27 de junio 2024 - 17:13hs

Hace un par de semanas se entregó el Martín Fierro de Radio. Suelo ver todas las entregas de este premio que tiene como referente principal el que distingue a la televisión de aire. Algunas veces me importan los ganadores, todas las veces los vestidos y otras pocas tengo a alguien cercano nominado. Desde el 2015 se dividieron las entregas y la radio tiene su noche especial. El COVID interrumpió la ceremonia y desde el 2019 que un canal de aire no transmitía los Martín Fierro de radio.

Quizás esa ausencia influyó para que esta edición me despertara un interés especial. Soy oyente fiel de radio, y cuando digo radio estoy hablando de radio AM. No tanto por si el programa que escucho sale por esa frecuencia o por FM, sino por el tipo de radio que me acompaña desde hace muchos años. A mi me gusta que me hablen, que hagan entrevistas, que los integrantes del programa conversen, que los que participan sean identificables y de alguna manera uno los conozca por escucharlos a diario. No me interesa mucho la música en la radio, aunque sí me gusta el uso de la música en la AM. Aborrezco lo que se llama "radio fórmula": un locutor anuncia temas de forma canchera, alguna vez propone un sorteo y tira data de los intérpretes. Esa no es MI radio.

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La presencia constante de la radio

Todo comenzó en la casa de mi abuela materna. Ella escuchaba una radio a pilas chiquita en la cocina. Era fan de Carlos Rodari, al menos es el primer conductor que yo recuerdo. Ella también me inculcó el amor por el cine argentino clásico. Puedo decir que mi infancia en su casa en la década del 80 transcurrió entre Rodari y Rubén Aldao, conductor de Nuestro cine en la TV Pública, que inmortalizo la frase: “Sin ustedes ahí, nosotros aquí… ¿para qué?”. Buba, mi abuela, iba por la casa con la radio y mi abuelo indefectiblemente se la apagaba cuando ella dejaba cada ambiente. Más de 30 años después me pasa lo mismo con Gustavo Noriega, mi marido. Y eso que mi abuelo y mi marido solo tendrían ese punto en común. Yo tengo radio en mi escritorio, en la cocina y en el baño. Si pudiera, tendría una en cada ambiente de la casa y las escucharía en un continuo. Ni hablar de la del auto, la prendo en simultáneo que le doy contacto al motor. Y es lo último que apago antes de bajarme. Ahí también luchamos con Gustavo, muy pocas veces le dejo apagarla y en ese momento me invade un silencio ensordecedor.

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En el último tiempo tuve que claudicar y escuchar radio por internet. No es lo mismo. El crujido de la radio física forma parte de la experiencia, sintonizar el dial, no depender de la calidad de la conexión del wifi. La posibilidad de transportarla —que permite hacer cosas mientras la escuchamos— es lo que la distingue de todos los otros medios de comunicación. Los fierros ya no duran tanto y, a veces, el ruido de la mala sintonía es tal que no queda otra que poner la radio por Internet.

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A no confundir con el streaming. Si un programa no se puede escuchar en el auto, no es un programa de radio. Que la radio se pueda ver tampoco es algo que me interese y creo que muchas veces conspira contra su esencia.

Aunque sea un lugar común es verdad que la radio es compañía y comunidad. Los programas de radio siguen durando años, aún en estos tiempos efímeros. Hay una estabilidad que da la radio tanto a sus trabajadores como a los oyentes que funciona como refugio.

Justamente, uno de los primeros programas que consumí religiosamente fue El refugio de la cultura, conducido por Osvaldo Quiroga. Hoy no podría escucharlo decir ni “¡Hola!”. Sin embargo, en los años '90, todos los sábados a la tarde me encerraba en mi habitación a escuchar el programa que me permitió conocer escritores, poetas, obras de teatro a través de Jorge Dubatti, su columnista. El refugio de la cultura era una vidriera antes de que existiera Internet y cumplió su función de divulgación.

Como joven con alma de vieja no me perdía los programas de Milagritos López, otra gran divulgadora, en este caso, de música. Tardé muchos años en saber quién era Milagros. Fue un shock. Si tuviera que definir qué es la radio, Fernando Peña sería un sinónimo. Milagros López es un ejemplo de por qué la radio es mejor cuando no se ve. Esa magia no hubiera podido existir. Hace más de 20 años que Nora Perlé conduce Canciones son amores en Radio Mitre las noches de los fines de semana, continuando el espíritu de Milagritos. Otro programa que es sinónimo de radio.

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FM La Metro fue otro faro. Perros de la Calle hizo historia. Me acompañaron muchos años. Una vez llamaron a mi casa buscando a Gustavo (estaba de viaje) que había criticado en Duro de Domar una nota que le habían hecho a la empleada de Luciana Salazar, engañándola. Atendí yo. A pesar de ser oyente fiel, hubiera sido mejor para ellos que atienda él. Decidieron dejarme en el aire y hablar conmigo y no dudé en defenderlo y plantar bandera. Pasaron los años, al menos para mí, ya no me interpela esa estudiantina eterna, así que me pasé a Mitre. Igualmente creo que Andy es un gran conductor que ha hecho entrevistas y momentos radiales memorables. Esa radio también vio crecer a un discípulo de Peña, Sebastián Wainraich, cuyos programas tienen y tuvieron a mí entender las mejores secciones que se han hecho: Apertura de famosos, Gorda con helado, Clínica de autoayuda con Peto Menahen con el intercambio entre él y Sebastián, ¿Sabés qué te deseo a vos?, No acepto críticas, Taller de engaños.

Estos programas a su vez son herederos de su hermana mayor, la Rock and Pop. Elizabeth Vernaci y Bobby Flores fueron los conductores que admiré y consumí. Guardias a mí, de Bobby, me acompañó muchos años. Ahí participaban algunos días dos críticos de cine. Había uno de los dos que me caía bien, sentía empatía con sus opiniones y me parecía una persona agradable. Lo identificaba por la voz. Tiempo después junté cara con nombre, casi quince años después me casé con él y, por suerte, 30 años después me sigue pareciendo una persona muy agradable y sigo siendo su oyente.

La principal virtud de un conductor de radio, al menos para mí, es saber escuchar y permitir el lucimiento de sus columnistas. Cuando el conductor no deja hablar e interrumpe permanentemente o monologa, le grito a la radio. Jorge Lanata, mucho antes del wokismo, tuvo en su equipo mayoría de mujeres y deja crecer a todos los que trabajan con él.

La felicidad de trabajar en radio

Hace más de diez años sentí que tocaba el cielo con las manos, cuando entré a trabajar como productora en Radio Ciudad. Todavía recuerdo la emoción que sentí el primer día, iba a conocer el lado B del medio que amaba. Comencé con el legendario Esteban Peicovich, vital a sus casi noventa años. Esteban tenía un archivo sonoro invaluable, que incluía desde una entrevista a la viuda de Miguel Hernández hasta infinidad de conversaciones con Borges. Fue una gran escuela.

Trabajar en radio no le quitó una pizca de la magia. Si, entre otras cosas, me permitió como oyente saber que, si por ejemplo, se estira demasiado la cortina de apertura del programa, el conductor no llegó o está desatento. El mayor aprendizaje que me dio trabajar en el aire fue entender la relevancia del operador. Sin los operadores no hay radio posible. Un buen operador enriquece cualquier programa. Aunque sea 1 de enero y no haya programación, un operador tiene que haber. La botonera es sagrada.

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Pensando en todo esto pude entender porque disfruté tanto la última entrega de los Martin Fierro de Radio. Mucha de la gente que estaba ahí forma o formó parte de mi vida. Muchos me acompañan todos los días, otros trabajan conmigo. Era una ceremonia, pero también una tertulia de una comunidad de la que formo parte.

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