“Avisame cuando tu vida esté destrozada, será hora de un ascenso”. Las palabras de Nigel Kipling, interpretado maravillosamente por Stanley Tucci, quedan sostenidas en el aire. Dos décadas después de su estreno, El diablo viste a la moda, el costo del éxito no parece haberse ajustado a la baja. La premisa se siente tan contemporánea como entonces: el precio de la ambición femenina se paga en lo más personal de la vida.
El diablo viste a la moda se estrenó en 2006 y casi instantáneamente se convirtió en un clásico. En una taquilla de verano el estreno se enfrentó a una superproducción como Superman Returns. El Barbenheimer de su tiempo. Y, a la luz de la historia, ya sabemos cuál se convirtió en una perlita de la cultura pop.
Ahora, Meryl Streep vuelve a ser Miranda Priestly, y Anne Hathaway, Andy Sachs. 20 años después de un estreno, la historia de la editora y la asistente vuelve al cine en medio de la enésima crisis de los medios de prensa, en una desaceleración económica y un cambio en el modelo publicitario. Ahora, Miranda deberá enfrentar el declive de su imágen y su revista en la era digital.
"¿Podría deletrear Gabbana?", pregunta Andy cuando levanta el teléfono en la oficina de la directora de Runway, una publicación de moda con páginas brillantes y producciones millonarias. Una joven periodista que sueña con escribir en una publicación política pero se siente como una outsider en la industria de la moda. Y, efectivamente, es una outsider.
– O sea, que no lees Runway.
– No.
– Y antes de hoy no habías oído nunca hablar de mí.
– No.
– Y no tienes ni estilo, ni gusto para vestir.
– Bueno...
– No, no. No era una pregunta.
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La película se basó en el libro de memorias de Lauren Weisberger, una muchacha que a sus 22 años entró en las oficinas de Vogue, sin saber que aquel trabajo se convertiría en un ícono del entretenimiento. “Anna no tenía computadora; nosotras éramos sus computadoras”, recordaba Weisberger en 2024, en una entrevista con The Guardian.
Un trabajo de oficina que iba más allá de los límites. Y en el que, evidentemente, su interés periodístico no apretaba ni una sola tecla. “Era un puesto exigente, vertiginoso, estresante, que ocupaba las veinticuatro horas del día. Me despertaba cada mañana con mensajes de voz acumulados durante la noche, con tareas interminables que había que resolver de inmediato. Cada minuto en esa oficina se sentía como una emergencia”.
Es que Runway era Vogue. Y Miranda, efectivamente, era Anna Wintour. Aunque durante décadas la directora editorial de la revista evitara referirse al respecto, sí vistió de Prada para el estreno de la película. “Fui al estreno vistiendo Prada, sin tener absolutamente ninguna idea de qué iba a tratar la película”, dijo Wintour al editor de The New Yorker, David Remnick. “Y creo que la industria de la moda estaba muy amablemente preocupada por mí respecto a la película, que iba a retratarme de alguna manera complicada”.
Detrás de sus grandes lentes negros y un corte afilado, Wintour se convertiría en un referente de la cultura popular. Una silueta reconocible. Y la película terminaría de cerrar su transición a ícono cultural.
Ahora, Streep y Wintour compartieron la portada de la revista Vogue, en una conversación moderada por la cineasta Greta Gerwig. En esa conversación, Streep contó que en la primera película le interesaba el aspecto más empresarial del personaje, “llevar el peso de los trabajos de mucha gente” y “dirigir una gran organización”.
“Ahora que todo se está desintegrando, ahora que estas instituciones están siendo socavadas o explotadas de una manera que quién sabe qué está pasando en el mundo ahora mismo, me preguntaba qué iban a hacer. Y creo que ahora han localizado algo verdadero sobre el negocio”, valoró Streep.
“Lo que me gustó de la primera película es que mostró al mundo el enorme negocio que es la moda. Es una verdadera fuerza económica mundial, y la primera película lo reconocía. Han cambiado muchas cosas. Pero me gusta pensar que estamos evolucionando en lugar de desintegrarnos. Seguimos aquí”, agregó Wintour.
Pero ese personaje de pelo blanco y mirada fugaz se convirtió en la personificación de la jefa que nunca querrías tener. Una mujer distante y exigente, con breves fogonazos de humanidad. La crueldad como la contracara aparentemente lógica del éxito. El destrato como parte del camino que habría que atravesar para llegar a ser quien grita del otro lado del teléfono. Aunque implique perder todo lo demás.
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"Si Miranda fuera hombre nadie notaría nada malo en ella, excepto lo bien que hace su trabajo", dice la Sachs en la película. Es verdad que incluso en 2026, un hombre con carácter es un líder, mientras que una mujer es una arpía. Y, sin embargo, es quizás la mirada sobre su pareja –que no convive con el éxito de su novia– la que más se ha modificado en los últimos años. No sorprende que sea el único personaje que no regresa para la secuela.
Porque, por más de que El diablo viste a la moda estuviese envuelta en un aire de comedia romántica propia de su época, siempre se trató de algo mucho más profundo: su identidad. El entreverado camino que la joven periodista debe atravesar para encontrarse a si misma, sus deseos y sus propios límites. Un camino que la hace parte del sistema. Hasta que decide salir.
Para Anne Hathaway, la película llegó en medio de grandes éxitos, hasta que también decidió dar un paso al costado. Bajar de la pila de dólares sobre la que estaba sentada en la taquilla y virar hacia proyectos más pequeños. “Pensaba que estaba en la pequeña y extraña sección indie de mi carrera”, dijo recientemente a Popcast, el programa de The New York Times.
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“Di un paso atrás y me dije, bien, estoy preparada para lo que venga con el pop, para lo que venga con el ‘realmente necesitamos una audiencia global para que esta película sea un éxito’”, explicó. “Antes de eso, era como, no estoy preparada como persona. No estoy preparada como artista. Necesito desarrollarme más, de lo contrario me van a comer viva”, dijo la actriz que este año también protagonizará Mother Mary y La Odisea.
El diablo viste a la moda podía parecer otra frívola película con ropa cara y bonita, pero le entregó a la audiencia global un acercamiento al poder de la industria, su relevancia cultural y su impacto económico. Una mirada al interior de la industria de la moda. Y especialmente en un tema acuciante: el poder. ¿Cómo se alcanza el poder? ¿Quiénes lo ostentan? ¿De qué forma se sostiene? ¿Cuáles son los hilos que lo mantienen hilvanado?
Y esta próxima entrega parece hacerse la pregunta más interesante de todas: ¿Qué pasa cuando se pierde?