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En el corazón de Barrio Sur, sobre la calle Zelmar Michelini (históricamente Cuareim), un patio con escaleras, un mural y una placa conmemorativa en la puerta es lo que queda a la vista hoy para recordar lo que fue, durante casi un siglo, uno de los símbolos de la cultura afrouruguaya: el conventillo Mediomundo. Allí nació en 1937 Rosa Luna, la vedette más popular del candombe, allí Juan Ángel "Cacique" Silva fundó la comparsa Morenada en 1953 y allí —en su taller de la planta alta— el artista Carlos Páez Vilaró pintó y escribió sobre su amor al candombe.

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Entre el desalojo de 1978, la demolición de 1979 y la construcción de un nuevo edificio inaugurado en 2006, la historia del Mediomundo es también la historia de la familia Silva: cinco generaciones unidas por un mismo patio y por los tambores.

Pensado para inmigrantes y cuna del candombe

El edificio nació en 1885 por iniciativa de los hermanos Miguel y José Nicanor Risso, quienes lo levantaron en un terreno de Barrio Sur para dar respuesta a la demanda de viviendas baratas en Montevideo. La historiadora Milita Alfaro —investigadora del carnaval y autora de Mediomundo. Sur, conventillo y después— explicó en entrevista con El Observador que la capital vivía entonces dos procesos simultáneos: el éxodo de población rural hacia la ciudad, producto de la modernización agropecuaria, y una oleada migratoria que llegaba desde el puerto. Esa gente, con escasos recursos, no podía pagar el alquiler de una vivienda media —que rondaba los nueve o diez pesos de la época— pero sí una pieza de conventillo, que costaba entre cuatro y cinco.

Conocido primero como el Conventillo de Risso, el edificio terminó llamándose Mediomundo con el paso de los años. Constaba de 40 piezas —más tarde 55— distribuidas en dos plantas unidas por dos escaleras de hierro, con apenas cuatro baños y sin cocinas comunes. "Esas piezas eran de 4x4 (...) en ellas la gente vivía, dormía, cocinaba, lavaba", describe Alfaro.

Conventillo Medio Mundo en el año 1979

El patio central —dividido en dos sectores, uno con 32 piletas y un aljibe para las lavanderas, y otro destinado a la vida social— fue, según la historiadora, el verdadero corazón del edificio. Allí convivían “tanos, gallegos, criollos pobres y descendientes de la colectividad afro, que desde la época colonial estaba asociada a esa zona de Barrio Sur y Palermo”, donde el Estado había desplazado a los tambores y a las salas de nación de los africanos.

Desde los años 20, la mano firme que ordenaba esa convivencia era la de Doña Gregoria Cortés Hernández, entrerriana, capataza del conventillo desde que tenía menos de 30 años. Bajo su cuidado, el Mediomundo nunca cerró sus puertas con llave y, según Alfaro, jamás tuvo mayores problemas de convivencia.

Doña Gregoria en el Conventillo Medio Mundo en 1959

"Mi mundo entero": Juanita Silva en el patio de su abuela

"Para mí el Mediomundo es mi mundo entero, es mi vida", dice a El Observador Juanita Silva, hija del "Cacique" y nieta de Doña Gregoria. Su padre había llegado desde el barrio Belgrano y allí conoció a su madre, nacida en el propio conventillo.

Juanita se crió a media cuadra de Cuareim 1080, pero pasaba allí buena parte del día. La familia tenía dos piezas: una, la de Morenada; la otra, afuera, la del club Yacumenza.

Juanita Silva en el exconventillo Mediomundo

De esos años Juanita recuerda que iba a la pieza de su abuela a tomar la sopa, y la capataza la mandaba a mirar el número de los camiones naranjas de la intendencia que levantaban la basura para jugarlo a la quiniela. La cuidó hasta el último de sus días: "Me acuerdo que me pidió que le pintara las uñas", recuerda Juanita. Doña Gregoria era "una persona muy respetada" que, como las demás mujeres del lugar, se dedicaba al lavado y planchado de ropa para el barrio.

En 1953, Juan Ángel Silva fundó en el conventillo la comparsa Morenada, hecho que marcó el inicio de una amistad decisiva con Páez Vilaró para la difusión del candombe uruguayo en el mundo. Al artista se le cedió una pieza para pintar. "A mi padre le pareció raro que un blanco venga a pedirle eso", recuerda Juanita sobre aquel primer encuentro, que derivó en una hermandad de toda la vida que ella heredó con la hija de Carlos, Agó. Páez Vilaró —recuerda Juanita— acompañaba a la comparsa en sus salidas de Navidad y Año Nuevo hasta la Aduana, antes de la medianoche.

En el final del patio actual, un mural de Páez Vilaro —recientemente restaurado por su hija— recuerda el sentimiento del artista por el conventillo y el candombe.

"El conventillo era un lugar absolutamente asociado al culto al candombe", relata Alfaro. Tal es así que Waldemar "Cachila" Silva, hermano de Juanita, fundó y dirigió C1080, la comparsa que homenajea con su nombre la dirección del conventillo y ganó las últimas tres ediciones de Las Llamadas.

Juanita guarda también la imagen de su abuela bailando tango descalza en el patio junto a su hermano “Cachila”, y una definición nítida de lo que era esa vida comunitaria: "Ellos no eran puertas para adentro. (...) Se hacían bailes, se hacían fiestas, se hicieron velorios también. Los vi". Por eso, dice, hoy el lugar reconstruido le resulta "vacío, como que triste, que le falta vida", y considera que buena parte de la nueva vecindad del barrio no comparte — no conoce— esa cultura.

El desalojo de 1978

1978 fue un año especialmente duro para el barrio. En enero —recuerda Juanita— falleció Doña Gregoria y en noviembre llegó la notificación del desalojo. "Los vecinos me contaban que venían los del juzgado con el cedulón y mi abuela los sacaba corriendo. Entonces, creo que (el desalojo) no llegó antes por ella", dice.

El operativo arrancó el 1° de diciembre y se extendió un par de días: el 2 de diciembre le tocaba a su tío Antonio, pero como su esposa, Luz del Alba Pérez, acababa de tener a su prima Mariana, la mudanza familiar se completó recién el 3, cuando —según cuenta Juanita— "volvió del Pereira Rossell y se los llevaron a todos". En "esa época de patriarcado", los hombres de la familia fueron los encargados de trasladar las pertenencias y ella, con 21 años, no pudo participar del operativo.

Juanita integra hoy el grupo Volver a mi Barrio, que nuclea a exresidentes de los conventillos Mediomundo y Ansina, que fueron desalojados y llevados, primero a la fábrica textil Martínez Reina —en “condiciones carcelarias”, según Alfaro— y luego a Cerro Norte.

La historiadora aporta el contexto de esa decisión. A mediados de los años 60, ante el deterioro edilicio y la imposibilidad de vender el conventillo, las herederas de la familia Risso impulsaron su declaración como monumento histórico nacional, con la expectativa de acceder a una expropiación indemnizada. Lo consiguieron en 1975, pero, casi en simultáneo, apareció un comprador privado: el empresario Guido Carrara, conocido por su firma de demoliciones.

"Cuando uno dice Carrara le corre un frío por la espalda, porque es Carrara demoliciones. El eslogan era: '¡Cómo rompe Carrara!' Entonces uno podía pensar que a la larga iba a pasar lo que pasó", lamenta Alfaro.

Según la historiadora, el argumento oficial para el desalojo de 1978 fue el riesgo de derrumbe —hubo varios en la zona por esos años—, aunque nunca existió un diagnóstico técnico que lo confirmara.

El conventillo fue finalmente demolido en 1979, bajo la promesa de Carrara de reconstruirlo como centro cultural. El proyecto nunca se concretó y el predio permaneció como un baldío hasta que en 2006 se inauguraron allí las viviendas actuales, que conservan la disposición del patio en el centro y las casas rodeándolo.

El regreso: un Silva vuelve a vivir en el Mediomundo

En 2022, Guillermo Díaz Silva —hijo de Juanita, nieto del "Cacique" y uno de los directores de la comparsa C1080 junto a sus primos Mathias y Wellington Silva— se instaló a vivir en un apartamento del nuevo edificio, junto a su pareja, Saura Peyrot, coreógrafa durante años de esa misma comparsa. Este año nació la hija de ambos, Catalina, con lo que se completa una quinta generación de Silva ligada al mismo patio.

"Nuestro abuelo conoció el amor de su vida y el sostén de toda su vida (acá). Ahora yo creé mi familia acá, nació Catalina. Es como que vuelve a empezar una historia nueva en el mismo lugar", cuenta Guillermo.

Aunque no llegó a conocer el conventillo, Guillermo creció escuchando "un millón de historias" sobre la vida en comunidad: los tambores como “sonido de fondo permanente”, presentes en casamientos, cumpleaños y fiestas. "El conventillo vivía y respiraba candombe, vivían al compás de los tambores", resume.

Guillermo también marca las diferencias entre aquella vida comunitaria y la actual. "El sentido de comunidad era otra época, otra sociedad (...) ahora cada uno vive para su núcleo y ahí vivían para todos", dice. Considera, de todos modos, que el Mediomundo se convirtió en un punto icónico de Montevideo por el candombe y asegura que eso sigue vigente.

"Nos pasa una cosa muy loca. Estamos acá mirando la tele y, si las comparsas o las cuerdas salen a ensayar, si están en Durazno, o están por Isla de Flores, vos sentís como que están tocando acá adentro. Con el retumbe de las paredes parece que están acá en este patio. Es como que esa gente, los que hicieron grande este lugar, siguen con su espíritu acá adentro", narra.

Una historia que no puede quedar "encerrada en un pasaje y una reja"

Tanto Juanita como Guillermo coinciden en que el edificio actual, pese a evocar la forma original del conventillo, no logra transmitir la vida comunitaria que allí existió. Juanita reclama un mayor reconocimiento oficial de esa historia, que incluya a los uruguayos que aún viven y que fueron parte de ella: "Hay gente que tiene la historia en su piel, que ya tienen entre 70 y 80 años (...) sabemos que acá no van a poder venir a vivir, pero sí terminar los años que les quedan de vida en la zona". Propone que se instalen visitas guiadas en el lugar, para que turistas, escuelas y liceos puedan conocer de primera mano lo que allí ocurrió.

Alfaro, por su parte, enmarca la desaparición del Mediomundo dentro de un problema más amplio: la dificultad histórica de Uruguay para preservar el patrimonio ligado a sus sectores populares y, en particular, a la colectividad afrodescendiente, "tradicionalmente invisibilizada en el relato nacional sobre qué vale la pena conservar".

Hoy, del antiguo Mediomundo sobrevive el trazado del patio y la memoria de quienes lo habitaron. Para los Silva, esa memoria volvió a tener cuerpo propio en 2022, cuando una quinta generación de la familia —la de Guillermo, Saura y la pequeña Catalina— eligió volver a instalarse exactamente donde todo había empezado un siglo atrás.

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