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Una pregunta puede ser el comienzo de una pequeña revolución. Una revolución doméstica, personal, simple. Un acto de rebeldía íntima.

¿Nos juntamos a escuchar un disco?
¿A ver una película?
¿A leer un libro?

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En un momento en el que las plataformas nos impulsan hacia la individualidad y la fragmentación, a la sucesión de las canciones inconexas, películas detenidas y libros interrumpidos por las pantallas, prometer toda la atención a una obra es una forma de desafiar al algoritmo que sugiere con insistencia lo más nuevo, lo más popular, lo que tenés que ver.

La saturación de opciones vuelve difícil lo que antes era sencillo: mirar una película, abrir un libro, elegir un disco y no hacer otra cosa que escuchar. Y luego, conversar. Un diálogo que construye algo nuevo, un sentido propio, una forma de ver y sentir el mundo. Un canal para conocer a quien está al lado. Un puente para sentirnos menos solos.

En Montevideo existen espacios culturales que buscan el encuentro y el diálogo en torno al cine, la música y los libros. Espacios donde se forman comunidades, se conocen personas, bailan, discuten o simplemente saben que hay alguien más. Un lugar donde refugiarse del algoritmo, donde volver a los tiempos humanos.

Sacar la música uruguaya del sótano

Uno de los precursores de los ciclos de escucha en Montevideo fue el músico y periodista cultural Andrés Torrón. En 2022 el músico Sebastián Casafúa le contó que estaba desarrollando Domo Silent, un proyecto de auriculares inmersivos, y le planteó la idea de hacer algo juntos. Entonces organizó una escucha guiada que celebraba el 50 aniversario de Mateo solo bien se lame, el primer disco solista del uruguayo Eduardo Mateo y un álbum fundamental en la música nacional, en Polo Bamba.

“La idea en realidad no es muy novedosa, es escuchar un disco. Es una tendencia que yo había notado que se estaba dando internacionalmente: volver al formato físico pero volver a una escucha colectiva”, dice Torrón a El Observador.

Aquella experiencia se convirtió en el proyecto ciclo Escuchas Silenciosas, que ya va por su cuarto año enfocado en discos de la música uruguaya en Magma Futura, donde se sumó a la experiencia el diseño de visuales de Clara Bonavita.

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Ciclo de Escuchas Silenciosas, guiado por Andrés Torrón

Una forma de vivir una experiencia a la que por lo general no se le hace un espacio en la vida cotidiana: escuchar un disco de principio a fin.

“La manera en cómo escuchamos música ahora es a través de plataformas, en forma individual y fragmentada. Haciendo muchas cosas a la vez porque, en general, cuando escuchas música estás scrolleando en Instagram o mirando el WhatsApp. Por un lado, las escuchas hacen que te focalices en una sola experiencia. Y por el otro, hay una mezcla súper interesante de lo individual y lo colectivo. Estás inmerso en los auriculares pero estás al lado de otras personas, y siempre pienso que escuchar música en forma colectiva te cambia la percepción de la música”, dice Torrón.

Torrón guía las escuchas con información del artista, del contexto en que fue grabado y la historia del disco, y lleva el relato canción a canción con sugerencias de dónde poner la atención cuando la música empieza a ocuparlo todo. Entonces, también se abre la posibilidad de comentarlo, discutirlo, desarmarlo y volverlo a construir.

Una experiencia que comparten al mismo tiempo quienes vivieron parte del siglo XX escuchando álbumes en diversos soportes, con personas que nunca habían escuchado un disco. “Hay gente de 70 años y gente de 18 años compartiendo lo mismo. Uno podría pensar que el tema de escuchar un disco podría gustarle a gente que vivió esa experiencia de más joven. Es así, pero también gran parte del público es gente que no vivió una época del vinilo anterior a esta o de la escucha de un disco completo”, señala el periodista.

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Ciclo de Escuchas Silenciosas, guiado por Andrés Torrón

El ciclo intenta tener una selección cada vez más amplia en cuanto a los discos, los géneros musicales y las épocas pero siempre se desarrolla en torno a música uruguaya. Hay en esa decisión un camino de construcción de identidad y sentido de pertenencia que se suma a esa experiencia en colectivo. Una inmersión en la identidad sonora del Uruguay. Se trata, al mismo tiempo, de llevar a la música uruguaya a lugares con los que generalmente no se la asocia. O, como dice Torrón, “sacarla del sótano”.

“Si vas a un boliche a escuchar grupos uruguayos, el boliche capaz que es re lindo pero el lugar donde se hacen los toques es en el sótano. Está bueno sacar a la música uruguaya del sótano, darle cierto brillo y sofisticación, porque la tiene. Me parece que la música uruguaya es algo súper sofisticado, súper interesante, súper rico. Entonces está bueno también llevarla a otros lugares que uno capaz que no los asocia, capaz que no asociás Magma Futura con la música uruguaya o Polo Bamba”.

La cuarta temporada de Escuchas Silenciosas comenzó el pasado 15 de mayo con el disco S.O.S. Sonido Original del Sur de Ruben Rada y continúa el próximo viernes 12 de junio con El tiempo está después, de Fernando Cabrera.

Construir comunidad a través de un libro

Joanna Peluffo es la impulsora, junto a Maite González, de la Red Nacional de Clubes de Lectura, un colectivo que nuclea actualmente más de cincuenta clubes que convocan a unas 400 personas que eligen reunirse en torno a la literatura en Montevideo, Salto, Maldonado, Tacuarembó, Florida, Canelones y Paysandú.

“Antes trabajábamos mucho el concepto de los clubes de lectura como bastión de defensa del hábito del lector, hoy siento que los clubes están ahí para poner en valor el encuentro”, dice en diálogo con El Observador.

La coordinadora entiende la cultura como un ámbito orientado a la construcción de comunidad, y en ese sentido habla de los clubes de lectura como un espacio donde “sentirse menos solo”.

Peluffo destaca la horizontalidad de los clubes que forman parte de la red, que además son autogestionados, voluntarios e integrados mayoritariamente por mujeres. Plantea ver estos espacios más allá de “un grupo de personas que se junta a pasar el tiempo libre” sino como un espacio más fundamental: el ejercicio de un derecho a la cultura. Un espacio donde la literatura y la reflexión sean bienes comunes.

Lejos de ser una práctica individual, en este tiempo tan individualista, los clubes construyen comunidad a partir del intercambio, de la conversación, de poder poner en común interpretación, la emoción y hasta lo que vos ves en la vida. Y eso hace que se habilite la socialización de la cultura, de la lectura y también el encuentro”.

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Y señala un momento: ese instante cuando un texto te sorprende, te desajusta o te hace "viajar" pero de pronto hablás con otra persona, que hizo otra conexión y entendés que hay otro significado posible. "Yo creo en eso: la lectura como acto de construcción colectiva de sentido”, dice.

En tiempos en que tener tiempo parece ser cada vez más escaso y la coyuntura se vuelve cada vez más compleja, leer un libro puede ser un refugio colectivo. “En la aceleración de hoy es hacer resistencia, fortalecer el criterio desde lo comunitario y estás también organizando la democracia con prácticas muy cotidianas. Parece tonto, pero el hecho de reunirte, dialogar, deliberar, ese lugar que vos le das a la experiencia colectiva también es una forma de construirte como ciudadano y ciudadana”, expresa Peluffo.

Y señala un factor que tienen en común los espacios de encuentro en torno a la cultura: recuperar la relación entre las personas. “Pensar en estos espacios de los clubes como espacios contemplativos, de pausa, de sentido, de profundidad. Recuperar un tiempo reflexivo que permita que tengamos deseos y contradicciones”.

Un ritual de escucha colectiva

¿Le estás pidiendo mucho a tu público para absorber una obra como esta? Había algo en la pregunta de Joe Coscarelli en Popcast, el podcast del New York Times que conduce junto a Jon Caramanica, que era una incógnita hasta el momento. Lux, el último disco de la artista catalana, no había salido aún pero ellos habían podido escucharlo con una sugerencia: que lo hicieran con las luces apagadas y pusieran su atención en la letras de las canciones.

“Desde luego que sí. Cuanto más estamos en la era de la dopamina, más deseo lo contrario. Eso es lo que anhelo. A veces logro hacer el ejercicio de apagarlo todo y simplemente ver una película en la oscuridad de mi habitación”, respondió Rosalía. “Existe el deseo de que haya algo que te empuje a estar concentrado durante, con suerte, una hora en la que simplemente estés ahí. Simplemente estás ahí. Sé que es mucho pedir, pero eso es lo que quiero".

Esa premisa llamó la atención de la periodista Kristel Latecki, que compartió su intención de hacer algo así con sus seguidores en una historia de Instagram. Inmediatamente recibió una notificación con una respuesta de la también periodista Belén Fourment: ¿Vamos a hacerlo? En cinco días organizaron un encuentro, entre la espontaneidad y el deseo de compartir la experiencia de dos periodistas culturales.

“Todo nació de un impulso”, dice Fourment a El Observador. Un impulso, en principio, de hacer algo juntas. Al equipo se sumaron Valentina Bukoviner y Alina Viera, con quienes prepararon un encuentro para escuchar desde la primera hasta la última canción del disco en colectivo. Armaron un pequeño altar con flores y velas para reproducir un álbum en conexión con lo divino, prepararon un espacio acogedor entre las paredes de ladrillo, las luces bajas y los libros para recibir a los escuchas.

“Yo creo que hay algo de ritual que nos gusta”, agrega la periodista. No se trata únicamente de juntarse para escuchar el disco, sino de entrar en un mundo durante el tiempo que dure la escucha. ”Hay algo de lo femenino del equipo que hace que prestemos un montón de atención a los detalles y a esa cosa de hogar. Nuestro despliegue o nuestra puesta en escena no es deslumbrante, sino como pequeña y cálida”.

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Belén Fourment y Kristel Latecki están al frente de los encuentro de escucha colectiva en Charco Club Cultural

Y la gente que llenó el aforo del Club Cultural Charco hizo un pequeño acto de rebeldía: esperó. Guardaron el disco para escucharlo, por primera vez, en ese espacio colectivo y personal. “Fue un disco muy especial. La gente estaba tan colgada, tan copada y todo el mundo decía ¿cuándo va a ser la próxima? Que fue tipo, bueno, vamos a tener que hacerlo”, recuerda Latecki.

Lo que sería un evento puntual, se transformó en un proyecto que ya va por su tercera instancia. A la primera escucha de Rosalía le siguió un encuentro en torno a Debí tirar más fotos, el álbum en el que Bad Bunny volvió a sus raíces y se convirtió en un fenómeno global, y la más reciente fue una escucha de Taracá, el último disco de Jorge Drexler que se repetirá el este lunes con entradas agotadas.

“Lo que captamos en esa primera experiencia fue la necesidad de la gente de encontrarse en un lugar, darle tiempo a un disco, estar sin los teléfonos o estar experimentándolo en comunidad, sea escuchándolo con los ojos cerrados como pasó con Rosalía o bailando como pasó con Bad Bunny”, dice Latecki. Una forma de estar en contacto con la música, que la vida diaria a veces no permite.

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Belén Fourment y Kristel Latecki están al frente de los encuentro de escucha colectiva en Charco Club Cultural

Los encuentros comienzan con una conversación entre ellas, que aportan datos, información y contexto sobre la obra, y se convierte en un diálogo abierto en torno a la música desde la mirada de cada una. “Tenemos un montón de puntos de vista parecidos y otros que no, reparamos en cosas distintas a la hora de escuchar la música", señala Fourment. Y ese diálogo rápidamente se abre hacia el público. "Eso también es lindo: que se abra la cancha y que volvamos a discutir entre todos sobre música", considera Latecki.

Al final del día, se trata de un espacio de encuentro. Un lugar en el que construyeron un sentido de pertenencia, una cierta intimidad, donde un puñado de desconocidos se encuentran un lunes de mayo para escuchar música y terminar la noche bailando candombe entre las canciones de Jorge Drexler.

El proyecto es, además, la demostración de que en un ámbito masculinizado como el que transitan es posible crear espacios liderados por mujeres. “Somos dos periodistas mujeres en un espacio que es complejo. A veces te baja esta idea de que no hay lugar para todas, que es una o es la otra, y esto también es una conquista de la propuesta”, dice Fourment.

Si bien el ciclo de escucha colectiva de Taracá termina este lunes, entre año proyectan nuevos encuentros. Adelanta Latecki: "Se vienen cositas. Lo único que podemos anunciar es que estamos planificando cosas. Aún podemos decirles qué pero se vienen, se vienen".

Pervanche, o ver una película dos veces

El 11 de junio de 1920 se estrenó en el Teatro Solís la primera película de ficción uruguaya: Pervanche. Un largometraje producido, guionado e interpretado el comité de damas Entre Nous, conformado por integrantes de la alta burguesía montevideana que pronto desapareció. Se dice que el marido de una de las actrices compró y mandó a quemar todas las copias en 1925.

“No hay registros de esa película, excepto por la prensa de la época. Hay críticas o crónicas de lo que fue la función en el Solís, por eso sabemos que existe”, dice a El Observador Carolina Vázquez, una de las fundadoras de Pervanche Cineclub. De esa película tomaron el nombre del encuentro, como un reconocimiento a la participación de las mujeres en la historia del cine uruguayo y por su interés en la preservación del archivo cinematográfico nacional.

Clara Vázquez, Iara López y Carolina Vázquez se conocieron trabajando como el equipo de programación de un festival de cine. Pero luego de las proyecciones, se dieron cuenta de que el espacio postfunción siempre parecía corto. “A partir de eso surgió Pervanche, como una respuesta a la necesidad de proyectar películas que nos gustaran y además seguir la conversación”, dice Vázquez y señala que buscaron hacerlo en un espacio alternativo a las salas de cine, donde la charla surja de ellas pero también del público y aporte a la construcción colectiva del visionado.

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Entonces nació el proyecto, una propuesta sin fines de lucro, con el objetivo de profundizar en la conversación reflexiva sobre el cine.

La primera función del cineclub fue en enero de 2025 con el ciclo Verano en la ciudad. Tres películas de mujeres que pasan sus veranos en ciudades: La Virgen de agosto de Jonás Trueba, El Rayo Verde de Éric Rohmer y Summer Time de David Lean. “Fue completamente inesperado, porque se llenó. Las primeras tres funciones fueron increíbles”.

La programación de los ciclos de Pervanche está determinada en primer lugar por los gustos de sus impulsoras, pero también por la intención de acercar al público películas que no conoce o a las que es difícil acceder, que no se encuentran en las plataformas de streaming, que sean estimulantes y distintas a la oferta del cine comercial.

Además, intentan que sean ciclos representativos del cine de directoras mujeres y en la proyección de cine nacional. "Que al público le genere una curiosidad de ver algo que quizás no pueda encontrar en una plataforma de streaming, porque se pasó una vez en Cinemateca o en el Cine Universitario y después no se pasó más", señala Vázquez.

En Pervanche la película se mira dos veces. La primera, en la proyección; la segunda, a través de la palabra. “El diálogo en la charla posterior es muy diverso y muy heterogéneo, y para nosotras eso es lo más rico que tenemos”, dice su impulsora y señala que en una proyección pueden convivir adolescentes y adultos mayores.

“Es un público diverso también en su acercamiento al cine, que es algo que nosotras buscábamos. No solamente son cinéfilos en particular, sino gente que quiere ir a ver una película y también al estar ahí se genera una comunidad”.

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"Nosotras a veces tenemos una perspectiva de la película, viene otra persona y nos dice algo que nos cambia esa perspectiva. Incluso a veces salimos de la charla, dejamos que el público interactúe y se va formando un espacio de pensamiento y de reflexión completamente colectivo. Hace crecer mucho la película. La vemos, pero crece muchísimo más en la charla".

Y lo que comenzó por una proyección veraniega ahora es el lugar donde se ha formado una comunidad. "Se han formado grupos de gente que va junta, pero antes eran completos desconocidos".

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El pasado jueves cerraron el ciclo Filmar lo infilmable, en el que proyectaron Hiroshima Mon Amour de Alain Resnais, La embajada de Chris Marker, Esto no es una película de Jafar Panahi y Mojtaba Mirtahmasb y El desencanto de Jaime Chávarri.

Pero en el mes de junio prevén hacer un formato diferente: Pervanche Cápsula, una cena con cine en la galería Hungry Art con un menú diseñado en base a la película que proyectarán esa noche. "Somos un cine club y nuestro interés es el cine, pero queremos hacer cosas que salgan de la proyección de ciclos únicamente. La literatura, la gastronomía, la música también nos interesan y buscamos vincularlas con el cine", señala Vázquez.

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