La Reserva Ecológica Costanera Sur celebró este mes sus 40 años. Esta ocasión especial nos invitó a homenajear una historia ambiental excepcional marcada por la capacidad de la naturaleza para abrirse paso aun en los lugares más impensados.
Donde hoy vemos lagunas, pastizales, talares, cortaderales, aves y plantas nativas, durante años hubo un paisaje degradado. A fines de la década de 1970 comenzaron a volcarse materiales de demolición —provenientes de las obras de las autopistas urbanas—, sobre la costa del Río de la Plata, con la idea de ganarle terreno al río para un proyecto urbano que finalmente quedó inconcluso. El resultado fue un territorio artificial y aparentemente condenado al olvido.
Pero la naturaleza no lo leyó así.
Entre restos de cemento, ladrillos y suelos inestables, la vida empezó a ensayar su regreso. Llegaron semillas traídas por el viento, por las aves y por el propio río. Avanzaron los camalotes. Se formaron bajos inundables. Aparecieron plantas pioneras. Y donde parecía no haber nada, empezó a haber refugio, alimento, sombra, humedad. En suma, condiciones para la vida.
Esa transformación no pasó desapercibida para quienes supieron mirar con sensibilidad y conocimiento. Naturalistas, observadores de aves, vecinos, organizaciones e instituciones científicas entendieron que aquello que muchos veían como un baldío podía convertirse en una oportunidad única para nuestra Ciudad. Entre ellos estuvieron Raúl Chiesa, Pedro Aramendia, Marcelo Canevari y otros pioneros, quienes vieron allí un proceso de regeneración ecológica en marcha y transformaron esa intuición ambiental en una política pública. El entonces concejal José María García Arecha impulsó el proyecto y el 5 de junio de 1986, en coincidencia con el Día Mundial del Ambiente, la Ciudad declaró esos terrenos Parque Natural y Zona de Reserva Ecológica.
La Reserva Ecológica Costanera Sur no es solamente un espacio verde extraordinario: es el área natural protegida más emblemática de la Ciudad y uno de los grandes patrimonios ambientales urbanos de la Argentina. En sus 350 hectáreas conviven más de 2.000 especies de flora, fauna y hongos. Es sitio Ramsar por su importancia internacional como humedal y también área de importancia para la conservación de las aves. Cada año la recorren más de dos millones de vecinos, estudiantes y turistas, lo que la convierte en el área natural protegida más visitada del país.
Su valor no se mide solo en hectáreas, especies o reconocimientos internacionales, sino también en lo que representa para la vida cotidiana. En ella podemos caminar, recorrer, descubrir, aprender, descansar y reencontrarnos con la naturaleza. Nos recuerda que la biodiversidad vive y se regenera en el corazón de una gran ciudad. Y, por sus inmensos servicios ecosistémicos, nos demuestra que la naturaleza es también infraestructura estratégica y vital.
Los humedales ayudan a regular el agua. Los suelos permeables absorben lluvias. Los árboles y la vegetación reducen temperaturas, dan sombra, mejoran la calidad del aire y ofrecen hábitat para muchísimas especies. Los espacios naturales urbanos funcionan como corredores biológicos, refugios climáticos y ámbitos de bienestar físico y emocional. Son, en definitiva, el mejor ejemplo de soluciones basadas en la naturaleza: respuestas concretas y humanas para construir ciudades más resilientes.
Desde el Gobierno de la Ciudad trabajamos para que ese valor se conserve y se fortalezca. Realizamos tareas de conservación y monitoreo, restauración de sectores degradados, control de especies exóticas, plantación de especies nativas, educación ambiental, visitas guiadas, voluntariados y articulación con investigadores e instituciones científicas. También impulsamos mejoras para que la experiencia de los visitantes sea más segura, accesible y educativa: renovamos las pasarelas interpretativas y los miradores; y pusimos en valor el Centro de Recepción de Visitantes e Interpretación para fortalecer la conexión con este patrimonio natural único.
En esa misma línea, y entendiendo que cuidar un área protegida también implica prepararla mejor frente a los riesgos ambientales, seguimos fortaleciendo nuestra infraestructura contra incendios y nuestra brigada forestal con formación permanente y nuevo equipamiento operativo.
La Reserva nació de una combinación virtuosa de mirada ciudadana, conocimiento científico, compromiso de organizaciones sociales y decisión política. Ese origen nos deja una enseñanza fundamental: cuando la sociedad civil y el Estado trabajan juntos, los cambios que parecen improbables pueden volverse realidad y permanecer en el tiempo.
La celebración de estos 40 años fue también un acto de gratitud. Gratitud hacia quienes imaginaron una Reserva cuando todavía no existía; hacia quienes la protegieron cuando parecía frágil; hacia quienes la cuidan todos los días; y hacia una naturaleza que, silenciosamente, hizo y hace lo suyo: regenerar vida.
Este aniversario es una invitación a celebrar y a renovar nuestro compromiso. Porque la naturaleza puede abrirse paso en los lugares más impensados, sí. Pero para permanecer, crecer y desplegar todos sus beneficios necesita de una sociedad dispuesta a cuidarla.
Y ese es su verdadero legado: demostrarnos que aun sobre los escombros puede florecer una Ciudad más viva, más consciente y más resiliente.