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“Cuando entró mi madre ese telar ya estaba, yo tenía 10 años y ahora tengo 60”, dice Mabel Bargas, una artesana que sigue el linaje de dos generaciones de trabajo en Manos del Uruguay. Se desenvuelve en varios tipos de manualidades en su cooperativa de Paysandú, una de las 12 que se distribuyen en el interior del país y centralizan su producción en Manos del Uruguay, una empresa sin fines de lucro que tiene como fin brindarle trabajo a ellas.

Ante la llegada de la prestigiosa diseñadora uruguaya Gabriela Hearst a Uruguay, las artesanas prepararon una recorrida por las oficinas de la empresa sin fines de lucro y regalos para la referente de la moda, que hace 15 años las ilumina en cada oportunidad que puede para darles visibilidad en el jet set de la moda mundial y mostrar el trabajo de las artesanas de su país.

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Con 58 años de historia, Manos del Uruguay pone en relevancia la calidad de la materia prima uruguaya, en especial la lana, y del talento de sus artesanas que, en general, trabajan desde hace décadas entre hilados y agujas cobrando por hora y por prenda finalizada para generar su propio ingreso.

“Yo pasé por todos los rubros, porque acá tenemos más de una manualidad cada una”, describe Mabel que trabajó en telar, en tejido y teñido. Cuando entró en la cooperativa de Paysandú trabajaba a la par con unas 100 artesanas.

De esa época a la actualidad el trabajo se transformó. Hoy en su cooperativa son 10 mujeres y hacen, sobre todo, telar. “Cuando hay mucho trabajo contratamos más”, acota. Pero, además de la cantidad de artesanas, otro cambio drástico fue el tratamiento de la materia prima y la sofisticación de los puestos de trabajo.

“Antes hilábamos la lana sucia, ahora se trabaja con lana top, lavada y peinada”, cuenta y resalta que ahora es “mucho menos sacrificio” que cuando tenía que estar lavando la lana con jabón. “Era muy rústico. Pasabas frío, pasabas calor, pasabas todo”, rememora Mabel. Ahora, en cambio “trabajamos cómodas, tenemos la lana ya teñida. Tratamos de tener aire acondicionado”.

Mabel es la segunda generación de su familia que realiza toda una vida de trabajo en Manos del Uruguay y, pronto, ella también se jubila de la empresa. “Para mí eso es un orgullo”, dice y, de un momento a otro, se le cargan los ojos de lágrimas mientras cuenta lo que significa para ella trabajar en el sistema cooperativo. “No sabés todo lo que aprendí, a manejar las finanzas, a ser la administradora”.

En parte su emoción se debe a que anhela que la cooperativa sanducera siga adelante, aunque ella no esté, con la fuerza de las jóvenes artesanas, aunque reconoce que cada vez es más difícil conseguir interesadas en el trabajo manual que entiendan el sistema cooperativo y quieran pertenecer a él. “Hay gente que entiende de empresas nomás, y esto no es así, cuando vos entendés el sistema es cuando te aferrás y lo defendés”, afirma Mabel.

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“Yo sé que mi cooperativa no va a morir, va a seguir, porque vamos a seguir capacitando gente y están preparadas”, reflexiona la artesana.

Al día de hoy, unas 120 artesanas trabajan de forma permanente en Manos del Uruguay. El CEO de la empresa sin fines de lucro, Rodolfo Gioscia, aclara que además de las artesanas se da trabajo a unos 80 talleres que trabajan, por ejemplo, en madera, vidrio y mates que también se venden en los locales de la firma. Y reconoce que la pérdida del oficio artesanal es un “problema importante”. “El mundo tiende a ir por otro lado y eso se empieza a perder. Manos va donde nadie va, va donde se encuentra la artesana en el interior, va a Fraile Muerto, a Tambores”.

Como CEO, Gioscia, reporta a la comisión directiva de artesanas que, además, cuenta con asesores. “Ellas son las dueñas de manos, es un modelo bien especial”, enfatiza.

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Actualmente, la mitad de la producción que elaboran queda en el mercado local y el otro 50% viaja hacia mercados internacionales, en especial a Estados Unidos, pero también a Francia, Inglaterra y Canadá. Al mismo tiempo, gracias a la temporada de verano, sus tejidos son furor entre los visitantes del este que vuelven a Argentina y Brasil envueltos en prendas de Manos del Uruguay.

Desde el campo uruguayo a la Gran Manzana

En la industria textil competir por volumen desde Uruguay es imposible. El fast fashion ocupa la gran mayoría de las vidrieras y las artesanas lo saben, por eso su foco está en generar valor y distinguirse en un nicho de mercado que prioriza la calidad, y el que más lo paga es el cliente internacional.

Una artesana de Manos visitó Nueva York, fue a una tienda de Ralph Lauren y encontró una prenda que estaba tejida por una artesana de su cooperativa, con el nombre. Eso es valor, llevar el trabajo de una mujer rural con la calidad, el trabajo artesanal, y que aparezca en la Quinta Avenida o en París”, reflexiona Gioscia.

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Lucía Benítez, diseñadora de Manos del Uruguay, trabaja con foco en los mercados internacionales y en la colaboración que año a año hacen con grandes marcas como Gabriela Hearst y Ralph Lauren revela que el mercado internacional está más acostumbrado a valorar el trabajo artesanal. “Hacemos productos con mucho más trabajo para afuera porque el cliente está dispuesto a pagarlo. Obviamente, son marcas de lujo que tienen su valor de marca y sus precios retail son muy elevados. A veces hacemos productos que son increíbles, tienen un trabajo impresionante y no podemos hacerlo para acá, porque sabemos que es difícil de comercializar acá en Uruguay”.

La diseñadora cuenta que tejer una sola de esas prendas puede llevar hasta 60 horas.

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Mabel es una de las mujeres que tejen para estas marcas e incluso fue invitada por Gabriela Hearst a tejer en uno de sus desfiles en Nueva York y ver de cerca el valor que sus prendas agregan a las colecciones y cómo lo reconoce el público internacional.

“Para mí fue maravilloso. Nunca me había subido a un avión, esa fue la primera vez”, cuenta en entrevista con Café y Negocios al recordar el viaje que emprendió hace dos años y destaca, sobre todo, el excelente trato que mantuvo con la diseñadora uruguaya y su equipo durante el viaje y la oportunidad de vivir una experiencia única. “Me encantó Nueva York”, dice al cierre de la recorrida por Manos del Uruguay Mabel, que aunque está cerca de jubilarse de la empresa, no deja de tejer ni en sus tiempos libres, al igual que sus compañeras que ven en el tejido una oportunidad para trabajar y también un estilo de vida.

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Gabriela Hearst Manos del Uruguay

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