El cofre de la Generación del 45 no se cierra nunca. De allí salen rescates, reediciones, descubrimientos, aniversarios. De alguna forma, este grupo de intelectuales que reunió a figuras como Ida Vitale, Ángel Rama, Carlos Maggi, Juan Carlos Onetti, Amanda Berenguer o María Inés Silva Vila sigue generando oleaje en la orilla del presente. Y el 2026 no parece ser el año en que ese torrente se agote. Ya pasó el centenario de Rama, Ida Vitale sigue en pie a los 103 y es una figura relativamente activa en el ecosistema cultural vernáculo, y a librerías acaba de llegar un título que pesca un nombre algo soslayado de esa matriz imperecedera: el de José Pedro Díaz.
Poeta, narrador, ensayista, “filmador” amateur y uno de los personajes más carismáticos de dicha generación, Díaz tiene en su haber una obra más bien emparentada con la crítica literaria que con la producción propia, aunque fue el autor, entre otras cosas, de Los fuegos de San Telmo y de la nouvelle que ahora Austral, un sello de Planeta, rescató en el marco de la colección Clásicos orientales, titulada El habitante.
Hablar de rescate es acertado. En 1949, Díaz imprimió 400 ejemplares de El habitante en La Galatea, la imprenta que tuvo junto a su esposa, Amanda Berenguer. El libro permaneció casi en el olvido hasta que en 1970 tuvo una segunda edición a cargo de la editorial Tierra Nueva. Y ahora, setenta y siete años después, llega la tercera, que cuenta con un prólogo del académico Alfredo Alzugarat, un posfacio de su hijo, Álvaro Díaz Berenguer, y un fragmento del diario en donde el autor cuenta algunos pormenores de la escritura de El habitante, a modo de un “detrás de escena”
Como establece Alzugarat en el prólogo, El habitante convirtió a Díaz en uno de los “raros”, ese mote que luego patentó y consagró Rama, y donde compartió espacio con Quiroga, Marosa, Felisberto, entre otros. Y eso sucede a partir de una historia de fantasmas cargada de melancolía, belleza y un hálito de vida ineludible.
“Desde el comienzo del proceso de invención”, dice Alzugarat, “más allá de la trama, hay en el texto una imprescindible atmósfera a imponer, y en consecuencia una tensión que se intuye y no se puede soslayar”.
El habitante se descubre ante el lector como un relato en primera persona donde un narrador sin nombre se pasea por los médanos costeros en estado de suspensión, hasta que se cruza con una familia que desembarca en la misma casa de balneario en la que él habita. Una vez que la nouvelle se desenvuelve, y que los continuos acercamientos del protagonista a Alicia, una vieja figura de su pasado a la que añora y a quien pretende seducir de formas muy tímidas, no encuentran respuesta, entendemos que lo que estamos presenciando es una historia a dos tiempos, o a dos vidas: el protagonista de El habitante es un fantasma.
En su nouvelle, Díaz se revela como un exquisito trabajador de la prosa; sus descripciones, sus atmósferas, el pulso nostálgico que reverbera en cada rincón de El Habitante, hace de este rescate una pequeña joya que recupera a un autor invaluable de la literatura uruguaya. Para una muestra, el comienzo del relato:
Ellos llegaron una tarde de diciembre. Los días ya eran largos. Yo había salido temprano, con el sol todavía alto, a pesar de mi preferencia por las horas del crepúsculo. Debo decir que el sol me fatiga mucho —aunque me siento todavía joven— y me produce una desagradable sensación de vacío; siento como si me diluyera en el brillo reverberante de la arena y en el movimiento de las hierbas de los médanos; como si el aire, todo luz, fundiera mi ser con él, anegándolo. Por eso prefiero siempre las últimas horas de la tarde, cuando el sol pinta de rojo los troncos de los eucaliptos y alarga las sombras en los suelos herrumbrados de los montes de pinos.
La presencia de los extractos del diario de Díaz, publicado en 2011 por Banda Oriental, permiten además un acercamiento doble a su figura como escritor: una lo presenta en el centro de su icónica generación, en un diálogo permanente que engarza al autor y al crítico, y el otro lo muestra en su intimidad, con sus dudas, sus preocupaciones en torno a la escritura, y sus certezas.
3 de marzo
Trabajo con inseguridad, como siempre, y con la angustia de comprender que no se trata en realidad de algo muy breve, sino, probablemente, de una nouvelle, lo que me pone en la incógnita de saber si podré o no sostenerme en una ejecución relativamente larga. Me amenaza el posible cambio de tono luego de haber trabajado parte del relato.
Como colofón a la lectura de El habitante, una buena idea es ir a Youtube y buscar en el canal oficial de la Agencia del Cine y el Audiovisual Uruguayo (ACAU) la película El filmador, de Aldo Garay. En ella, y también a partir de los diarios, el cineasta reconstruye la época en la que Díaz y Berenguer vivieron en Europa, más precisamente en París. Esa era la época fermental en la que esta nouvelle se estaba escribiendo, y el documental permite conocer más a fondo a un personaje fascinante que debería estar mucho más presente en el imaginario colectivo de lo que hoy está.