Primer aviso: una caída en bicicleta. Raro. Lucía no suele perder el equilibrio de esa manera. Ella lo sabe. Más raro es el dolor de cabeza que le sobreviene de golpe con el paso de las horas. Como es demasiado fuerte, consulta al médico. Los estudios preliminares dan que está todo bien y la mandan para la casa a tomar paracetamol. A la noche los accesos de vómito son demasiado violentos y la situación empeora. Y empeora tanto que el sistema de salud atiende finalmente los reclamos de su familia y deja de ignorar la forma en la que esta mujer, Lucía Gaviglio, 47 años, uruguaya viviendo temporalmente en Holanda, productora de cine, de repente se encuentra al borde de la muerte. Tres accidentes cerebrovasculares seguidos la dejan frente al precipicio. El abismo, de todos modos, no se la queda. Lucía sale. Lucía deja la intubación, deja la cama del hospital holandés. Lucía, sin embargo, ya no ve como antes: el mundo se percibe de otra manera. Lucía, ahora, es la misma, pero también es otra.

Lucía decide contar su historia, y lo hace con las herramientas de su profesión: el cine.

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Este jueves se estrenó en cines uruguayos la película Mi nueva forma de ver, dirigida por Lucía Gaviglio y Andrés Varela. El relato del documental es el que da comienzo a esta nota: cómo esta productora uruguaya, que en su CV tiene títulos como Mi mundial, 9 o Al morir la matinée, estando en la ciudad neerlandesa de Maastricht junto a Varela y sus hijos, sufre una serie de infartos cerebrales que marcan un punto y aparte en su vida.

La película es, entonces, una línea de tiempo completa de esa situación, desde que la familia toma la decisión de emprender la aventura de la vida europea, pasando por el período más oscuro de la internación en el CTI y la posterior rehabilitación. La cámara convive junto a una familia que aprende a adaptarse a la nueva realidad de Gaviglio y su presencia es anterior al hecho mismo de que existiera una intención de película.

Un año y algunos meses después de que la productora completara su rehabilitación en un centro holandés, volvió a Uruguay y el rodaje concluyó. Ella volvió a su casa en Portezuelo y empezó un camino de adaptación a su nueva vida y las secuelas visuales que le quedaron de su padecimiento, que son las que configuran el centro del relato de su película: al recuperar la visión, Gaviglio cambió radicalmente la forma en la que su cerebro procesa las imágenes.

“Sigo conviviendo con esta discapacidad visual”, cuenta en entrevista con El Observador. “Tengo una agudeza visual del 100%, el problema es cómo mi cerebro procesa lo que mis ojos ven, o sea que es un tema neurológico, y mi gran conflicto es la distancia y la profundidad. Eso impacta significativamente en mi operativa cotidiana. Por ejemplo en la comunicación, porque no puedo usar mis ojos para leer o para escribir; para comunicarme uso un lector de pantalla, el voiceover, para escribir uso el dictado.”

La nueva forma de visión de Gaviglio implica, por ejemplo, que no termina de dimensionar el tamaño y la cercanía de las cosas a su alrededor, por lo que se le hace necesario estar acompañada de un perro guía. La situación, de todos modos, no aflojó su motor como productora: está metida en un tratamiento de guion para una ficción en torno a lo que le sucedió.

“Obviamente está tremendamente inspirada en todo esto, pero desde un lugar mucho más libre, porque no es sobre mi vida. Se trata de despegarse un poco, pero entrarle al hueso a otros aspectos de los que me interesa hablar. También tengo 700 páginas, más o menos, escritas en clave de bitácora. Y eso puede terminar siendo, no sé, ensayos, puede transformarse en una novela o puede transformarse en nada. Pero llevar la bitácora personal ha sido terapéutico para mí. Es como lo estoy viviendo y como lo estoy sintiendo. Y para mí la posibilidad de comunicarlo viene siendo una herramienta fundamental en el proceso de mi duelo de la autonomía y la independencia, que es básicamente lo que perdí.”

De ahí, entonces, el lugar que tiene para ella, hoy, Mi nueva forma de ver.

De la denuncia a la transformación

Gaviglio repasa el momento en que junto a Varela, su pareja y realizador documental, decidieron abrir la situación familiar a una película, y se detiene específicamente en el instante en que entendieron que lo importante era el foco de lo que contaban.

“Es tan poco lo que elegimos realmente, pero lo poco que elegimos sí podemos elegirlo”, dice, y tiene sentido porque al principio Mi nueva forma de ver no era la historia de aceptación y transformación que terminó siendo, sino otra cosa muy distinta: una película nacida del enojo.

“Creo que la decisión en conjunto de que se transformara en una película apareció estando en el hospital. Andrés fue el que tuvo el instinto de empezar a registrar lo que estaba sucediendo, él me decía que necesitaba salir del encierro, del hospital, y esa era una herramienta. Pero no había un objetivo claro o definido. Después de que volví de Narnia, como le llamo a ese universo que habité entre la vida y la muerte, cuando fui consciente de que no me había muerto, de que estaba acá y que tenía que resignificar y empezar de vuelta con la vida, la primera emoción que sentimos los dos, Andrés y yo, fue enojo con el sistema de salud. Específicamente con el sistema de salud holandés, pero dudo de que en otro país del mundo occidental hubiese sido muy diferente. Yo era una mujer sana, joven, que se quejaba de un dolor de cabeza. Los estudios básicos me daban bien y me mandaban a casa con paracetamol. Y yo en realidad estaba infartando. Así que nos parecía que había que denunciarlo, que no se podía quedar así.”

Para ellos, dos personas que viven del cine, la herramienta audiovisual era inevitable y fundamental. Y así fue que arrancó la motivación para hacer un largometraje que cargara contra lo que sintieron como una injusticia. El foco, sin embargo, fue mutando.

“Con el tiempo nos fuimos dando cuenta de dos cosas: que el juicio al sistema de salud iba a ser un juicio perdido, porque básicamente la única acusación que podíamos hacer era la falta de empatía, porque era muy border la situación. Si esto le hubiese pasado al primer ministro holandés, probablemente habrían actuado diferente que como actuaron con esta ‘española loca’, como llegué a escuchar que me llamaban casi explícitamente. Por otra parte, tomar la decisión de hacer una película de denuncia es también invertir un montón de energía en un código más denso y entendimos que en definitiva había que ir para adelante. Había que empezar a reconstruir todo lo que había perdido y ahí fue cuando la película se presentó como una herramienta de transformación personal y familiar”, cuenta.

No son pocas las escenas que muestran a Gaviglio en situaciones de vulnerabilidad extrema que, a priori, impactan. Entre tubos, en instancias donde el cuerpo no le responde, o en situaciones de exposición cruda de la intimidad, hay allí una decisión consciente de que, detrás del reflejo del dolor, habita un sentido más grande. Así lo cree ella, y de ahí sale su apertura a mostrarse como se muestra en pantalla.

“No le tengo miedo ni a la palabra vulnerabilidad ni a mi ser vulnerable porque es parte de mí. Y siento que si de alguna manera todo este proceso puede impactar en alguien de manera positiva, vale la pena compartirlo. Además a mí me gusta reírme de mí misma. Está claro que cuando estaba con los tubos saliéndome por la nariz no estaba muy sexy, pero yo soy mucho más que eso. Soy otras cosas también. Así que si eso puede darle algo a alguien en un momento de, justamente, de extrema vulnerabilidad y de dolor, estoy para mostrarme vulnerable, porque lo soy.”

La nueva vida de Gaviglio, por otro lado, también cambió su vínculo con la producción. Para ella, que se denomina “armadora de puzzles”, existe hoy una dimensión que se ha transformado a la par de su situación: el uso del tiempo.

“Soy productora y lo he procesado desde ese lado también. Una productora toma un montón de piezas que tienen que ir juntas para armar algo más grande y completo. Y eso puede ser una película, pero también pueden ser otras cosas. Hoy tengo que armar un puzle que no tiene que ver con el cine específicamente, y es cómo producir personalmente el uso del tiempo. O sea, el multitasking ya no es una posibilidad para mí. La duchita rápida ya no es una posibilidad para mí. El tiempo tiene una incidencia diferente en mi vida cotidiana. Entonces, hay cosas en las que ya no me interesa invertirlo. Y eso también me pasa en relación a qué tipo de proyectos me involucro. Primero porque no puedo estar manejando diez a la vez como antes. Y segundo, porque hacer una película lleva años de vida. ¿Para qué estoy contando esta historia? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué sentido me hace a mí? Estoy en el proceso de revisión de todo eso”, explica.

A ella también le preocupan otras cosas desde que volvió a Uruguay. Compromisos que quizás antes no le eran tan evidentes. Le importa, por ejemplo, que su película se proyecte con sistema de audiodescripción en las salas. Le consta que en las funciones de Cinemateca Mi nueva forma de ver tiene disponible esa tecnología, y también pronto lo habrá en la Sala B del Auditorio Nelly Goitiño, donde también está en cartel.

Otra cosa que le importa: que el documental sea entendido como una manera de arrojar luz a un período de oscuridad. Que esa rendija de luz alcance a otros. Que todo lo que le pasó haya tenido un sentido, como efectivamente cree que lo tiene.

“Creo que la película va a generar reacciones, entiendo que las genera. Ya alguna cosa he recibido, y en algún punto creo que eso sería de alguna manera como sentir una misión cumplida”, dice.

“Que conecte con la luz que puede haber después de una tragedia en la vida. Porque tenés todos los argumentos del mundo mundial para decir, listo, mi vida ahora es una mierda y está todo mal, me voy a quedar en este cuarto encerrada, y sería entendible y fácil caer en eso. Pero tenemos una sola vida y tiene sentido tratar de encontrar alguna rendija de luz. Si la película logra conectar desde ese lugar con alguien, toda esta exposición vale la pena”, concluye.

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