Argentina está, otra vez, en obra. No lo pensemos como metáfora grandilocuente, sino como una experiencia cotidiana. Polvo, ruido, incomodidad, zonas clausuradas, promesas de mejora futura. Ajuste, reformas, negociaciones, leyes que avanzan a los empujones. Todo eso es real. Tan real como el cansancio de vivir siempre en tránsito, en refacción permanente, con la casa patas para arriba y la certeza, o la fe, de que algún día va a quedar mejor.
Mientras en el mundo pasan cosas y acá el verano nos impone una pausa, la escena política se mueve en silencio. Lejos de los grandes gestos, el Gobierno negocia con los gobernadores leyes, recursos y tiempos. Ese movimiento suele leerse como pulseada de poder, defensa de intereses, rosca clásica. Pero hay otra forma, menos ruidosa y quizás más honesta, de entenderlo. Como un problema de traducción.
Porque Nación habla un idioma. Uno técnico, macroeconómico, abstracto. Habla de equilibrio fiscal, de señales, de credibilidad, de largo plazo. Un idioma que tiene lógica interna, incluso coherencia y que resuena en el electorado positivamente. Pero no siempre logra encarnar en experiencias concretas que terminen de ordenar el sentido. No hay una jugada descollante que cierre el trámite del partido. El proceso sigue abierto y obliga a ordenarse en movimiento.
Las provincias hablan otro. O, mejor dicho, hablan varios a la vez. Hospitales, rutas, salarios, economías regionales, tejido social, demandas fragmentadas, tiempos desiguales. No es que uno mienta y el otro diga la verdad. Es que ya no hay lenguas estables. El mismo edificio se discute con vocabularios cambiantes, superpuestos, a veces incompatibles.
El rol de los Gobernadores
En el medio aparecen los gobernadores. No como héroes ni villanos, sino como traductores culturales. Intérpretes en una torre de Babel donde todos creen estar diciendo lo mismo, pero nadie escucha lo dicho de igual forma. Su rol no se circunscribe a solo "defender lo conseguido", esa frase cómoda que suele encerrar más pasado que futuro, sino que su rol empieza a tener sentido si se inscribe bajo el paradigma de interpretar. Tomar una decisión pensada en abstracto y volverla practicable en un territorio concreto.
Traducir no es repetir. Traducir es elegir. Y elegir implica responsabilidades en ambos lados. El Gobierno, como dirección de obra, define el rumbo, el ritmo y el sentido general de la refacción. Los gobernadores, como ejecutores, lidian con el impacto concreto de esas decisiones. Una mala interpretación no genera un debate teórico, sino un conflicto real. Una palabra mal llevada puede cortar una obra, frenar un servicio, encender una protesta. El costo de la refacción no se paga en cuotas discursivas, sino en paciencia social.
El castigo ya lo conocemos. Argentina es experta en ajustes mal explicados, reformas mal implementadas, procesos que prometían orden y dejaron desorientación. No siempre porque la idea fuera errónea, sino porque el camino fue vivido como violencia simbólica. Como si el sacrificio fuera una imposición muda, sin relato, sin traducción, sin acompañamiento.
Por eso el desafío de este momento no parece tanto de visión, nadie quiere caos ni miseria, ahí hay un consenso silencioso, sino de interpretación. Cómo se explica lo que duele. Cómo se reparte el polvo. Cómo se administra la espera. El miedo no está en el proyecto final, sino en el proceso. En perder algo en el medio. En quedarse sin palabras para justificar el esfuerzo.
La discusión actual
La metáfora del edificio ayuda porque corre el foco. No estamos discutiendo si hay que arreglarlo o no. Está claro que hay que hacerlo. Lo que se discute es cómo se vive mientras tanto. Quién se queda sin agua. Quién sube por la escalera porque el ascensor no funciona. Quién aguanta el ruido y quién puede irse.
La fricción es real. La incomodidad también. No es inventada ni caprichosa. Pedir paciencia sin mostrar el plano es tan problemático como prometer finales de obra sin explicar los plazos. Pero el problema de fondo es otro. Ya no solo cuesta acordar hacia dónde ir, sino con qué palabras decirlo.
Babel vuelve no como mito antiguo, sino como escena cotidiana. Las mismas decisiones se nombran distinto según quién las diga y desde dónde. Ajuste para unos, orden para otros, asfixia para muchos. No hay una lengua común que garantice comprensión automática. Cada piso interpreta, resignifica, sospecha. No por mala fe, sino porque el lenguaje mismo está en disputa.
En ese contexto, el rol de los gobernantes se vuelve más frágil y más decisivo. No se trata solo de frenar o acompañar el cambio, ni de blindar conquistas pasadas. Se trata de evitar que el edificio se derrumbe por un malentendido. Hacer legible una decisión dura. Volver narrable un sacrificio. Traducir una lógica general a experiencias concretas sin desvirtuarla, pero también sin imponerla como si fuera una verdad revelada.
Gobernar hoy se parece menos a diseñar futuros cerrados y más a administrar sentidos inestables. No garantiza éxito, pero puede reducir daños. No elimina el polvo, pero evita que se vuelva asfixiante. En un país que suele confundir cambio con ruptura, la audacia no está en frenar la obra ni en relativizarla, sino en ejercer con claridad la dirección de obra mientras se escucha a quienes la ejecutan.
El proyecto final importa, claro. Mucho. Argentina necesita cambiar, no como consigna sino como destino posible. Salir de la repetición, romper inercias, animarse a ser algo más que su propio ensayo fallido. Pero también importa, y a veces más, cómo se llega. Que haya plano, que haya relato, que alguien explique, y persuada con argumentos, por qué se rompe una pared y para qué. Ningún edificio mejora si, en el camino, deja de ser habitable para quienes lo sostienen. Y ninguna refacción prospera si cada piso imagina una obra distinta. No porque falte decisión de cambiar, sino porque sin una lengua compartida, incluso el cambio más necesario puede quedar inconcluso.
Nicolás Bottini, Analista político, escribe La rosca y la tuerca: una columna política que no corre detrás de la noticia, sino de su sombra.