¿Alguna vez les dio hambre sólo de pensar en una comida? Una buena milanesa, unas papas fritas, algún plato que les recuerde a su infancia o sus abuelos, o un gustito de esos que sólo nos damos de vez en cuando. Ahora bien, más allá de la comida, la realidad es que las personas tenemos otros “hambres”. En esta columna les propongo revisarlos y entender cómo su gestión es un paso clave para ejercer el liderazgo.
En artículos pasados desarrollamos en profundidad algunos conceptos vinculados a la dimensión “sistémica” del liderazgo, como la definición de los problemas que enfrentan los líderes, la necesidad de identificar otros actores relevantes y sus intereses ante el posible cambio o la necesidad de romper el juego de suma cero entre quienes son y quienes no son líderes. Pero en este caso, apuntamos a la dimensión “personal”, al yo, que es igual de importante que todo lo demás. Dice una máxima del liderazgo que para movilizar a otros primero hay que movilizarse a sí mismo, ¿no?
Hacerlo de manera exitosa no es fácil: el liderazgo demanda tiempo, compromiso y determinación. Dice Ron Heifetz que si no controlamos nuestros “hambres” o “apetitos”, vamos a estar en una posición vulnerable que atentará contra nuestros objetivos (o nuestra capacidad de liderar correctamente). Y, lo que es mucho peor, no ayudará o directamente impedirá la construcción de confianza que un líder necesita.
¿Cuáles son entonces esos apetitos que mantener a raya? Todas las clasificaciones son arbitrarias, pero se pueden resumir en tres: poder y control, afirmación y significancia, e intimidad y placer. Todas las personas deseamos, en mayor o menor medida y con bemoles, estas tres cosas, aunque el balance entre las tres es único a cada uno de nosotros: algunas personas necesitan más orden y estructura derivadas de la necesidad de mayor control sobre sus vidas, otras odian contradecir a las personas y, desde ya, a nadie le gusta estar sólo para toda la vida.
Cómo cada uno ejerce el liderazgo depende, como en una dieta, del balance que logremos entre apetitos. El desafío, sin embargo, es doble: controlar que ninguno de éstos deseos personales se convierta en la fuente de decisiones erróneas y, a la vez, evitar caer en una trampa bastante común, que es absorber los apetitos de sus equipos. Una cosa es conectar, que es altamente positivo, pero otra es dejarse llevar por ellos y que, por ejemplo, el hambre de poder de los miembros de un equipo aumente exponencialmente el propio.
De esta manera, al momento de liderar es fundamental atender a nuestro lado personal, además de responder a los estímulos y presiones externas. Así como el primer paso para liderar es entender nuestro propósito, un punto netamente introspectivo, la actividad de liderazgo nos exige ocuparnos de nuestras necesidades. De lo contrario, corremos el riesgo de que otros las identifiquen por nosotros y nos manipulen, agotándonos y desviándonos de nuestras metas.