19 de junio 2026 - 13:59hs

Mientras el peronismo trata de ordenarse, el Gobierno de Javier Milei camina solo de cara a la apertura de un nuevo proceso electoral en el Argentina. Nada cambió, por lo menos dentro de ese escenario, desde el desembarco de los libertarios en la Cada Rosada. La oposición nunca pudo hacer pie.

Más allá de los vaivenes en la imagen del Gobierno y del propio Milei, más allá del escándalo Adorni, $LIBRA y ANDIS, nada termina de cambiar. La oposición sigue sin ser alternativa clara para la sociedad. “Nadie capitaliza el derrumbe del Gobierno”, repiten los consultores ante una pregunta que se repite mes tras mes.

Son muchos los dirigentes del peronismo que sostiene desde hacer años, primero en privado y después en público, que el movimiento creado por Juan Domingo Perón necesita discutir su futuro. Está claro que se trataba solo de una cuestión generacional. Tampoco de una cuestión meramente electoral, ahí está el Frente de Todos como recuerdo de eso. Se trata, en este caso, de un cambio que tiene que ver con la conducción, pero también con las prioridades y redefinir el sujeto a representar. Después de dos décadas con Cristina Kirchner parada en el centro de la escena el peronismo parecía tener la chance de darse un debate interno.

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El peronismo, ¿con o sin Cristina?

El contexto es sabido, hoy CFK está cumpliendo condena por la causa Vialidad y con inhabilitación perpetua para ocupar cargos públicos. Más allá del peso que esa situación le impone al contexto, el debate no llega, la discusión no sucede y el cambio no pasa.

La condena firme y la prisión domiciliaria de Cristina produjeron un fenómeno político tan argentino como paradójico. Lo que parecía abrir una etapa nueva terminó clausurando cualquier debate sobre cómo encarar el futuro. La especulación de algunos, las falta plasticidad de otros, y el rencor enterrado durante años hace que hoy todo parezca inviable. Todo lo que se refiere a la unidad, por lo menos.

Por ahora nadie se le anima a Cristina y al kirchnerismo. Nadie, por los menos, a viva voz y en público dice “hay que ganarle la interna al kirchnerismo”. Así las cosas, la dirigente con menos capacidad institucional de las últimas dos décadas, simplemente porque una condena le impide competir, se convierte otra vez en la dirigente más influyente del espacio.

En ese marco, lo que comienza a quedar claro es que la condena judicial que dejó fuera de carrera a CFK no resolvió el problema por la disputa del liderazgo interno que tenía el peronismo sino que lo congeló.

Dentro de ese panorama, por ahora no muy claro, que se dibuja dentro del peronismo hay tres sectores definidos. El primero es el kirchnerismo y La Cámpora encabezado por Máximo Kirchner que plantea “Cristina Libre” como eje central de la discusión. En segundo orden está el kicillofismo, que trata de armar por fuera del kirchnerismo y sostener la gestión en la provincia de Buenos Aires. Y por último aparece una tercera opción, un peronismo federal que empieza a dar el debate de cara al futuro sin una figura excluyente, pero con un pero dirigencial interesante.

El mensaje del kirchnerismo en medio de la disputa de cara al 2027 es claro: “No hay peronismo sin Cristina”. Lo dijo Mayra Mendoza, una de las voces más potentes de La Cámpora. El problema está a la vista y la resolución parece imposible, porque lo cierto es que CFK no podrá ser parte del armado electoral. La discusión parece tabicada. Sin embargo, desde los sectores cercano a la expresidenta explican que tanto “Cristina Libre” como “no hay peronismo sin Cristina” no tiene que ver con las listas del próximo año sino con la representación de las ideas que se plasmaron en sus dos gobiernos. ¿Cuál es el fondo de la estrategia? ¿Qué ven más allá de los slogans? Esas son las preguntas que por ahora no tienen respuesta.

Lo que complica más la situación del peronismo, es que los otros dos sectores, el peronismo federal y el Movimiento Derecho al Futuro de Axel Kicillof, no quieren nada con Cristina. Todo el escenario parece ir construyendo el escenario para una PASO descarnada. El tiempo dirá si el método que ofrece la ley electoral argentina sirve para dirimir las internas o solo para elegir un candidato.

Javier Milei espera

Del otro lado espera Milei. Sin apuro. Corre solo en término electorales. La atomización opositora parece favorecerlo. Sin embargo, en tiempos de turbulencias internas la falta de un enemigo externo puede ser un problema.

¿Milei necesita a Cristina? La respuesta también queda flotando en el aire, pero está claro que el presidente necesita con quien confrontar más allá de los periodistas y los medios. La Libertad Avanza, como todos los sectores no peronistas que participaron en política con éxito en las últimas décadas se construyeron como la antítesis del kirchnerismo. Todos abrazaron la bandera del cambio, y lo que apostaban a cambiar era la forma en la que el kircherismo y CFK entendían el poder y la gestión.

Cristina fue durante años el adversario perfecto para primero para Mauricio Macri y después Javier Milei. Representó todo aquello que necesitaban cuestionar para construir identidad política propia.

La casta. El estatismo. La lógica de los privilegios. La vieja política. La confrontación con Cristina ayudó a Milei a ordenar un relato simple y eficaz. Más allá de sus virtudes comunicacionales y de empatizar con la bronca de la mayoría de la sociedad.

Pero la campaña no es la gestión. Pero gobernar rara vez ofrece rivales tan cómodos y oposiciones tan desarticuladas. Y eso, a esta altura, a casi un año de las elecciones, parece un problema. ¿Por qué? Porque el Gobierno sigue comportándose muchas veces como si estuviera en campaña. Como si el tablero político fuera exactamente el mismo que en 2023. Como si el kirchnerismo y el peronismo fueran una misma cosa. Como si la discusión terminara en Cristina. La realidad muestra algo bastante más complejo.

El peronismo atraviesa una transición que todavía no encontró forma definitiva. No está claro quién liderará ese proceso. No está claro qué perfil tendrá. No es lo mismo Pichetto que Máximo o Axel, eso es evidente. Tampoco que tan atrás podrá dejar el candidato del peronismo el mal recuerdo que buena parte de la sociedad tiene del último gobierno peronista.

No está claro si surgirá desde la provincia de Buenos Aires, desde las gobernaciones o desde algún dirigente que todavía no aparece en las encuestas. Pero sí está claro que el fenómeno existe. Está ahí, está latente, y busca su cauce.

En ese contexto, aparece una decisión política que puede terminar constituyendo un error. Algunos sectores del Gobierno parezcan más preocupados por administrar la relación con una dirigente que ya no puede competir electoralmente que por comprender quiénes pueden ocupar el espacio político que ella deja vacante.

La historia argentina ofrece una enseñanza bastante sencilla. Los liderazgos fuertes no desaparecen cuando lo establece una sentencia. Tampoco cuando lo desea un adversario. Perón condicionó la política argentina desde el exilio. Menem conservó influencia mucho después de abandonar la presidencia.

Cristina conserva capacidad de ordenar, disciplinar y movilizar aun desde una situación personal y judicial completamente distinta a la que tuvo durante sus años de poder. Es verdad que se puede discutir su volumen y contundencia, pero nadie puede negar que sigue ahí.

Negar esa realidad sería absurdo. Pero también sería absurdo creer que el futuro del peronismo termina en ella. Porque toda fuerza política, tarde o temprano, enfrenta el mismo desafío. La sucesión. Y la sucesión nunca se resuelve por decreto. Mucho menos por resolución judicial.

Mientras tanto, Milei enfrenta una dificultad propia que parece subestimada. Necesita decidir cuál será su adversario político de los próximos años. Puede parecer una pregunta menor. No lo es. Todo liderazgo necesita una referencia opositora clara. La historia reciente está plagada de ejemplos concretos.

Raúl Alfonsín tuvo al sindicalismo peronista. Carlos Menem tuvo a la UCR. Néstor Kirchner construyó buena parte de su identidad enfrentando a sectores del establishment político y económico. Cristina encontró en Mauricio Macri una referencia permanente. Macri encontró en Cristina la propia. Milei también edificó gran parte de su capital político sobre una confrontación muy definida.

Cambia el escenario

La cuestión es que el escenario cambia. Y cuando el escenario cambia, también deben cambiar las categorías de análisis. Porque quizás el principal error del Gobierno consista en creer que la condena de Cristina resolvió un problema político. No lo resolvió. Lo transformó. Ahora las cartas vuelven a estar en el mazo. Nadie sabe con que cartas le tocará jugar.

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