En esa pared de la sala de música hay un Figari. En el escritorio hay esculturas de Belloni y una pintura de Petrona Viera, que era hija de un presidente. Los objetos también cuentan esa historia, ese legado, y hasta son un inventario de las visitas ilustres que la casa ha recibido: la alfombra persa del despacho presidencial es un regalo de Indira Ghandi, aquel baño es “el de Fidel”, porque se hizo en cuatro días para que el líder cubano y sus problemas de próstata no generaran un incidente internacional.
En esta casa Sanguinetti recibió a Pavarotti, Jorge Batlle a Shakira. En 1964, el presidente francés Charles de Gaulle se alojó allí en su visita oficial, y durmió en una cama hecha especialmente para su metro noventa de estatura. En 1999 se construyó un pabellón para la visita del entonces príncipe (hoy rey) Carlos del Reino Unido, porque no existía un espacio adecuado para una comitiva como la suya.
La historia de la Residencia Presidencial del Prado es una historia de cambios, adaptación a las circunstancias, toques personales y alteraciones que se van apilando y amalgamando a medida que pasan los años.
El día a día
El predio de casi cuatro hectáreas incluye la residencia, el pabellón de visitas, los edificios para la guardia presidencial y personal de la casa, y el espacio conocido como “Suárez chico”, una construcción que pertenecía a una quinta lindera y eventualmente fue anexada, y que hoy se usa como espacio de reuniones, oficinas administrativas y sala de prensa.
A esos edificios llega cada día a las 6 de la mañana Laura Pereyra, una de las siete personas que trabajan de forma permanente en Suárez y Reyes: la lista se compone con el intendente y el viceintendente de la residencia, dos choferes, un cocinero y dos administrativas, una de las cuales es Pereyra.
La funcionaria de Presidencia es la de mayor antigüedad actualmente. Ingresó en el segundo gobierno de Tabaré Vázquez, hace nueve años, luego de un período en Torre Ejecutiva. El administrador de la residencia de ese momento le dio todas las llaves de la casa y le encargó ordenarlas y numerarlas. Pereyra asume ahora que ese pedido fue “un filtro”. Y lo superó.
Al momento de describir su trabajo en la casa, Pereyra se describe como “extintor”, porque “apaga fuegos en varios lugares”. Tareas de administración, de servicio, un comodín en toda regla. Desde abrir las ventanas al llegar para ventilar la añosa residencia y evitar que aparezcan hongos o humedades, hasta el control del trabajo de empresas tercerizadas que prestan sus servicios a Presidencia, o estar presente en las actividades de agenda presidencial, lo que más disfruta de su trabajo.
De ahí también que el jardín y la planta baja de la residencia, la planta protocolar, sean sus espacios predilectos. “Es un lugar que para mí abraza mucho y tiene mucha historia, estaría bueno que todos los uruguayos nos interesaramos por este lugar”, dice. “Cuando entro a diario no puedo creer la emoción que me da el seguir trabajando acá”, agrega Pereyra.
Laura Pereyra, funcionaria de la Residencia presidencial del Prado
Joaquín Ormando
Así como cada presidente le da su impronta a la casa y deja sus detalles, con cada mandatario también cambia el trabajo. Vázquez iba a diario a la residencia para usarla como oficina y espacio de reuniones, con un uso intenso para Suárez chico. Luis Lacalle Pou y su familia vivían allí, por lo que la dinámica era completamente diferente (aunque el personal no administrativo vino de la casa personal del exmandatario, una diferencia con los turnos de 24 horas que se tuvieron que establecer, por ejemplo, con su padre o con Julio María Sanguinetti).
Orsi, por su parte, no tiene una rutina de uso para la residencia tan marcada, sino que cambia según su agenda, aunque también la usa como espacio de trabajo. Sea como sea, el personal y la casa tienen que estar siempre listos para lo que el gobierno necesite.
La historia de la casa —que por encima de la planta protocolar tiene el piso de la residencia propiamente dicha, con sus cuartos, baños y hasta una sala de cine, con proyector incluido, y por debajo tiene un subsuelo donde están la cocina y las habitaciones de servicio— y su significado son para la funcionaria lo que la hace especial.
También la hacen especial algunas presencias, entre ellas la de Juan Carlos. “Se puede decir que es una energía que ya no pertenece a este plano, y se hace notar a veces. Se manifiesta. Se abren puertas, el ascensor se mueve a determinadas horas. Al principio todos pensamos que es un fallo o algo así, después te vas dando cuenta de que no, de que se da en determinados momentos, y no se da siempre. Si fueran fallos se tendría que dar más seguido, lo mismo que con las puertas. Entonces lo que hacemos cuando entramos de mañana es saludarlo, y trabajamos tranquilos”, relata Pereyra.
De quinta a residencia
La historia del Prado, donde está la Residencia, está entrelazada directamente con la de Montevideo. Los primeros pobladores de la ciudad recibieron en 1727 tierras en esa zona para hacer sus chacras. El empresario franco-uruguayo José de Buschental financió un siglo después un trabajo de forestación y jardinería en su propiedad de la zona, que luego sería expropiada por el estado y transformada en parque público, a cuyo alrededor se conformó el barrio homónimo con sus casonas y quintas.
En ese contexto el matrimonio conformado por el diplomático y abogado Carlos Fein Pérez y su esposa, María Adelina Lerena, compraron en 1907 los terrenos donde hoy está la Residencia en un remate. En realidad la compra fue hecha por Lerena, pero las leyes de la época establecían que una mujer casada no tenía la potestad legal para hacer transacciones sin permiso de su marido, por lo que la firma en los papeles fue la de Fein.
El matrimonio reclutó para diseñar la casa al arquitecto francés Juan María Aubriot, responsable de otros edificios de la ciudad como el de la sede de la Universidad de la República en 18 de Julio, o los pabellones de la Rural del Prado. En su origen, el subsuelo estaba consagrado al área de servicios (lavadero, cocina), la planta baja funcionaba como recepción, el piso superior como dormitorio, y por encima, una buhardilla habitable donde dormía el personal.
La casa cambió de manos en 1920, tras la muerte de Fein. Ángel Ayestarán, asesor histórico de la Comisión de Patrimonio, explica que la casa fue adquirida por el empresario alemán Werner Quincke y su esposa Clara Hoffmann. Los nuevos dueños encargaron reformas y algunos toques de modernidad para la casa, como calefacción central y la instalación del ascensor que sigue funcionando hoy, uno de los primeros instalados en una residencia privada en el país, si no el primero.
Cinco años después, la casa fue comprada por Federico Susviela Guarch, médico y diplomático que en el subsuelo instaló su consultorio y laboratorio. Un uso que todavía se percibe en los materiales y en el aura “hospitalaria” de esa zona de la residencia. “En esa época se realizan grandes fiestas acá, y la casa empieza a ser conocida por eso”, relata Ayestarán.
Pero las fiestas duraron poco. En 1928 Susviela Guarch murió, y se disparó una disputa por su herencia entre los hijos de su primer matrimonio y su segunda esposa, la argentina Corina Lejalde, unos cuantos años menor que el doctor.
“No se pusieron de acuerdo con la sucesión, y lo que hicieron fue repartirse los muebles, pero nadie quería pagar los impuestos, la contribución, las hipotecas. Pasan los años, nadie paga nada, y se genera una deuda enorme, que hace que en 1940 la Intendencia de Montevideo se quede con la casa”, cuenta el historiador.
Luego de algunos años usufructuada por el Servicio Hidrográfico de la Marina, en 1947 la casa sería adquirida por el Estado para ser usada como residencia presidencial. Y todo por una cuestión sentimental.
“Esta casa va a ser nuestra”
Hasta ese momento, los presidentes no tenían una residencia oficial establecida. Algunos vivían en sus casas particulares, otros alquilaban durante su mandato, como pasó con Juan José de Amézaga, que rentó el Palacio Piria en la Plaza Cagancha, la actual sede de la Suprema Corte.
Luego de la muerte de Tomás Berreta en agosto de 1947, su vice, Luis Batlle Berres, asumió la presidencia, con la idea de que los mandatarios precisaban una casa fija. Y ya tenía en mente cual.
En 1925, Batlle había conocido a su esposa, Matilde Ibáñez, caminando por el Prado. Más precisamente, en la esquina de Suárez y 19 de abril. Ibáñez, que llamaba a su marido por su apellido, le dijo, señalando la edificación que dominaba esa esquina, “Batlle, esa casa va a ser nuestra”. Ya se imagina usted qué casa era.
Si la casa había tenido ya la huella de arquitectos relevantes, Batlle mantuvo esa tradición, al reclutar a Juan Scasso, el arquitecto del Estadio Centenario, para reacondicionar la casa. Desde entonces la residencia fue usada por buena parte de los mandatarios uruguayos, aunque con idas y vueltas.
Entre 1955 y 1967, Uruguay no tuvo un presidente como tal, sino que estuvo gobernado por un colegiado, con un Presidente del Consejo de Gobierno que rotaba cada un año. En ese período, considerando que era “ridículo” que se mudaran cada ese período, la residencia no se usó como tal. El único que vivió allí durante algunos días fue Charles de Gaulle.
Con la restauración de la institución presidencial, la casa volvió a estar habilitada para ser usada por los mandatarios, pero el primer presidente tras esa reforma, Óscar Gestido, quiso seguir viviendo en su casa. Sería tras su muerte, pocos meses después de asumir, que su sucesor, Jorge Pacheco Areco, restauraría el uso de Suárez y Reyes como hogar para los presidentes y sus familias, con las excepciones de los tres mandatarios frenteamplistas que el país ha tenido hasta ahora.
Una casa de familia
En marzo de 2025, Orlando Muñoz fue convocado por el presidente Orsi para ser el intendente de la residencia. Eso implica que es la persona a cargo de todo lo que sucede dentro de sus cuatro hectáreas: sus tareas incluyen el gerenciamiento del predio y la casa, el mantenimiento, la coordinación de los servicios y los funcionarios, y el estar a disposición del uso de un presidente “inquieto” que puede pasar el día entero en Suárez, o no ir por varios días.
Orlando Muñoz, intendente de la Residencia Presidencial del Prado
Joaquín Ormando
Muñoz explica que lo más complejo es el trabajo de cuidado y mantenimiento del edificio, un trabajo permanente dada la antigüedad de la construcción. Para eso trabajan en contacto permanente con la Comisión de Patrimonio (la residencia es Monumento Histórico Nacional desde 1975), pero reconoce que a veces “no están los recursos” para todo lo que necesita la casa en cuanto a su conservación, “entonces hay que buscarlos o resolver de alguna forma”, cuenta.
El intendente de la residencia, hombre de campo, disfruta de todas formas de su trabajo, y en particular del contacto con la naturaleza que le permite el convivir con los otros moradores de Suárez y Reyes: los pájaros, una familia de gatos y otros animales que pueblan sus jardines y su predio.
Para Muñoz, la residencia “es especial por lo que encierra como historia, por lo que representa para la uruguayez y los uruguayos. Está en un lugar histórico que existe desde la época de la colonia y desde el inicio de nuestra identidad nacional como es el Prado, y la casa también tiene una historia muy rica que la hace especial”.
Algo similar expresa Ayestarán, que señala que la casa “tendría que estar en la consciencia de todos los uruguayos”.
“Todos tenemos que ayudar a que esta casa, que representa al país, esté en el estado excelente que debe tener porque es la imagen del Uruguay”, dice el historiador. “Y nos representa porque no es un palacio, es una gran casa, pero al estilo uruguayo. En realidad es la casa de todos nosotros, porque es la casa en la cual vive el primer ciudadano de la República. Y es una casa que más allá de algunos cambios, sigue siendo la misma que se hizo en 1907. Es una casa muy parecida a aquella casa de familia, y es muy lindo que la casa presidencial sea una casa de familia”.
Por su parte, Orlando Muñoz considera que la residencia de Suárez y Reyes, más allá de lo que decida cada presidente, tiene que seguir estando a la orden, ya sea como casa o como oficina.
“Yo creo que la casa no está totalmente apta para ser una residencia permanente en la vida moderna, y que como vivienda permanente para un matrimonio joven o para un presidente joven no puede ser tan atractiva. Es complicado vivir acá todo el tiempo, aunque se puede. Pero hay que mantenerla funcional para lo que los presidentes quieran, y es un valor de los uruguayos”.