27 de agosto 2026 - 19:31hs

Un docente que empezó a dar clases a los 25 años pasó, en promedio, quince años esperando la titularidad. Así lo determinó un informe elaborado por Cecilia Veleda (CIPPEC) junto con Federico del Carpio y María Sol Alzú (Argentinos por la Educación), que reconstruyó por primera vez de manera integral la trayectoria profesional docente en el país, cruzando los 24 estatutos jurisdiccionales con datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) y de los cuestionarios complementarios de Aprender 2025.

El hallazgo central conecta dos variables que suelen analizarse por separado: la estabilidad laboral y el salario. Ambas siguen el mismo calendario y llegan tarde. Entre los docentes menores de 25 años, el 52% trabaja como suplente. Recién entre los 40 y 49 años el 61% logra la titularidad, mientras que el resto sigue en la misma situación de precariedad con la que arrancó. El salario acompaña ese mismo ritmo: el ingreso docente alcanza su punto más alto entre los 45 y 54 años, cuando es un 93% superior al que se percibía al comienzo de la carrera.

La consecuencia práctica es que buena parte de la vida laboral de un docente transcurre en una zona de incertidumbre, tanto en materia de continuidad en el puesto como de ingresos. Un maestro que arranca a los 25 puede pasar hasta los 40 sin tener asegurado su cargo de un ciclo lectivo al siguiente, y recién superada esa edad empieza a ver reflejado ese recorrido en el bolsillo.

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Una carrera que premia la espera

El sistema que regula el ingreso y el ascenso docente tiene una explicación normativa. Todas las jurisdicciones del país cuentan con su propio estatuto —24 en total, uno por provincia más la Ciudad de Buenos Aires—, aunque comparten una misma matriz de origen: el Estatuto Nacional del Personal Docente, sancionado en 1958 y todavía vigente como marco de referencia. Nueve de esos 24 estatutos datan de las décadas del 50 y del 60, y algunas provincias, como Neuquén y Santa Cruz, conservan casi intacta la estructura original.

Dentro de ese marco, el avance profesional se ordena mediante sistemas de puntaje que ponderan la antigüedad, los títulos, las capacitaciones y el desempeño, entre otros factores. La antigüedad suele ser el criterio de mayor peso relativo. Como explica la profesora e investigadora Anabella Díaz en el informe, la progresión docente "descansa principalmente en la antigüedad y en la acumulación de antecedentes", un mecanismo que ordena el sistema pero que, de paso, estira los tiempos de acceso a la estabilidad para quienes recién empiezan.

A esto se suma otro dato poco conocido: nueve jurisdicciones establecen una edad máxima para ingresar a la docencia, que va de los 35 a los 50 años según el caso. Se trata de una traba adicional para quienes llegan a la profesión por una segunda carrera o de manera tardía, en un sistema que ya de por sí tarda en consolidar a quienes ingresan jóvenes.

El correlato en el bolsillo

La demora no es solo administrativa: tiene un correlato económico directo. Según el análisis de la EPH que integra el informe, el salario de los trabajadores de la educación con formación terciaria o universitaria completa crece de manera sostenida con la edad, pero ese crecimiento se concentra en la segunda mitad de la carrera. Tomando como base el ingreso percibido entre los 18 y 24 años, el salario docente aumenta un 42% entre los 25 y 34 años y sigue subiendo hasta tocar su techo entre los 45 y 54, con una mejora acumulada del 93 por ciento.

Ese ritmo de crecimiento supera, en términos relativos, al de la población ocupada en general (86%) y al de otros trabajadores con formación terciaria o universitaria completa (55%). El informe aclara, sin embargo, que esa comparación no implica que los docentes ganen más en términos absolutos: la mayoría se ubica en los quintiles medios de ingreso per cápita del hogar, con una presencia acotada tanto entre los sectores de menores como de mayores recursos.

Entre los 35 y los 44 años, además, la curva salarial docente pierde impulso, algo que el informe asocia a una menor dedicación horaria en ese tramo etario: en promedio, los docentes trabajan cuatro horas semanales menos que entre los 25 y 34 años. Recién vuelve a acelerarse hacia los 45, en coincidencia con la acumulación de antigüedad y, en algunos casos, con la titularización o el acceso a cargos de mayor jerarquía.

Bruno Videla, docente de nivel secundario consultado para el informe, resumió la tensión que atraviesa esa dinámica: "Un rasgo característico de la profesión docente consiste en que se da en un sistema que te obliga a trabajar más horas los últimos años de tu carrera para poder llegar a una mejor jubilación", señaló, y agregó que ese esfuerzo se suma a "la inestabilidad, a las condiciones en las que realizamos nuestro trabajo y a la pérdida de valoración social".

Ascensos limitados y jubilación temprana

El informe también describe un techo estructural para quienes buscan crecer sin dejar el aula. El acceso a cargos de conducción —direcciones y supervisiones— se concentra alrededor de los 50 años y representa apenas el 10% del total de los cargos del sistema. La vía de ascenso históricamente disponible fue la vertical, hacia la dirección, mientras que las alternativas de carrera horizontal —que permitirían asumir mayores responsabilidades sin abandonar la función frente a los estudiantes— siguen siendo escasas en la mayoría de las jurisdicciones.

Ese esquema convive, además, con una salida relativamente temprana del sistema: la jubilación docente está prevista, en promedio, a los 56 años para las mujeres y a los 59 para los varones, con 25 años de servicio. La combinación de ambos extremos —estabilidad tardía y retiro anticipado— reduce el período efectivo en el que los docentes acceden a los cargos de mayor jerarquía y a los mejores salarios de su carrera.

El perfil de quienes hoy están al frente de las aulas de nivel primario, según los datos de Aprender 2025, confirma algunos rasgos estructurales de la profesión: el 89,5% son mujeres, el 95,6% se formó en institutos superiores no universitarios y el 79,5% tiene como máximo nivel educativo alcanzado un título terciario.

Para Cecilia Veleda, coautora del estudio, el desafío no pasa por una reforma integral e inmediata sino por intervenir sobre los mecanismos ya existentes. "Quizá en materia de carrera docente sea más factible comprender el impacto de los cambios en curso para potenciarlos o modificarlos, en lugar de pretender dar vuelta todo de un día para el otro", planteó. Con 24 sistemas distintos operando en paralelo, cualquier modificación de fondo requiere, antes que nada, entender cómo funciona cada uno de ellos por separado.

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