19 de julio de 2026 5:00 hs

Un día llegó a su escuela una máquina para disparar rayos. Y la pusieron ahí, en un patio escolar que desde entonces se convirtió en en el centro de una interminable batalla infantil. “Una máquina de rayos peligrosa, pesada, puntiaguda”, dice el artista Federico Lagomarsino. Aquel lanza-rayos era, en realidad, una escultura de Octavio Podestá y ese fue su primer acercamiento a la obra de uno de los escultores más importantes del país.

Aquel niño armado con una pistola de rayos es, décadas después, el curador de La escala Podestá: Una exposición de maquetas e ideas para la ciudad, la exposición que pone sobre el la mesa un aspecto poco recurrido en la obra del artista: sus maquetas.

El curador trabaja en el montaje del segundo nivel de la exposición, mientras el artista recorre la planta baja ajustando detalles de un conjunto de maquetas que se expande como en una pequeña ciudad. Volúmenes diversos, coloridos, con transparencias, móviles. Hechos con cajas de leche, recortes de maderas, tapas de frascos o bidones de plástico. Junto a pequeñas figuras humanas.

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Octavio Podestá es uno de los hombres más destacados de la escultura nacional. Estudió dibujo y escultura en la Escuela Nacional de Bellas Artes, de donde egresó en 1961 antes de profundizar en sus estudios en Europa. Integró el Grupo La Cantera junto a alumnos de Miguel Ángel Pareja. Convirtió el hierro, la madera y la chatarra en el material central de su obra e influenciado por Alexander Calder y Henry Moore, fue pionero en incorporar el movimiento a la escultura nacional.

Octavio Podestá en su estudio

Octavio Podestá en su estudio

Es, además, el escultor que tiene más obras en el espacio público en Uruguay. Un artista que ha emplazado sus esculturas en la vida cotidiana y las ha puesto en diálogo con sus habitantes en calles, parques y centros educativos. Recibió el Premio Figari, la Medalla Delmira Agustini y es Ciudadano Ilustre de Montevideo.

La escala Podestá: Una exposición de maquetas e ideas para la ciudad se presenta como "un juego de experimentación material y espacial a través del archivo de maquetas, pruebas, derivas e intentos que el artista resguardó a lo largo de los años".

Él siempre lo tuvo claro: quería exponer sus maquetas. “La idea hace muchos años que la tengo porque siempre expuse piezas en hierro u otros materiales, pero piezas definitivas. En alguna exposición meché tres o cuatro maquetitas, pero quería hacer una exposición sólo de maquettes. Llegó la oportunidad y estoy contentísimo”, dice el escultor en una conversación con El Observador.

Cuando el Museo Gurvich contactó a Lagomarsino hubo algo en la forma de hacer de Podestá que llamo su atención. En el diálogo en el que se inicio ese encuentro entre artista y curador, lo atrajo una singularidad. Lagomarsino postula la existencia de una "escala Podestá": una "forma de ensayar y trabajar el espacio que no pertenece enteramente al monumento ni a la arquitectura".

“Si uno ve una maqueta, por definición, requiere o implica la necesidad de una escala. Las supuestas maquetas de él, porque él las avanza como maquetas, no tienen escala. Y de hecho la escala, que es la relación en última instancia entre la pieza y el entorno, se la da en el momento en el que la crea. Eso es muy extraño y singular”, destaca.

El curador de la exposición trasciende el análisis de la obra del artista y destaca en esta oportunidad tanto esa idea de escala como el uso de materiales para “sumar discursos o ejes posibles" para ampliar la investigacion. “Trato de insistir en la escala y en la idea de los materiales como materiales para pensar. Porque yo le discuto un poco, no sé si son maquetas o es otro tipo de entidad”, comenta.

Lagomarsino camina hacia una serie de modelos de esculturas, desde una pieza creada con maples de huevos hasta un árbol hecho con piezas propias de un laboratorio de ortodoncia o una articulación de conectores de televisión por cable. Incluso una pareja de piezas detalladas en colores que alguna vez le propuso al intendente y arquitecto Mariano Arana como alternativa a las barreras de obradores o cortes de calles. "Este hombre es interminable”, apunta el curador.

“Traté de traer las maquetas que pienso que no son obras. Porque hay muchas maquetas que son obras porque están hechas de hierro, porque tienen una pintura, porque están para exponer, porque tienen capacidad de venta”, señala el Lagomarsino en relación a las más de 40 maquetas que conforman la exposición. Todas funcionan como un acercamiento al hacer de Podestá, a su forma de pensar y de crear, su intención de experimentar y materializar diversas ideas que luego buscarán su destino.

La escala Podestá: Una exposición de maquetas e ideas para la ciudad se inaugurará el próximo jueves 23 de julio a las 18:00 en el Museo Gurvich y se podrá visitar hasta el sábado 17 de octubre.

El “hombre interminable” observa la instalación de sus piezas sobre grandes paneles de madera en el primer nivel del espacio dedicado a las exposiciones temporales del Museo Gurvich. Algunas de ellas permanecieron como ideas, o como el testimonio de un proceso de experimentación de un artista que a los 97 sigue vinculado a su taller, mientras que otras escalaron y fueron construidas en la ciudad.

Mientras Podestá camina alrededor de las mesas recuerda las ubicaciones de cada una como en un mapa que se despliega en su mente. Esquinas, referencias geográficas, recuerdos urbanos.

Se para frente a un pequeño modelo de una escultura que terminó teniendo 10 metros de altura en la fachada de una ferretería en Cerro Largo y Río Negro. "Un día pasé por ahí, veo la pared vacía y le digo al dueño ¿qué vas a poner en la pared esa? Iban a poner un reclame de herramientas. Le digo: por lo que vas a gastar en el cartel, yo te pongo una escultura. Por eso es que yo tengo tantas cosas por ahí, porque al lugar al que voy digo che, esa placita no tiene nada”.

Antes de la inauguración de la exposición, el artista habló con El Observador sobre su proceso creativo, la relación de su obra con la ciudad y la necesidad de "insistir" con el arte sobre el espacio urbano.

¿Qué nos puede decir esta exposición de maquetas sobre su proceso artístico y su forma de crear?

Mi forma de crear es muy accidental. Yo encuentro una piecita en la calle, la selecciono, la pongo en un tarro, la pongo en una mesa. Tengo toda una hierroteca, digamos, formada. Yo nunca compré nada para hacer. Estoy en el taller, de repente agarro este vasito de hierro, lo miro, ese día le pongo otra cosita y al mes termina una cosa de tres metros que no está dibujada ni nada, se va creando en la marcha. El 99% de toda mi obra fue así, únicamente que haya un encargo. Entonces, desde la idea de la maqueta la presento.

¿Cómo inició su vínculo con la escultura?

Desde muy joven, después que dejé el liceo. Iba al liceo nocturno y trabajaba muchas horas. Era un desastre el liceo, al final un profesor me aconsejó por qué no iba a Bellas Artes. Fue un buen consejo y lo seguí. Me sentí como pez en el agua en Bellas Artes.

¿Cómo era esa época en Bellas Artes?

No tiene nada que ver con lo de ahora porque el plan se amplió muchísimo y hay muchas materias teóricas, pero era interesante. Sobre todo porque el profesor era como un familiar. Éramos ocho en escultura, de repente ahora son cuatrocientos. En el aspecto técnico y de plan de estudios ahora es superior. Pero eso no quiere decir, ojo, que vayan a salir más artistas o menos artistas. La escuela es para educar y sensibilizar. Si salen artistas mejor, desde luego.

¿Cómo fue encontrando esta materialidad con la que trabaja en sus obras? El resignificar el desecho.

Un poco la necesidad, porque los materiales siempre fueron caros. Además, se consideraba que la escultura era piedra o bronce. Y ahora encontrás un trapo viejo, le pones cera y haces una escultura que vale tanto como lo otro. Ahora, como duración física es otra cosa.

Eso nos dio más libertad, porque toda mi obra es chatarra. Lo que desechan en la fábrica yo lo usaba como un elemento para crear. De repente me dabas un hierro nuevo y no me gustaba. Y me dabas un hierro todo oxidado, todo podrido, y era lo que tenía sabor. La textura, la arrugada, la cortada del hierro que estaba tirado, que no se usaba, o que se volvía a fundir a una chapa nueva.

Tenía una vida.

Era un poco lo que decía (Wilfredo) Díaz Valdéz cuando hacía la madera, que todo tiene un sentido, una vida. Años.

Usted fue el primer escultor uruguayo que experimentó con la movilidad en la escultura.

Fue un poco así. Cuando fui a la segunda Bienal de San Pablo, que fue impresionante, apareció Calder y apareció Henry Moore. Nosotros teníamos el concepto de que la escultura tenía que salir de la tierra, como los egipcios, y vemos una escultura colgada a un piolín. ¿Qué pasa acá? Nos movió todo.

Más vinculada al aire que a la tierra.

Eso fue impresionante. Enseguida que vine hice un móvil para ver cómo funcionaba pero después tardé 10 años en aplicarlo. Hay cosas que vos las aplicás cuando las sentís, no como una moda. Bueno, yo no las sentí hasta después de 10 años.

¿Y qué es lo que se sintió en ese caso?

El movimiento le aportaba algo más a la escultura; como el color, por ejemplo, que tampoco me animaba a utilizarlo porque no sé de color. Entonces, tengo una tarjeta de Torres García en mi casa y digo ¿a ver a qué color le pone? Bueno, de ahí no salgo.

No soy un colorista, me gusta ver y me encanta la pintura, pero nunca se me dio. Una vez hice unas pruebas para era un concurso para docentes de secundaria, pero ya me di cuenta de que no. Me gusta verla, la gozo y la disfruto.

Su obra, además, está pensada para ser interactuada.

Eso se fue dando con el tiempo. Desde muy joven formamos el grupo La Cantera con alumnos de Pareja. Y el plan de la escuela también fomentaba eso: el arte tenía que estar en la calle, tenía que estar donde estaba la gente, en las escuelas, en los liceos, en los teatros. Conmigo se fue dando porque siempre insistí en ese tema. Y sigo insistiendo.

Muchas de sus obras están en Montevideo. ¿Cómo entiende a la ciudad en relación a su obra?

Un desastre. Hay tantos lugares que decís qué pena. Y no porque pongan una escultura, sino placitas y lugares que son preciosos de por sí. Ahora que yo vengo a la Ciudad Vieja, donde trabajé muchos años cuando era joven, y todavía se mantienen esos lugares lindos de la ciudad pero de repente hay un edificio de época que lo compra uno y donde hay una puerta de madera le pone una puerta de fierro más barato y es como una puñalada en el estómago. Eso es lo difícil.

En los últimos tiempos hemos visto muchas esculturas vandalizadas o directamente robadas del espacio público.

Si, las mías también. Hay una muy grande que está en General Flores y Bulevar Artigas que ya me dijeron que está toda graffiteada. Eso es parte de nuestra cultura. Pero hay que insistir, no hay que decir 'bueno, ahora no pongo más nada'. No. Hay que poner el doble.

¿Dónde le gustaría poner una escultura nueva?

En el Antel Arena. Es un lindo lugar ese, es un desafío. Tengo una, que no la trajimos, que es un espiral. Es una maquette. Hay que ver, capaz que usás eso y no funciona. Pero el espacio es precioso.

¿Cuándo considera que funciona ese diálogo entre la escultura y el espacio?

Cuando ves que se compenetra con el paisaje, con el uso que le da a la gente. Porque no podés (hacerlo) sin estudiar un poco quién usa ese espacio. No vas llevar una escultura para poner en un cantegril. Tampoco es forzar las cosas, se tienen que dar naturalmente.

¿Qué piensa de la estatuaria que tiene actualmente la ciudad?

Hubo un momento, cuando se crearon los parques, que vino mucha gente europea por lo general. Y después se paró todo. No hay cosas nuevas, de ahora, de escultores o pintores.

¿Por qué cree que eso pasa?

Bueno, fijate vos todas las torres que se hicieron desde Punta del Este hasta acá. Nadie puso un mural, un tapiz o trabajaron con el arquitecto para, de repente, pintar el edificio. Ahí está la cosa: ese divorcio que hay entre la arquitectura y los plásticos. Se ha trabajado mucho y peleado en sindicatos. Había una ley que proponía que cuando hay un edificio público, el1% (del presupuesto) se tenía que poner en arte. Se trabajó mucho y se peleó esa ley, pero no marchó. El 1%. En Francia me acuerdo que estaba y hasta Picasso tenía obras por esa ley.

¿Qué consejo le daría a un joven artista?

Que se consiga un empleo de medio día y después que siga estudiando escultura. Porque si no, después se vuelve un comerciante de la escultura. Acá sobre todo.

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