En muchos rincones del litoral y la pampa argentina resuenan todavía los ecos de una aventura que comenzó hace más de 260 años. Una comunidad de aproximadamente 2,5 millones de descendientes de alemanes del Volga —entre el 5% y 8% de la población nacional— mantiene viva la memoria de una odisea migratoria: el largo camino desde los principados alemanes hasta las estepas rusas, y de allí a las tierras prometidas del Río de la Plata.
En los pueblos argentinos donde se asentaron, el tiempo parece haberse detenido en ciertos rincones. En Coronel Suárez, provincia de Buenos Aires —considerado el corazón de esta comunidad—, todavía se escuchan conversaciones en alemán por las calles empedradas, mientras las panaderías ofrecen kuchen recién horneado siguiendo recetas que llegaron desde las estepas rusas hace más de un siglo. Otrso centros importantes incluyen Crespo y General Alvear en Entre Ríos, Santa María en Córdoba, y Alpachiri en La Pampa, cada uno con su iglesia característica —católica o protestante— y sus casas de tejados a dos aguas que recuerdan la arquitectura centroeuropea.
La comunidad se dedica principalmente a la agricultura y ganadería, destacándose en la producción de cereales y oleaginosas, pero también mantienen viva su tradición culinaria. En cada hogar se preparan especialidades como el strudel de manzana, los knödel y el sabroso leberwurst. La "Strudel Fest" de Santa María, en las afueras de Coronel Suárez, se ha convertido en una celebración muy convocante: en 2024 elaboraron un strudel de 65 metros de longitud que requirió la participación de todo el pueblo. Las familias, tradicionalmente numerosas —era común tener 14 hijos—, siguen transmitiendo el idioma alemán en dialectos específicos del Volga, creando una Argentina que suena a Baviera pero huele a asado y empanadas.
De Alemania a las estepas del Volga: el llamado de una emperatriz
A mediados del siglo XVIII, la vida en los estados alemanes se había vuelto insoportable para miles de familias. Los territorios estaban abarrotados de gente, conseguir un pedazo de tierra para cultivar era casi imposible, y quienes no profesaban el catolicismo —especialmente protestantes y menonitas— vivían bajo la constante amenaza de persecución religiosa. Como si esto fuera poco, la Guerra de los Siete Años (1756-1763) arrasó con pueblos enteros, dejando un reguero de destrucción, hambruna y muerte.
Fue entonces cuando llegó una propuesta que sonaba casi demasiado buena para ser verdad. Catalina II, la emperatriz de Rusia —una princesa alemana que había llegado al trono tras casarse con el desafortunado Pedro III— lanzó en 1762 una invitación que cambiaría la historia. "Todos los que llegan a establecerse tendrán Nuestro favor monárquico y la benevolencia", prometía su decreto imperial, como si fuera una carta dirigida personalmente a cada familia desesperada.
La oferta era extraordinaria: práctica libre de la religión (algo impensable en la Europa de esa época), exención perpetua del servicio militar, libre uso del idioma natal, beneficios fiscales y, lo más tentador, autonomía completa para administrar sus propias colonias. Catalina no actuaba por pura bondad: necesitaba colonos para explotar las inmensas tierras rusas y crear una barrera humana contra las tribus nómadas que amenazaban las fronteras del imperio.
La respuesta fue masiva. A partir de 1763, familias enteras emprendieron el arduo viaje hacia Rusia, cargando carretas con sus pocas pertenencias y la esperanza de una vida mejor. Se establecieron a lo largo del majestuoso río Volga, donde las tierras ofrecían lo que más necesitaban: suelo fértil y agua abundante. El 21 de junio de ese año nació Dobrinka, la primera aldea alemana en el óblast de Sarátov, como un experimento que pronto se multiplicaría.
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Entre 1764 y 1772 brotaron 106 colonias como hongos después de la lluvia, albergando aproximadamente 300.000 habitantes. El 80% eran alemanes, pero también llegaron familias de Suecia, Suiza, Francia, Holanda y Polonia, creando un mosaico cultural en medio de la inmensidad rusa. Los alemanes se dividieron geográficamente: católicos y protestantes en lados opuestos del Volga, en las regiones de Sarátov y Samara, manteniendo sus diferencias religiosas pero unidos por el idioma y las tradiciones.
La comunidad prosperó de manera espectacular. De 23.000 personas en 1769 saltaron a 200.000 a mediados del siglo XIX y alcanzaron las 400.000 según el censo de 1897. Llegaron a controlar entre 1,9 y 3 millones de hectáreas, convirtiéndose en una próspera nación dentro de la nación rusa.
Pero los vientos políticos cambiaron brutalmente en 1871. El zar Alejandro II decidió que ya era suficiente de privilegios especiales y lanzó una despiadada política de rusificación. De un plumazo abolió todos los beneficios prometidos por Catalina: se acabó la exención militar, se terminaron los beneficios fiscales, se prohibió el alemán en escuelas y administración, y se impuso la conversión forzosa a la ortodoxia rusa. Con Alejandro III la situación empeoró: las tierras comunales fueron confiscadas y la presión cultural se volvió asfixiante.
El golpe final llegaría décadas después con Stalin. Los alemanes del Volga, acusados absurdamente de colaborar con el nazismo, fueron deportados en masa a los gulags siberianos. De 1,2 millones deportados, aproximadamente un millón murió en condiciones inhumanas —el 82% de toda la población germana en la Unión Soviética—. Un genocidio silenciado por la historia.
El largo camino hacia Argentina: una nueva esperanza
Ante semejante persecución, el éxodo era inevitable. Aproximadamente 300.000 alemanes del Volga abandonaron Rusia entre fines del siglo XIX y principios del XX, dispersándose por el mundo como semillas llevadas por el viento. Los evangélicos eligieron las praderas de Canadá y Estados Unidos, mientras los católicos pusieron sus ojos en Sudamérica: Brasil, Argentina y Uruguay. Para ellos, Argentina representaba la promesa de una nueva vida lejos de las guerras que habían marcado a fuego su historia.
Las primeras familias llegaron entre 1877 y 1878, justo cuando el gobierno de Nicolás Avellaneda había sancionado la Ley de Inmigración (1876) para poblar el país. Entre 1878 y 1920 arribaron aproximadamente 20.000 personas en lo que fue la gran oleada migratoria de alemanes del Volga hacia Argentina. El gobierno argentino tenía objetivos similares a los de Catalina II un siglo antes: desarrollar la agricultura y ganadería, pero también defender el territorio recién conquistado tras la sangrienta "Campaña del desierto" (1878-1885).
En enero de 1878, un grupo de pioneros fundó "Hinojo" cerca de Olavarría, Buenos Aires. Seis meses después, otra expedición se dirigió a Entre Ríos y estableció la colonia General Alvear en el departamento de Diamante. Pero fue entre 1886 y 1887, en los alrededores de Coronel Suárez, donde nacieron las tres colonias que se convertirían en el corazón de la comunidad: Santa Trinidad, Santa María y San José. Coronel Suárez se transformó así en la capital no oficial de los alemanes del Volga en Argentina.
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Los colonos trajeron consigo algo más valioso que sus pocas pertenencias: su forma de vida comunitaria. En lugar de establecerse como granjeros independientes, recrearon el sistema de aldeas que habían conocido en el Volga: pueblos con casas agrupadas y tierras de cultivo compartidas alrededor. Esta decisión chocaría más de una vez con las autoridades argentinas, como ocurrió en General Alvear, donde el estado intentó imponerles el sistema de chacras individuales. La resistencia pacífica pero firme de los colonos logró preservar su modo de vida ancestral.
Mientras tanto, las colonias seguían multiplicándose: Tornquist (1883) y San Miguel Arcángel (1903) en Buenos Aires; Crespo (1888) y Santa Anita (1900) en Entre Ríos; Santa María (1888) y Canals (1893) en Córdoba; Alpachiri (1910) y San José (1910) en La Pampa. Cada nueva colonia era un pequeño pedazo de Alemania trasplantado a la pampa argentina.
En 1924 llegó una última oleada de inmigrantes, más pequeña pero igualmente desesperada por escapar del comunismo soviético y de los nubarrones que anunciaban la Segunda Guerra Mundial. Para entonces, Argentina ya no era solo un refugio: era el hogar definitivo de una comunidad que había encontrado en estas tierras la paz que Europa les había negado.
Hoy en día, los descendientes de aquellos pioneros mantienen viva una tradición que comenzó con la promesa de una emperatriz alemana en las estepas rusas y floreció en los campos argentinos. En pueblos como Santa María, donde el aire todavía lleva el aroma del strudel horneándose, o en Crespo, donde las iglesias protestantes siguen siendo el centro de la vida comunitaria, la historia de los alemanes del Volga continúa escribiéndose día a día, en alemán y en castellano, entre tradiciones centenarias y sueños argentinos.