19 de diciembre 2024 - 16:55hs

Después del accidente de un avión privado que intentaba aterrizar en el Aeropuerto de San Fernando al regresar de Punta del Este, la dueña de la casa donde se estrelló la aeronave relató haber escuchado los gritos de los pilotos involucrados y compartió detalles del trágico suceso.

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Narcisa Martínez, de 62 años, afirmó haber oído a uno de los pilotos pidiendo ayuda tras el choque. El avión Bombardier Challenger 300, de matrícula LV-GOK, colisionó contra su casa, y la mujer aseguró haber visto cómo el piloto Martín Fernández Loza, de 44 años, y el copiloto Agustín Orforte, de 35, "se abrazaron para morir". Sus declaraciones surgieron en medio de las primeras versiones que sugieren que las muertes no fueron causadas por el impacto, sino por inhalación de humo o calcinación, dado que la cabina permaneció casi intacta.

Martínez, aún sorprendida y triste por tener que demoler su casa debido al riesgo de derrumbe, relató que recordaba los últimos momentos de los pilotos, quienes eran los únicos ocupantes del avión que regresaba desde la ciudad uruguaya, después de haber dejado a unos pasajeros.

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“El avión quedó a tres pasos de nuestra casa, luego comenzó a salir humo”, explicó Martínez en diálogo con El Trece. “Los vimos abrazados y después corrimos. Yo los veía desde la reja, abrazándose. Ahí fallecieron por el incendio”, detalló. Las imágenes del accidente muestran que la cabina del avión sufrió menos daños, lo que ha llevado a la hipótesis de que los pilotos murieron por quemaduras o inhalación de humo, y no por el choque directo.

Narcisa también relató los aterradores gritos que se escucharon: “Había muchos gritos, pensábamos que había más personas a bordo. Se escuchaban desgarradores, de toda la cuadra. ‘Sacame de acá, por favor’, decía uno de ellos”, reveló. Según Martínez, los pilotos gritaban pidiendo auxilio mientras la desesperación se apoderaba de los vecinos y los rescatistas. “Los gritos eran desesperados, pero tardaron mucho en llegar. Pensamos que podrían haber sido salvados”, dijo con impotencia.

La familia de la casa afectada estaba reunida en la esquina de Charlin y Pasaje González. Mientras observaban los esfuerzos de los equipos de rescate, Narcisa, visiblemente agotada, comentó: “Anoche dormimos en la municipalidad. Nos dieron colchones y comida, pero soy una mujer mayor, no pude dormir en el piso. No dormí nada. Ahora estamos esperando a nuestro abogado para saber qué hacer”. La situación empeoró aún más cuando la mujer relató que, además de perder su hogar, fue víctima de un robo en el albergue provisional: “Ayer me robaron el celular. Necesito una solución, una casa para vivir. No puedo seguir así, con los chicos, los perros...”.

La desesperación seguía aumentando a medida que las autoridades trabajaban en la zona. Narcisa, angustiada, expresó: “Queremos recuperar nuestras cosas. Espero que no me hayan sacado nada”.

Entre tanto caos, un pequeño consuelo llegó cuando el perro de la familia, que creían muerto, fue rescatado por un vecino. Aunque el perro intentaba regresar a la casa destruida, los dueños lograron sujetarlo. Mientras tanto, los aviones seguían pasando a baja altura, lo que causaba temor en los vecinos.

Ayer por la tarde, Martínez recordó el momento en que el avión impactó contra su casa. El impacto dejó una de las alas del avión incrustada en el techo de su vivienda. “Fue un ruido ensordecedor. Quería ver, pero el humo lo impedía. Tenía garrafas guardadas. Pensé que todo iba a explotar”, relató.

El árbol que los salvó

La familia de Martínez logró escapar por la parte trasera de la casa, justo antes de que el fuego se desatara. “Ese árbol nos salvó. Si no hubiera estado, el avión habría caído sobre nuestra casa”, afirmó.

La nieta de Martínez, Noelia, también compartió su experiencia. “Mi hermanito estaba durmiendo en el piso de arriba, y yo en otro sector. Vi que comenzaba a salir humo de la casa de mi mamá. Corrí, lo tomé y lo saqué. Cuando cayó el avión, escuché el ruido y vi cómo comenzó a entrar humo y fuego por todos lados”, recordó. “Fue horrible. Cuando empezaron las explosiones, logré salir, pero no me dejaron sacar a nuestro perro”.

El impacto del accidente aún era visible en la mañana siguiente. La zona estaba en silencio, pero el recuerdo del suceso estaba presente en cada rincón. El avión seguía atrapado entre los restos de la vivienda, mientras la Policía custodiaba el lugar.

A medida que el día avanzaba, el olor a quemado permanecía en el aire. Aunque el número de curiosos había disminuido, las calles seguían bloqueadas. Los bomberos y operarios trabajaban en la demolición de la casa y la retirada de las partes del avión, lo que generaba un ruido constante. Los residentes, aún con el miedo palpable, observaban la escena, algunos comentando sobre las implicaciones del accidente en su barrio.

Varios vecinos expresaron su preocupación por la cercanía del aeropuerto. “Cada vez que escuchamos un avión, nos asustamos. No es vida vivir así”, comentó un residente. El temor a nuevos accidentes se sumaba a la necesidad de ayuda y soluciones. Los trabajos de remoción continuaban, pero el miedo y la incertidumbre seguían marcando la vida en la comunidad.

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