6 de diciembre 2025 - 14:38hs

El uso que hace Sam Altman de la idea de la “cura contra el cáncer” funciona como un dispositivo narrativo que activa el mecanismo de instalar un miedo y, acto seguido, ofrecer una vía de alivio asociada a su propia agenda tecnológica.

Cuando declara que una infraestructura de cómputo de escala gigantesca permitirá a la inteligencia artificial (IA) encontrar la cura del cáncer, no describe un desarrollo concreto ni presenta un encadenamiento causal verificable, presenta una profecía. La estructura es idéntica a la de cualquier anuncio mesiánico en el que se invoca un problema extremo, se incrementa la ansiedad del oyente y luego se introduce la promesa de una salvación que depende del protagonista del mensaje.

En lugar de hablar de avances científicos específicos, ensayos clínicos, mecanismos celulares o líneas de investigación con datos verificables, la figura se desplaza hacia un plano mítico en el que la IA aparece como una entidad capaz de intervenir en dominios biológicos complejos con un salto único de potencia de cálculo. El gesto tiene un rasgo funcional marcado dentro de la industria, asociando su proyecto a la resolución de una enfermedad cargada de sufrimiento humano, amplifica la legitimidad de cualquier expansión de infraestructura, financiación o concentración de poder técnico.

La promesa de una cura futura justifica inversiones y despliegues porque se vende un destino. Este mecanismo aparece también en discursos recientes de otras compañías como Anthropic, que antes de presentar capacidades concretas recuerda amenazas difusas, plantea escenarios de riesgo y luego introduce la oferta de un agente o una arquitectura que supuestamente neutraliza ese peligro.

La secuencia siempre es la misma, comienza con la evocación de un mal y su amplificación, luego la introducción de la vía de escape provista por la propia empresa. Esta construcción se sostiene porque la audiencia general no procesa infraestructura, clusters, modelos, latencias ni límites físicos, solo comprende imágenes mentales.

Altman se apoya en eso para instalar la idea de que el futuro depende de la decisión casi metafísica de confiar en él para acceder a una era de abundancia sin enfermedades. La forma retórica es simple. Se presenta un horizonte de fatalidad, como el cáncer y luego se propone una vía de superación a través del desarrollo del poder de cómputo.

El salto lógico es enorme, ya que la biología del cáncer no es un acertijo desbloqueado con teraflops, es un conjunto de procesos moleculares, genéticos y ambientales cuya complejidad no se resuelve con la intuición tecnológica de que “más cómputo equivale a más descubrimientos”.

Sin embargo, la frase funciona como señal aspiracional y no como descripción técnica. Ahí aparece la contradicción central, cuando al mismo tiempo que la industria pide el tratamiento como un actor científico, con estrategias discursivas tomadas del repertorio religioso. Se otorgan a sí mismos el rol de intermediarios entre un presente limitado y un futuro sin sufrimiento.

La IA se presenta como un objeto casi mágico, capaz de intervenir en dominios que requieren ciencia empírica, experimentación física y validación independiente. La herramienta aparece como una especie de oráculo digital.

Esta estrategia produce dos efectos inmediatos. Por un lado, desplaza el eje de la discusión desde lo concreto hacia lo profético, porque habla de cura del cáncer, exalta la imaginación colectiva y neutraliza la evaluación crítica. Por otro lado, transforma a la empresa en un actor indispensable para alcanzar ese destino, lo que fortalece su posición en negociaciones de inversión, regulación y expansión de infraestructura.

La contradicción aparece con claridad cuando se recuerda lo obvio. Un modelo de lenguaje no es un mago, es un sistema estadístico entrenado con datos. La infraestructura que se construye para operarlo no tiene voluntad, tiene hardware. La idea de que estas máquinas otorgarán capacidades cuasi divinas genera una distorsión en el público y le permite a la empresa controlar la narrativa.

El punto central es que este tipo de discurso instala una relación emocional con la tecnología, interponiéndose en lo instrumental. Y en esa emotividad la figura del Mesías tecnológico se vuelve recurrente con una salvación futura condicionada a la expansión del proyecto actual. Así, se instala una imagen de inevitabilidad y se asocia el progreso técnico con la resolución de los grandes males humanos sin detallar mecanismos.

Al final, lo que queda es el contraste entre la física de los átomos y la retórica de la promesa. La ciencia avanza con datos, experimentos y validaciones, mientras la narrativa de Altman avanza con imágenes, hipótesis maximalistas y frases diseñadas para provocar una reacción. La industria se beneficia porque desplaza el debate desde la capacidad real de los sistemas hacia una dimensión en la que cualquier límite puede ser reinterpretado como un paso previo hacia un milagro tecnológico.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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