque no es pasividad. Es preparación. Es tiempo ganado para decidir cómo jugar en un tablero que cambió.

Hoy se abren tres caminos posibles

El primero es resistir. Esperar. Sostener estructura, identidad, territorio. Apostar a que el desgaste del gobierno genere una nueva oportunidad. Es la opción más conservadora, pero también la más previsible: dejar que el tiempo haga su trabajo.

El segundo camino es negociar. Acercarse a La Libertad Avanza, aportar gobernabilidad, votos, experiencia. Convertirse en un socio necesario. No desde la afinidad total, sino desde la conveniencia mutua. Es una lógica conocida en la política argentina: cuando no se puede liderar, se influye.

El tercer camino es competir para dañar. No necesariamente para ganar, sino para condicionar. Quitar votos, erosionar, complicar una eventual reelección. Es la estrategia del poder negativo: si no puedo ser el eje, puedo impedir que el otro lo sea sin límites.

Estas tres opciones no son solo tácticas. Son definiciones sobre el lugar que el PRO quiere ocupar en el nuevo orden político. Y, sobre todo, sobre cómo entiende el poder en esta etapa.

Macri parece decidido y definido a no ser el manipulado de 2024. Esto supone un mensaje tácito: “Seré relevante y le complicaré la vida”.

Porque, en definitiva, la discusión no es si el PRO vuelve a ser lo que fue. La discusión es otra: si logra volver a ser necesario. Ahí está la clave. En la Argentina actual, el poder no es solo el que gobierna. También es el que puede garantizar gobernabilidad… o el que puede impedirla.

Entre la negociación y el daño, el PRO juega su futuro. Y en esa tensión, más que una retirada, lo que está en marcha es una redefinición. Una apuesta a seguir siendo parte del juego, aun cuando las reglas ya no sean las mismas.

Más noticias

Te puede interesar

Más noticias de Uruguay

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos