27 de febrero 2026 - 19:23hs

En todos los países del mundo con acceso a internet, sin excepción, los adultos jóvenes de entre 18 y 34 años registraron peores indicadores de salud mental que las generaciones mayores. Así lo determinó el informe La salud mental mundial en 2025, publicado en febrero de este año por Sapien Labs, una organización independiente sin fines de lucro dedicada al estudio de la mente humana. El estudio consolidó cerca de un millón de respuestas recolectadas durante 2024 y 2025 en 85 países.

El dato central del informe invierte una tendencia histórica que se daba por sentada: durante décadas, los jóvenes mostraron sistemáticamente mejor bienestar mental que sus mayores. Ese patrón se rompió, y hoy la brecha es alarmante. Mientras los adultos de 55 años o más obtienen un puntaje promedio de 101 en el Cociente de Salud Mental (MHQ, por sus siglas en inglés) —la métrica central del estudio—, los jóvenes de 18 a 34 años promedian apenas 36, con el 41% enfrentando dificultades clínicamente significativas que afectan su capacidad de funcionar en la vida diaria. En los mayores, ese porcentaje es del 10%.

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El MHQ no mide simplemente depresión o ansiedad, sino 47 aspectos del funcionamiento mental, emocional, cognitivo y social. Una puntuación de 66 —el promedio mundial— corresponde a alguien que puede ser plenamente productivo apenas el 70% del tiempo.

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Los cuatro factores que explican la crisis

El informe identifica cuatro factores que, en conjunto, predicen el 75% del deterioro en la salud mental de los adultos jóvenes. Dos son elementos socioculturales que se debilitaron en las últimas décadas: los vínculos familiares estrechos y la espiritualidad. Los otros dos son productos de la modernidad cuyo uso aumentó en las generaciones más jóvenes: los smartphones y los alimentos ultraprocesados.

Quienes no mantienen vínculos cercanos con ningún familiar tienen cuatro veces más probabilidades de caer en los rangos de mayor angustia mental que quienes sí los tienen. A nivel mundial, el 61% de los jóvenes de 18 a 34 años indicó sentirse cercano a algunos o muchos familiares, contra el 75% de los mayores de 55.

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La espiritualidad —definida como un sentido de conexión con algo superior, independientemente de la religión— también mostró una caída en casi todos los países. Los países donde los jóvenes promedian puntajes altos en espiritualidad registran puntuaciones del MHQ hasta 30 puntos más altas que aquellos donde predomina el ateísmo entre esa franja etaria.

Respecto de los smartphones, la Generación Z es la primera en haber crecido con uno en la mano. El informe encontró que cuanto más temprano se accedió al primer dispositivo, mayor la probabilidad de enfrentar dificultades en la adultez: pensamientos suicidas, agresión, desconexión de la realidad y mayor exposición a contenido dañino. Los efectos negativos son especialmente pronunciados antes de los 13 años. En promedio global, la Generación Z obtuvo su primer smartphone a los 14 años, pero en Finlandia esa edad fue de apenas 9,9 años. En Tanzania y Uganda, en cambio, fue a los 18.

El consumo de alimentos ultraprocesados se asocia a mayor depresión y menor control emocional y cognitivo. A nivel mundial, el 54% de los jóvenes de 18 a 34 años los consume regularmente, el doble que entre los mayores de 55. En países como Estados Unidos, Corea del Sur y el Reino Unido, ese porcentaje supera el 75%.

Haidt y la hipótesis del smartphone

El informe generó rápida repercusión en el debate internacional. Jonathan Haidt, psicólogo social de la Universidad de Nueva York y autor de La generación ansiosa, lo utilizó para reforzar su tesis principal: que la entrega temprana de smartphones es el factor dominante en el deterioro de la salud mental juvenil, y que debería retrasarse al menos hasta los 16 años.

La lectura de Haidt es coherente con los datos, pero va algo más lejos que lo que el propio estudio afirma. Tara Thiagarajan, fundadora y científica en jefe de Sapien Labs, es más cautelosa: el informe habla de factores que predicen el deterioro, no de causas probadas. Y advierte que la edad temprana de adquisición de smartphones en los países ricos puede reflejar simplemente el momento en que esas sociedades adoptaron la tecnología, más que una decisión cultural deliberada.

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Argentina, bien en vínculos pero en la mitad de la tabla

En el ranking general de salud mental para el grupo de 18 a 34 años, Argentina ocupa el puesto 38 entre 84 países, una posición intermedia. Pero el dato más saliente es otro: en el indicador de vínculos familiares estrechos, Argentina es el segundo país del mundo, con un 70% de jóvenes que indica sentirse cercano a algunos o muchos familiares. Solo la República Dominicana la supera, con el 72%. América Latina hispanoparlante domina ese ranking: ocho de los quince primeros puestos corresponden a países de la región.

Es un dato que el informe destaca como relevante, dado el peso que los vínculos familiares tienen como factor protector. Al mismo tiempo, pone en evidencia que ese capital social no alcanza por sí solo para compensar el efecto de otros factores —smartphones, ultraprocesados, espiritualidad en baja— que también operan sobre los jóvenes argentinos.

La paradoja de los países ricos

Uno de los hallazgos más provocadores del informe es geográfico: los jóvenes están peor en los países más ricos y desarrollados. Los diez países con peores indicadores en el grupo de 18 a 34 años incluyen al Reino Unido, Nueva Zelanda y Japón. Los diez con mejores resultados están en su mayoría en África subsahariana: Ghana, Tanzania, Kenia y Nigeria encabezan la lista.

Esto choca con el supuesto implícito en la mayoría de las políticas públicas: que más riqueza y más gasto producen mejores resultados. El informe lo desmiente con números. Estados Unidos gastó en 2024 unos 2.200 millones de dólares solo en investigación sobre salud mental, y más de 100.000 millones anuales en tratamiento. El Reino Unido destinó 12.000 millones de libras en 2021-2022 a servicios de salud mental. Sin embargo, sus jóvenes están entre los más afectados del mundo.

"Los resultados en cuanto a la salud de la mente no se correlacionan con el gasto en cuidados de la salud mental o en la cantidad de psiquiatras o terapeutas per cápita", advierte el informe. La conclusión es incómoda: el modelo dominante de intervención —focalizado en el tratamiento de síntomas— no está atacando las causas de fondo.

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