Entre esas tres jornadas del autor en la ciudad, que incluyeron encuentros con otros escritores y comunicadores vernáculos, recepciones en la Embajada de Francia y el plato fuerte del teatro, se abrió un paréntesis y El Observador tuvo un mano a mano con él. Fue en la Alianza Francesa, la mañana después a su presentación en el Solís, traducción mediante. Carrère llegó con cara descansada —las líneas de expresión marcadísimas desde siempre, el pelo revuelto y erizado, en contraste con el rapado que lució durante décadas—, dispuesto a mantener el mismo estilo que la noche anterior: cercano y reflexivo, pero escueto. Los minutos alcanzaron para recorrer Koljós y el retrato genealógico que hace de la familia de su madre y de ella, la historiadora Helene Carrère d'Encausse, así como también otros títulos que han sido mojones de su carrera y las grandes preguntas que sobrevuelan su obra cada vez que uno se asoma a ella: ¿Cómo lidia con sus obsesiones? ¿Cómo construyó el personaje Carrère? ¿Quién es realmente Emmanuel Carrère? ¿Lo conocemos? ¿Sus lectores sabemos quién es? ¿Qué dice él? Él se toma un café con dos cucharadas de azúcar y dice, entre otras cosas, lo que sigue.
A un año de la publicación de Koljós, ¿qué imagen de su madre evoca cuando piensa en el libro?
Son imágenes de la infancia. Por eso la foto, que se utilizó en casi todas las ediciones extranjeras, es muy característica de esa época y de mi madre cuando era una mujer joven. Finalmente es también la imagen que hizo emerger este libro para mí, los recuerdos de infancia lejanos.
Koljós es un libro que contiene otros tantos: Una novela rusa, El reino, Limónov, El adversario, la biografía de Philip K. Dick. ¿Es el libro que más refleja su proceso como escritor en estas décadas?
Tal vez sí, porque es un libro que tiene un lado un poco recapitulativo. Uno siempre puede tener un poco de escrúpulos al evocar así sus propios libros pasados, puede parecer un poco pretencioso, como si uno esperara que los lectores los conocieran a todos. Pero al mismo tiempo, remitía a muchísimas cosas de mi vida, a cosas que escribí y no podía hacer de cuenta de que no había escrito. El ejemplo más claro de esto es la relación con Una novela rusa, la historia que cuento de mi abuelo y el rol que jugó su desaparición, su muerte, en la construcción de mi madre. Ya lo había contado, pero no podía no volver a contarlo. Así que lo hice de otra manera y, pienso, desde otro punto de vista. En Una novela rusa había algo muy transgresor y estridente, algo que no hay en absoluto en este libro.
¿Vuelve a leer sus antiguos libros cuando los recupera desde la escritura o trabaja en base a sus fantasmas, a lo que le queda de ellos en el recuerdo?
No, no releo los libros antiguos. A pesar de todo, me acuerdo bastante bien de lo que conté y están contados de una manera un poco metamorfoseada por esos recuerdos, esos fantasmas, esos sueños.
¿Siente que Koljós completa la misión genealógica de su padre?
Sí, de cierta manera. Además, este libro no existiría en su forma actual si no hubieran existido todas esas investigaciones de mi padre. Es un libro que cubre cuatro generaciones durante un siglo. Si no hubiera estado mi padre, habría habido tal vez dos o tres generaciones.
En ese sentido, ¿le parece que heredó su interés por la búsqueda del origen?
Tal vez sí, pero de forma tardía. Es realmente un interés tardío que no experimenté en absoluto durante mucho tiempo. Pero en el fondo todo eso estuvo muy ligado a la muerte de mis padres y a un cambio muy común, creo, y es que cuando los padres mueren, cualquiera sea su edad y cualquiera sea la tuya, en un momento te encontrás en otro lugar de la cadena de las generaciones.
Se dice que la aparición de un escritor en una familia propicia su destrucción. ¿Se dio cuenta rápidamente de eso? ¿Cree que su madre lo tenía claro desde el principio?
Lo que es seguro es que en un momento de mi vida de escritor, cuando escribí Una novela rusa, tal vez no generé la destrucción de mi familia, pero sí una tormenta fuerte. Ahora diría más bien eso. Sin embargo, este libro es mucho más apacible. A veces se cita esa frase que dice que cuando nace un escritor muere una familia, no recuerdo de quién es la cita... Y André Gide decía que no se hace buena literatura con buenos sentimientos. Pero Koljós es un libro con mis mejores sentimientos.
Y se puede decir que unió a la familia.
Sí, concretamente. El hecho es que después de la muerte de nuestros padres, de manera general, los vínculos entre mis hermanas y yo se estrecharon. Nunca fueron malos, simplemente eran lejanos y ahora nos hemos acercado mucho. Pienso que el libro ayudó en algo también. A mis hermanas les ha gustado mucho.
El final de Koljós tiene algunos de los pasajes más tristes que ha escrito. Y es mucho decir para alguien que ha escrito sobre atentados terroristas, desastres naturales, finales trágicos. ¿Cómo se lleva con la idea de retratar el dolor, de habitar la tristeza y el duelo desde la escritura?
No estoy del todo de acuerdo con eso. Si hablás del final, de la parte larga donde cuento la muerte de mi madre, por supuesto que es triste porque es la muerte de alguien, pero no tiene nada que ver con las muertes de las personas que fueron asesinadas en Bataclán, en los atentados de París, que eran jóvenes a los que la vida les fue arrebatada. Mi madre murió a los 93 años, lo cual es bastante razonable. Y además, tuvo una muerte plena, una de esas muertes que coronan una vida, una muerte hermosa. Por lo tanto, pienso que por supuesto hay tristeza del duelo por mi parte y por parte de mis hermanas también, pero también había una especie de admiración. Tuvimos la impresión de que nuestra madre moría en una especie de luz, que moría en lo mejor de lo que había vivido. Así que para mí este final no es especialmente triste, lo encuentro más bien como el relato del final de una vida plena. Y ya que todos debemos morir, su muerte, la muerte de nuestra madre, estuvo bien.
Eso está claro, pero me refería sobre todo a cómo decanta el vínculo entre ella y su padre, la historia de ese matrimonio.
Ahí tenés razón. Sobre ese punto tenés razón, es verdad. Hay algo que no fue, justamente, resuelto. Algo que no se llegó a completar. Estoy de acuerdo. Bueno, yo lo relato, ¿qué más puedo hacer? No lo comento mucho, pero es verdad que hubo algo muy triste en todo ese final entre ellos.
En la entrevista en el Solís ayer, hacía referencia a que en sus libros se encuentra “su verdad” y no “la verdad”. ¿Le importa que esa distinción quede clara?
Sí, no confundo mi percepción con una especie de verdad universal. Intento no hacerlo. Pienso que mucha gente, no todos afortunadamente, tiene la tendencia a considerar que lo que piensan es la verdad por definición. Yo no estoy tan convencido de eso.
Tal vez ese sea el camino para llegar a una verdad. Atravesar la verdad subjetiva.
Sí, de todo modos no soy totalmente relativista. Hay una frase que encuentro muy hermosa de Kafka, de sus diarios, que dice: "Soy muy ignorante, pero la verdad sin embargo existe". Esa es un poco mi posición. Soy muy consciente de ser ignorante; sin embargo, no creo que existan tantas verdades como personas.
En el Solís también mencionaba que El adversario era el libro más difícil que había escrito. De todas formas, uno lee Koljós y siente que también fue un libro difícil para usted. ¿Lo siente así?
Sí y no. Fue un libro escrito muy fácilmente, con mucho placer, casi con ligereza. Ahora, también con tristeza, pero una tristeza bastante dulce. Y es un libro que, por lo demás, fue escrito de manera relativamente rápida, en un año y medio, a pesar de que es un libro extenso.
¿Y desde el punto de vista del proceso, fue complejo abordar la escritura de V13?
Pues no, tampoco, porque no fue escrito como un libro. Fue escrito como crónicas escritas cada semana. E incluso si el tema, incluso si lo que ocurría era terriblemente trágico, el hecho de tener que entregar cada semana una crónica —que escribía durante el fin de semana, y la entregaba el lunes por la mañana— en realidad es una limitación muy estimulante, y hace que las condiciones técnicas de la experiencia hicieran que no fuera muy difícil. Lo que era muy doloroso era asistir a las audiencias. Si lo hubiera encarado desde el principio como un libro no hubiese sabido por dónde empezar. Pero escribir los artículos cada semana implicaba una especie de urgencia periodística que era apasionante.
Hablando de V13, o pensando en De vidas ajenas o El adversario, muchas veces se asomó al abismo del horror en sus trabajos. ¿Cómo se sale luego de haber estado tanto tiempo metido en esos procesos?
Bueno, es muy distinto en cada caso. Es decir, al afrontar cada historia. El caso de Jean-Claude Romand en El adversario, por ejemplo, ahí estamos frente a una especie de abismo... un abismo sin remisión, sin remedio. Tanto en De vidas ajenas como en V13, son personas que se enfrentan en efecto a un tipo de horror absoluto, pero que lo afrontan con un coraje y una dignidad a las que intenté rendir homenaje. Se utiliza muchísimo la palabra resiliencia, y hay siempre un poco de molestia en usar una palabra tan trillada, pero se trata exactamente de eso. La palabra es apropiada.
Contar a los demás, ¿es en algún sentido contarse a uno mismo?
Sí, e incluso creo que cuando uno se cuenta a sí mismo, cuenta un poco a los demás. En Yoga conté diversos trastornos psicológicos, y tenía la impresión de contar mi historia, pero luego un montón de gente me dijo que esa era su historia. Y desde ese punto de vista, cuando me dicen que hay una especie de exhibicionismo o cosas por el estilo en mis libros, pienso que eso también puede ser útil a los demás. Especialmente en los trastornos psicológicos, que es algo que trae mucha vergüenza y malestar. Que las personas lean un libro diciéndose "ah, bueno, él también lo vive", creo que les hace bien.
¿En algún momento temió que el personaje de Emmanuel Carrère, que libro a libro tiene un espacio determinado e importante, le compitiera a los personajes de los libros?
Espero que no. Y en realidad no lo creo. Tengo la impresión de que ese personaje, el testigo que soy, es necesario precisamente para darle lugar a los demás. Ahora bien, yo intervengo más o menos según los libros. Hay libros donde estoy muy presente e incluso soy el protagonista, como en Una novela rusa o Yoga. Y luego otros donde estoy mucho más difuminado, como en V13, por ejemplo, donde hablo en primera persona porque relato en primera persona, pero me borro enormemente ante las personas a las que retrato.
¿Hay alguna regla que se imponga a la hora de escribir que sea inquebrantable?
Respecto a las personas que retrato tengo la necesidad de no hacer daño, de no hacer sufrir. Ya lo he hecho, lo hice en Una novela rusa, donde realmente me comporté de manera un poco violenta respecto a mi madre y a mi pareja de la época. Lo hice, ya está, pero no me gustaría volver a hacerlo, así que presto atención. Al mismo tiempo, los miramientos que uno debe a los personajes son muy variables: si son personajes públicos que se exponen a la crítica, si escribo sobre Macron por ejemplo, no tengo los mismos escrúpulos que si escribo sobre una persona de V13. Puedo decir en V13 que tal abogado me irrita, pero con eso no tengo la impresión de violar su intimidad. Pienso que de todas formas hay que prestar atención para no herir.
En su carrera se ha enfrentado a muchos personajes particulares y fascinantes. ¿En algún momento se obsesionó al punto de la paranoia con alguno de ellos?
Desafortunadamente sí, con Jean-Claude Romand, el personaje de El adversario. Fui muy obsesivo y lo pagué caro con años de depresión subterránea, apagada, depresión silenciosa. Diría que en ningún otro caso fue tan así.
¿Ni siquiera con Limónov?
Ni siquiera. Limónov era una compañía mucho más agradable. Tenía muchos defectos, era un fascista y todo eso, pero por otra parte era un personaje simpático que tenía una energía vital excepcional. Tuve la impresión de escribir una novela de aventuras, una novela picaresca con un personaje poco recomendable pero divertido. Me divertí bastante escribiendo ese libro.
Sus lectores hemos accedido a rincones de su intimidad muy profundos. ¿Qué tan vulnerable se siente cuando se enfrenta a ellos en público, como ayer en el teatro?
Hay que decir que en circunstancias como las de ayer, algo que sucede bastante a menudo, siento simpatía de parte de los lectores. Así que tengo la impresión de que esto que podría ser peligroso, el hecho de entregarse como me entrego en los libros, es recibido en general de una manera que me confirma en una especie de legitimidad. Hay mucha gente que me dice que tal libro le hizo bien. Así que tengo más bien la impresión de que el ejercicio de entregarse resulta fecundo tanto para mí como para muchos lectores. Evidentemente, los lectores que detestan mis libros no me vienen a escuchar.
¿Qué tan lejos está el Emmanuel Carrère de Koljós del Carrère de El bigote o Bravura?
(Piensa) Está lejos. Está muy lejos, son 40 años de diferencia. En 40 años uno se mueve, y es deseable haberse movido. Digamos que entre las novelas que escribí en mis inicios, considero que El bigote y Una semana en la nieve son libros que aún se pueden sostener, que me gustan. Los otros me resultan un poco más opacos.
¿Cuál es el libro por el que cree que lo recordarán en el futuro y por cuál le gustaría ser recordado?
Seguramente se me recuerde por El adversario, pero el libro al cual más me gustaría que mi nombre fuera asociado es De vidas ajenas.
Hubiese pensado que el que elegiría sería, tal vez, El Reino.
No, porque De vidas ajenas es mi libro más humano, donde la relación con los otros me parece más justa. Creo que El Reino es un libro muy interesante, pero esa dimensión de relación con las personas está menos marcada.
Ayer dijo que la ficción no es un terreno que lo haya reclamado nuevamente, pero que no le cierra la puerta. ¿Hay algo a lo que sí le cierre la puerta en su carrera?
No, ¿por qué lo haría? Pero, por ejemplo, a la ficción honestamente no me veo regresando. Pero quién sabe.
¿Y cómo identifica que un personaje o un tema tiene potencial para convertirse en un libro?
Es una gran pregunta. Creo que hace falta que sea algo alejado de mí, que sea otra experiencia de vida, eventualmente otras circunstancias históricas y políticas, y que, al mismo tiempo, haya un eco que resuene en mí. Es muy misterioso lo que hace que en un momento algo se revele como un tema.
Alguien que haya leído su obra completa podría decir con convicción que sabe quién es Emmanuel Carrère. ¿Ese lector estaría diciendo la verdad?
De manera relativa. En la medida en que uno puede conocer bien a alguien. Y el lector puede pensar que me conoce. Cuando el lector lee a Chateaubriand, puede pensarlo también, pero debe admitir que Chateaubriand pasa su tiempo erigiendo su propia estatua. Hay autores de diarios o relatos autobiográficos a los que se cree conocer bien. Por ejemplo, se dice que se conoce bien a Rousseau. Y a mí me parece que no.