9 de septiembre 2025 - 19:16hs

La provincia de Buenos Aires, ese tigre agazapado que nunca se sabe si se repliega o toma impulso, habló. Y cuando lo hace, hay que escuchar más allá de los números. Porque los 13 puntos de diferencia que le dieron la victoria a Axel Kicillof sobre la apuesta oficialista no son solo eso. ¿Son una señal, una grieta o un reflejo condicionado? Una realidad que, al observarla detenidamente, encierra algo más profundo que la suma de votos.

Los análisis se multiplican como moscas en la luz fosforescente: que Milei perdió territorio, que no retuvo votos, que Kicillof retuvo sus votos con solvencia, que si se alza como el gran ganador de la interna del PJ, que si Cristina todavía gravita y teje desde las sombras, que Karina, que el armado, que los que no fueron a votar... Pero detrás de las cámaras, cuando la tinta se seca, lo que parece estar en juego es otra cosa. La pregunta por el sentido, por el rumbo, por el nervio íntimo de una sociedad que vuelve a moverse, aunque sea a tientas, se va filtrando de a poco, con la capilaridad lenta de lo que cala sin que uno lo note.

Durante semanas, en medio de un clima de campaña de alto voltaje, la política sufría el desprestigio ante los embates, pero el plan económico parecía controlado, casi anestesiado. El dólar se movía, sí, pero los precios no acompañaban porque el álamo del plan económico resistía.

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Los mercados reaccionaron con taquicardia

Hasta que llegó el domingo. La campaña, provincial pero nacionalizada, desembocó en un resultado que hizo crujir el eje. Los mercados reaccionaron con taquicardia. Cayó el Merval, se desplomaron los bonos, el peso retrocedió. Rémoras del 2019 surcaron la memoria de los inversores. El cuerpo financiero argentino, tan acostumbrado a los sobresaltos, ahora se estremece como si anticipara fiebre.

Y en ese temblor aparece la vieja palabra fetiche: pass-through. El traslado de precios. La bestia dormida que durante los últimos dos meses parecía ausente. Ahora la pregunta se duplica. ¿Habrá pass-through económico? ¿Este cimbronazo moverá la aguja de la inflación, romperá el dique de los precios? Justo ahora que ya no se discutía la macro, se interpreta que el resultado de la elección es porque no llega la micro a la gente. Y más aún: ¿habrá pass-through electoral? ¿Este resultado provincial puede contagiar octubre, trasladar momentum hacia la presidencial?

Lo de Kicillof no fue solo retener. Fue sostener una narrativa. Su narrativa. Con discurso, con gestualidad, con una liturgia que -nos guste o no- sigue convocando. "La conducción" gritaban los militantes. Y ese grito, más allá de su literalidad, es un acto de presencia. En tiempos de desorden, el orden simbólico reúne y vota.

La metáfora del arbolito de Navidad

Milei, por su parte, quedó frente a una paradoja. Su discurso de ruptura, de originalidad libertaria, se convirtió -en parte- en el nuevo sentido común. Como un arbolito de Navidad, llamativo, decorado, con luces que atraen y un verbo que convoca. La gente se reúne a su alrededor, se toma fotos, celebra. Pero hay una advertencia botánica en todo esto: debajo de los pinos, no crece el pasto.

La imagen funciona como metáfora y como advertencia. Un proyecto político no puede vivir solo de símbolos brillantes. Aplica a los dos. Ambos tienen que sentarse a diseñar lo que sigue. En el caso de Milei -y también Axel- si no logran transitar del árbol al bosque, del símbolo al sistema, de la épica al diálogo, corren el riesgo de transformarse en eso: un arbolito que brilla, pero no alimenta. Y la política, como la vida, no se sostiene solo con espectáculo. Necesita raíces, agua, sombra y, sobre todo, espacio fértil donde la promesa de "lo nuevo" pueda crecer.

Tal vez la metáfora más justa no sea el arbolito, sino la mesa navideña. Esa donde se discute, se brinda, se pelea un poco y se vuelve a brindar. Porque lo que se juega ahora no es solo un resultado electoral, sino la posibilidad de construir una conversación que no sea solo coral, sino también polifónica. Densa, urdida, viva. Tanto puertas adentro como puertas afuera.

¿Podrá el oficialismo leer esta alerta sin hundirse en su propio dogma? ¿Podrá Milei retomar el pragmatismo que mostró entre la primera y la segunda ley Bases? ¿O se atrincherará en el adorno sin mesa? Octubre acecha. Y, siguiendo con nuestra metáfora, como toda buena celebración argentina en diciembre, puede ser cena, brindis o incendio.

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Axel Kicillof Buenos Aires

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