En política, como en la vida cotidiana, todo gobierno asume un contrato con la sociedad que no es otra cosa que un acuerdo: una parte ofrece algo, la otra lo acepta bajo ciertas condiciones, y ambas esperan que se cumpla. La legitimidad descansa en ese equilibrio: prometer, cumplir y sostener la confianza. En la política, el “contrato electoral” es la traducción contemporánea del contrato social. Los ciudadanos ceden poder mediante el voto, a cambio de que el gobernante cumpla lo que prometió. Cuando ese compromiso se altera o se modifica unilateralmente, el contrato se vacía de sentido, y la confianza comienza a romperse.
En 2024, Milei cumplió con el trazo grueso de las promesas de campaña: ocuparse de lo económico como prioridad, dejar lo superfluo de lado, enfrentar a la inflación, equilibrar las cuentas, ordenar el espacio público y atacar a la casta. Ese fue el núcleo central de conexión, simple y directo, le permitió construir un consenso social inicial.
Sin embargo, en el tránsito hacia 2025, ese contrato empezó a mutar en silencio y algunas cláusulas fueron reemplazadas o modificadas por otras menos nítidas, menos legítimas y más costosas en términos políticos y sociales.
- De la mayoría social a la soledad creciente
El gobierno que se propuso representar a una mayoría cansada de los privilegios de la política hoy se muestra cada semana más encerrado en un círculo mínimo, reducido a familiares y funcionarios de confianza.
- De la facilidad a la dificultad económica
En el inicio, parecía que la economía podía “domarse” rápidamente con ortodoxia monetaria y recorte fiscal. En 2025, la realidad muestra que los problemas se multiplican, y la certidumbre inicial dio paso a cierta fragilidad macroeconómica.
- Del ataque a la casta al ataque al kirchnerismo
El grito de guerra era contra “la casta”, un sistema transversal de privilegios. Ahora el blanco se limita al kirchnerismo, un adversario ya elegido tiempo atrás por otros gobiernos, y con esa reducción, el discurso presidencial pierde universalidad y potencia simbólica.
- De la agresión como recurso a la agresión como método
En 2024, la agresión se entendía como un gesto simbólico disruptivo. En 2025, se volvió metodología permanente de diferenciación, un ruido constante que erosiona la posibilidad de acuerdos y desgasta la legitimidad oficial.
- Del discurso crudo y conectado a las explicaciones forzadas
El Milei original hablaba directo, sin mediaciones. El Milei de 2025 multiplica explicaciones complejas, enrevesadas y justificatorias, que lo alejan de la frescura inicial y lo encierran en un lenguaje defensivo.
- De representar demandas sociales a atacar consensos nacionales
El contrato original condensaba reclamos sociales profundos: orden, disciplina fiscal, lucha contra la corrupción. Hoy aparecen ataques a principios básicos del consenso nacional (salud pública, educación, Garrahan, discapacidad o federalismo) que generan desconexión con sectores amplios.
- De la empatía a la crueldad descontextualizada
El Milei candidato era “uno más”, un outsider que hablaba como ciudadano común. El Milei presidente aparece, en ocasiones, como cruel y distante, capaz de vetar leyes de discapacidad o confrontar con médicos del Garrahan. La empatía inicial se transformó en frialdad incomprensible.
- Del ajuste a los políticos privilegiados al ajuste a los vulnerables
El contrato era claro: recortar privilegios de la política. Pero en el giro, se pasó a vetar beneficios sociales esenciales, trasladando el costo del ajuste a los más vulnerables. Se invirtió el sentido moral de la promesa inicial.
Conclusión
La narrativa de Milei se construyó en 2024 sobre un contrato simple, reconocible y legitimado socialmente. En 2025, esas cláusulas cambiaron: de representar a muchos, pasó a aislarse; de castigar privilegios, pasó a castigar vulnerabilidades. Sobre todo porque lo central es lo que falla, que la economía no se reactiva como el gobierno prometía.