"Este libro surge como resultado de una vida entera estudiando, enseñando, discutiendo y reflexionando sobre estos temas", dice Grobert en conversación con El Observador. Vinculado originalmente a la industria manufacturera del calzado y del plástico, posteriormente derivó hacia la producción audiovisual y la escritura, siendo autor del largometraje La Despedida (2010), creador del programa televisivo Baby Deportivo (Canal 5) y autor de los libros Más vale solo que mal acompañado (2013) y Fútbol infantil: ¿Deporte o la salvación? (2022).
En paralelo, ejerció la presidencia de los movimientos Betar y Tagar entre fines de los ochenta y principios de los noventa, y la secretaría general de la Comunidad Israelita del Uruguay entre 2000 y 2002. Por eso, agrega: “el estudio de la historia del pueblo judío, el antisemitismo, el sionismo, el Estado de Israel y la realidad de Medio Oriente ha sido una constante en mi vida”.
En el libro se usa, de vez en cuando, un guiño de humor. Tratándose de un tema tan sensible, ¿te preocupó que el uso del humor banalizara el tema o resultara ofensivo?
No me preocupa en absoluto. No hay chistes ni intentos de banalizar víctimas o tragedias. En general, cuando aparece alguna cuota de humor en mis textos, es para poner en evidencia el absurdo de ciertos argumentos o la hipocresía de determinados discursos. Suelo recurrir a la ironía o al sarcasmo, especialmente cuando busco desnudar una contradicción, una falacia, una inconsistencia o una evidente doble vara.
Vale decir que estos recursos forman parte de una larga tradición dentro del ensayo y el periodismo de opinión, y, al mismo tiempo, responden a mi manera natural de expresarme incluyendo mi forma de escribir. Son un rasgo de mi personalidad y no una herramienta incorporada artificialmente para esta obra.
A juzgar por los comentarios que recibo de los lectores, entiendo que realmente ayuda a hacer más fluida la lectura sin afectar el rigor, la seriedad ni el respeto por los hechos que se analizan.
La tesis central del libro afirma que el antisionismo y el antisemitismo son dos caras de la misma moneda, que es el odio a los judíos. Sin embargo, existen judíos que son abiertamente antisionistas por razones teológicas o políticas, sin ser antisemitas. ¿Cómo es posible que eso conviva con tu tesis?
Los judíos, como cualquier otro pueblo, tenemos posiciones políticas e ideológicas muy diversas, y cada uno está en su derecho de sostenerlas.
Pero vale aclarar, que, el hecho de que existan judíos antisionistas no solo no altera mi tesis, sino que en cierto modo la refuerza. Porque, más allá de la identidad de quienes sostienen esas posiciones, sus planteos suelen coincidir con los argumentos centrales del antisionismo contemporáneo, como ser, el cuestionamiento a la legitimidad del Estado judío, al sionismo como movimiento de liberación nacional y al derecho de Israel a defenderse frente a quienes buscan su desaparición. Muchos le llamamos “auto odio”.
Hay algo que me parece muy revelador: los judíos antisionistas (al igual que los antisionistas no judíos) pueden criticar a Macron, a Meloni, a Sheinbaum, a Orsi. No obstante, no suelen cuestionar el derecho de los franceses a Francia, de los italianos a Italia, de los mexicanos a México o de los uruguayos a Uruguay. Es claro que su oposición se concentra específicamente en cuestionar la existencia y legitimidad de un Estado judío y las críticas a su gobierno.
Claro que es válido criticar un gobierno. Pero a la hora de expresarse en cuestiones de gestión gubernamental, no los vemos movilizados porque consideran insuficiente el presupuesto israelí para educación, salud, agricultura o infraestructura. Sus cuestionamientos siempre se concentran casi exclusivamente en el conflicto con el mundo árabe y en la forma en que Israel enfrenta a organizaciones y movimientos que niegan abiertamente su derecho a existir. Simultáneamente, niegan el derecho de Israel a existir y apoyan a sus enemigos. Claramente, “auto odio”.
Los judíos antisionistas, manejan discursos que forman parte del repertorio habitual de las campañas internacionales de deslegitimación contra Israel (que en mi libro analizo y refuto extensamente). Sistemáticamente, terminan incorporando y reproduciendo acusaciones de ocupación, apartheid, colonialismo o genocidio, elementos centrales del falso relato anti-Israel.
Resulta significativo que los sectores judíos que se identifican con posiciones antisionistas representen corrientes claramente minoritarias, y, generalmente periféricas respecto de la vida comunitaria judía organizada, cuya enorme mayoría mantiene una identificación positiva con Israel y con el principio de la autodeterminación nacional del pueblo judío. Por eso la judeofobia y el auto odio judío, se alimentan y refuerzan mi tesis.
Vale la pena aclarar, que existe también una posición antisionista representada por ciertos grupos religiosos que sostienen que un Estado judío sólo debería existir tras la llegada del Mesías. Se trata de una posición teológica muy específica, minoritaria, completamente diferente en sus motivos, del fenómeno político e ideológico como tal. Lamentablemente, la vestimenta (de “negro”) de sus integrantes, induce a la falsa conclusión de que todos los ortodoxos sostienen una postura anti-Israel, lo cual no es verdad. Que luzcan parecido no significa que piensen igual.
Sin dudas, el antisionismo contemporáneo constituye la expresión moderna de la judeofobia, independientemente de la identidad de quienes lo promuevan. Los judíos antisionistas están en todo su derecho de sostener sus convicciones, pero la historia debería recordarles, y recordarnos, que quienes persiguieron a los judíos nunca se preocuparon demasiado por esas diferencias. Lamentablemente, abundan los ejemplos en el pasado y el presente.
Por eso, para mí, no termina siendo una cuestión relevante que existan judíos antisionistas. Lo realmente importante es, ¿por qué el único movimiento de autodeterminación nacional cuya legitimidad se cuestiona de forma sistemática es el del pueblo judío?
¿Todo el antisionismo o rechazo al proyecto político sionista entra dentro del odio racial o religioso?
En términos generales, sí. Por supuesto que no considero antisemita a quien critica una decisión de un gobierno israelí, sea de Netanyahu o de cualquier otro primer ministro. Además, el Estado de Israel, es una democracia plena, donde las políticas públicas son discutibles y criticables. Lo que considero problemático es cuando la crítica deja de dirigirse a una política determinada pasando a ser una crítica sostenida, obsesiva y cuyo fin es cuestionar la legitimidad misma de la existencia del único Estado judío del mundo.
Es en este punto donde antisemitismo y antisemitismo son dos caras de la misma judeofobia. Insisto en esto porque es clave: es fundamental distinguir entre la crítica a un gobierno y el rechazo al derecho de un pueblo a tener un Estado. Uno puede cuestionar al gobierno de Israel sin proponer la desaparición de Israel.
Precisamente por eso me resulta llamativo cuando alguien afirma: "Yo no soy antisemita, soy antisionista", para justificar una crítica a Netanyahu o a una política israelí. Si la crítica estuviera dirigida exclusivamente a una decisión de gobierno, la referencia al sionismo sería innecesaria. El hecho mismo de introducirla revela que el cuestionamiento ya no está puesto solamente en una política concreta, sino en algo más profundo: la legitimidad del proyecto nacional judío. Nadie siente la necesidad de aclarar que es "antifrancés" para criticar a Macron, ni "antiargentino" para cuestionar a Milei.
Con Israel ocurre algo muy distinto. Ese salto conceptual es precisamente uno de los ejes centrales de mi libro. En mi opinión, buena parte de la movilización internacional impulsada por la propaganda masiva, mundial y local, generada por el movimiento BDS y por numerosos sectores militantes se sostiene sobre una serie de consignas que, tras un análisis histórico y jurídico riguroso, no resisten la más mínima confrontación con los hechos.
Como te mencioné antes, conceptos como "ocupación", "apartheid", "genocidio", "colonialismo" o "supremacismo" son utilizados con una evidente carga propagandística para construir una imagen demonizada de Israel y presentarlo como un Estado inherentemente criminal. Esas caracterizaciones son falsas y forman parte de un proceso sistemático de deslegitimación del Estado Judío, apoyado por una inteligente y sistemática generación de contenidos diseminados en las redes y multimedios.
Dicho de manera sencilla... como no han logrado derrotar a Israel militarmente, intentan aislarlo, demonizarlo y someterlo al boicot en todos los ámbitos posibles: político, diplomático, mediático, cultural e incluso deportivo. Esa campaña inyecta odio sobre el Estado de Israel y sobre el pueblo judío en su totalidad, aprovechando los prejuicios medievales, centenarios, donde el judío era demonizado mucho antes de la existencia del “sionismo”.
Curioso, que toda esta movida se desarrolla contra un país tan distante y diminuto (dimensiones territoriales tan reducidas, comparable en superficie a la suma de los departamentos Salto y Paysandú) y concentrando un desproporcionado nivel de atención política, mediática y diplomática global que no se observa en conflictos de mayor magnitud en otras regiones del mundo.
Precisamente por eso escribí un texto destinado a exponer los antecedentes históricos, los argumentos políticos, las referencias jurídicas y los hechos concretos que desmienten la campaña anti-Israel, y que le da al lector los elementos para decodificar correctamente la información e imágenes que llegan diariamente a través de medios y redes. Mi invitación es muy simple: contrastar la información que les doy, y sacar cada uno sus propias conclusiones.
En otras entrevistas, sostuviste que la solución de dos Estados es inviable porque, según su lectura, el liderazgo palestino no quiere fronteras sino "todo o nada". Sin embargo, analistas internacionales señalan que la viabilidad de un Estado palestino también ha sido sistemáticamente dinamitada por la política de colonización israelí en Cisjordania. ¿Por qué en tu análisis responsabilizás a la narrativa palestina, teniendo del otro lado los asentamientos israelíes?
Porque, sencillamente, el conflicto no comenzó con los asentamientos. Si los asentamientos fueran la causa central del conflicto, entonces debería explicarse por qué existía violencia, rechazo y guerra contra los judíos en su tierra mucho antes de que existiera siquiera uno solo de ellos en Judea y Samaria (Cisjordania). ¿Cómo se explican, por ejemplo, los atentados terroristas de la década de 1920 en Safed, Jerusalén o Hebrón? Oportunidades en las que fueron atacadas comunidades milenarias de judíos ortodoxos desarmados, estudiosos de la Tora. Ni FDI, ni colonos, ni asentamientos.
Vamos a los hechos: los líderes árabes rechazaron la Comisión Peel de 1937, rechazaron el Plan de Partición de las Naciones Unidas de 1947 y rechazaron sucesivas propuestas de paz y creación de un Estado palestino a lo largo de las décadas siguientes. También rechazaron las propuestas presentadas por Rabin, Barak y Olmert. No estamos hablando de una única oportunidad perdida, sino de un patrón histórico repetido.
Si los árabes hubieran querido un “Estado Palestino”, este ya tendría al menos 78 años. El principal problema para la paz es que los árabes palestinos nunca tuvieron ni la intención, ni un plan de paz.
A menudo se afirma eso de que “los asentamientos” son el principal obstáculo para la paz. Sin embargo (pongamos otro ejemplo), Israel se retiró completamente de Gaza en 2005, desmanteló todos los asentamientos y evacuó a toda su población militar y civil de ese territorio. Gaza quedó sin habitantes israelíes. Sin embargo, eso no condujo a la construcción de un Estado palestino ni al reconocimiento de Israel, sino al fortalecimiento de Hamás, al crecimiento del terrorismo y a la continuidad de una política basada en la negación de la legitimidad del Estado judío. Solo trajo más guerras.
Es más, la OLP (Organización para Liberación de Palestina) fue creada en 1964, cuando Judea y Samaria estaba bajo control jordano y Gaza bajo administración egipcia. La pregunta entonces es inevitable: si todavía no existían los asentamientos, ni el control israelí en esos territorios, ¿qué se proponía "liberar" la OLP? ¿Y por qué no aprovecharon esa situación durante 19 años para crear ese tan anhelado “Estado Palestino”? ¿Por qué los árabes palestinos nunca se rebelaron contra Jordania o Egipto en esos territorios? ¿No era una “ocupación”?
¿Por qué los árabes palestinos y sus militantes en el mundo no reclaman para si el territorio de Jordania? En definitiva, Jordania se crea como regalo de los británicos y a la familia Hachemita, en 2/3 del Mandato Británico para Palestina.
La prioridad no es y nunca fue el “Estado Palestino”, sino la destrucción de Israel. Existe también un componente ideológico y religioso que con frecuencia es minimizado y/o ignorado en Occidente. Para los islamistas resulta inadmisible la existencia de una soberanía judía en una tierra que consideran propiedad del islam. (parte de su anhelado “Califato sunita”). Desde esa perspectiva, el problema es la propia existencia de Israel. Para los radicales islámicos, Tel Aviv está igual de "ocupada" como Ramallah, Haifa tan "ocupada" como Jenin y Eilat "ocupada" como Tulkarem.
Cuando el desacuerdo radica en si el otro tiene derecho a existir, la discusión deja de ser territorial y pasa a ser existencial. ¿Acaso los militantes no cantan “desde el río hasta el mar”? ¿Qué se puede negociar con quien te quiere eliminar? Por lo tanto, la narrativa que presenta a los asentamientos como motivo central del conflicto confunde una consecuencia con su causa: los asentamientos existen en el marco de un territorio que está en disputa, y que nunca en la historia tuvo soberanía árabe palestina.
Al mismo tiempo, otro factor que complica cualquier diseño de solución en un eventual esquema de convivencia es el reducido tamaño territorial, donde, además, la población no cesa de aumentar, agravado por la hostilidad por parte de sectores del islamismo radical hacia la población judía. Todo ello en un contexto donde las capacidades militares (de ambas partes), incrementan significativamente la letalidad de los conflictos. Esto explica por qué la variable geográfica adquiere un peso estratégico tan determinante.
Sos uruguayo. Eso quiere decir que te criaste en una sociedad donde la laicidad es un pilar indiscutible y donde la identidad ciudadana no se mezcla con la fe o la etnia. En Israel, sin embargo, la identidad nacional y la condición político-religiosa están intrínsecamente unidas en la propia definición de un "Estado Judío". Para el lector uruguayo, ¿cómo explicás la existencia de un Estado que está supeditado a una identidad judía?
No debería generar ninguna contradicción, porque son realidades diferentes. Como uruguayo, valoro profundamente la convivencia plural y la tradición laica de nuestro país, pero ello no implica que todos los Estados del mundo deban responder al mismo modelo institucional. Existen muchos países con religiones oficiales, monarquías con identidad confesional o constituciones que incorporan referencias explícitas religiosas, sin que ello ponga en cuestión su legitimidad.
Hay 56 países musulmanes y al menos 10 Estados claramente confesionales cristianos, al menos 7 países budistas. Muestran que la relación entre Estado e identidad religiosa no es un fenómeno exclusivo del Estado de Israel. Un “Estado judío” no implica que sea un “Estado teocrático”. Cuando se habla de “Estado judío”, muchas veces se lo interpreta como un concepto netamente religioso, cuando se trata del Estado nacional del pueblo judío, con la particularidad de que ese pueblo se constituye a través de su historia, cultura y religión.
No obstante, Israel alberga una sociedad extraordinariamente diversa. Conviven allí judíos religiosos y seculares, musulmanes, cristianos, drusos, beduinos, bahaís, circasianos, samaritanos, ateos. Ciudadanos de múltiples orígenes étnicos y culturales. Su carácter de Estado judío no implica que sus ciudadanos no judíos carezcan de ciudadanía o de derechos. Todo lo contrario.
¿Por qué existe un Estado judío? El sionismo generó un movimiento histórico de retorno masivo del pueblo judío a la tierra de la que fue expulsado, y como respuesta a siglos de persecuciones, expulsiones, pogromos y, finalmente, al Holocausto. Para millones de judíos, la existencia de Israel es una garantía de que nunca más dependerán exclusivamente de la buena voluntad de otros para asegurar su supervivencia.