Un domingo de elecciones. Imaginemos una escuela convertida en estación. Gente buscando el número de mesas en carteleras, el murmullo de la fila, los fiscales recibiendo a los votantes, el ritual de mostrar el DNI y todo esto como quien entrega un boleto para un viaje que no termina nunca. Afuera, los parlantes de campaña se apagan de a poco, pero la sensación es la misma de siempre porque el tren del poder no se detiene, apenas cambia de maquinista. Votamos con esperanza, pero también con resignación.
Mientras algo cada vez más performático en todo esto viene creciendo: el voto como selfie. El acto cívico como gesto de pertenencia. En la Argentina, el voto también se vuelve contagio y moda. Ese impulso que se arma en oleadas: el voto cuota de los 90, el voto a la viuda en 2011, el castigo a Macri en 2019 o el voto desvanecido del último comicio bonaerense donde surgió una nueva forma de expresar desencanto: sin castigo, sin blanco, simplemente sin asistir. Ya no elegimos tanto hacia dónde ir como elegimos cómo queremos vernos y ser vistos. En una época en la que la imagen manda más que la palabra, el voto se convierte en pose. Nos miramos votando. Queremos sentir que todavía estamos en control del tren, aunque las vías vengan trazadas desde mucho antes de que naciéramos.
La inercia de los rieles: un tren que no puede doblar
En este tren argentino, encabezado por una locomotora cansada que a veces humea y a veces descarrila, las vías parecen importar más que el maquinista, aunque las luces se las lleve este. Los que saben mirar, nunca pierden de foco la traza. El tren es el Estado, la historia, el modo de producir poder. Cambian los nombres, los partidos, los discursos, pero la estructura de hierro sigue ahí. Un carril que, en principio y para conveniencia de algunos pocos, solo permite moverse hacia adelante o atrás, nunca hacia los costados. Cada elección promete un nuevo rumbo, pero nadie explica cómo se cambian las vías o se corrige el rumbo. Como en el país, existe una red ferroviaria con sus achaques y sus bemoles.
Los votantes, pasajeros involuntarios de esta marcha, no somos ciegos. Sabemos que el paisaje se repite con inflación, desencanto y parches. Pero seguimos subiendo al tren porque bajar sería peor. Lo hacemos con una mezcla de fe y vértigo, como quien confía en que esta vez el maquinista, ese que jura venir de afuera del sistema, logrará torcer el destino sin romper los rieles. Es la paradoja del outsider que promete revolución, pero necesita del mismo sistema que vino a destruir para sostenerse en marcha.
Y, sin embargo, hay algo profundamente humano en esa esperanza. La ilusión de que esta vez sí, que un cambio de manos puede significar un cambio de rumbo. Pero el rumbo no existe sin nuevas vías. Corremos el riesgo de andar en círculos en una red ferroviaria que se deteriora vuelta a vuelta. Cambiar de camino implica algo más que votar distinto. Hay que mover el hierro, reconstruir lo estructural, desarmar la inercia. Y eso es lo que más nos cuesta. No solo por falta de voluntad, sino porque las otras vías de la red —las de la industria, la equidad, la educación, la confianza— están oxidadas, bloqueadas o levantadas por los descarrilamientos anteriores y un mantenimiento deficiente.
La luna y la marea emocional del voto
El votante argentino vive esa tensión entre la libertad de elegir y la fatalidad de las estructuras. No es un ciudadano indiferente, es un sujeto que empuja el tren con la fuerza de su deseo, aunque sepa que el carril no cede. Vota entre la razón y la emoción, entre la promesa y el reflejo. Porque en política, como en la física, no es el sol quien gobierna las mareas, es la luna.
La luna es un cuerpo opaco que solo brilla con luz ajena y que gobierna las aguas con su gravedad silenciosa. Así funciona también la política contemporánea en muchos casos, no por la luz de la razón, sino por la atracción del reflejo. No por la claridad de las ideas, sino por la intensidad de las emociones. Cada campaña es un espejo lunar que devuelve a los votantes una versión amplificada de sí mismos. Y es así como su enojo, su deseo de pureza, su miedo al abismo es el combustible para que uno u otro maquinista se gane el turno de conducir la locomotora.
Esa es la verdadera fuerza que mueve el tren. La fuerza de una marea emocional de una sociedad que busca verse reflejada, más que gobernada. Milei en 2023 encarnó esa luna política que reflejaba con crudeza el brillo del desencanto. Hoy, en 2025, ya en el poder, es el maquinista que promete dinamitar las vías, pero necesita de ellas para seguir avanzando. Un libertario atado al riel del Estado, un antisistema que debe administrarlo al tiempo que convence al resto de aspirantes a dar el salto de construir vías nuevas.
Y ahí, en ese bucle, se enreda el drama argentino. Entre un país que pide rumbos nuevos, pero viaja sobre vías viejas. Que desconfía del sistema, pero lo usa para expresarse. Un país que vota para cambiar, sabiendo que cambiar es casi imposible sin desmontar la estructura que sostiene todo.
El tren sigue. Los pasajeros miran por la ventana, algunos dormidos, otros inquietos. Afuera pasa el paisaje de siempre, alternando entre crisis, discursos y esperas. Y en el cielo, la luna se refleja sobre los techos de chapa, sobre los rieles oxidados. No da luz propia, pero mueve todo: las mareas del ánimo colectivo, las olas de la fe, los impulsos de cada voto.
Quizás, al final, el desafío no sea bajarse del tren, sino animarse a poner una nueva vía, aunque sea corta, aunque nadie garantice que llegue a destino. Porque el rumbo no está dado, hay que construirlo. Y para eso hace falta algo más que fe o reflejo. Hace falta esa extraña combinación de lucidez y coraje que permite imaginar un carril distinto, aun cuando todos digan que no hay camino fuera del hierro.