En ese marco, Rodríguez, junto con otros artistas como el grupo Incluso si es solo un susurro soviético, Julia Lunar o Tallo —con quien formó una banda en Tacuarembó, fue su vecino de la infancia y con quien está unido, además de por una amistad, por una forma de entender la música— representan la punta de lanza en la capital de un departamento que parió nombres como los de Carlos Gardel, Eduardo Darnauchans, Carlos "Bocha" Benavídes y Dani Umpi. En ellos, el pago encuentra nuevas formas y alcances.
De todos ellos, Niño Gutiérre es uno de los que levanta la bandera de la tradición con fuerza y la actualiza en el marco de la mencionada posmilonga. Su música está atravesada por guitarras criollas, paisajes rurales, historias de matreros, la añoranza del pago y el quiebre con la ciudad, pero también por el pop, las influencias del rock anglo, ecualizadores y hasta unos toques casi sónicos. De allí salen algunos de las canciones que ha publicado desde su debut en 2020 —como el genial cover de Common People de Pulp, Piba de barrio, o El verano aquel—, pero sobre todo el EP Hoy cerré temprano, una de las mejores grabaciones de la música uruguaya de 2025. Son cinco canciones que muestran una evolución en la producción musical, en letras más densas y oscuras, y en un imaginario propio que ya tiene un tono identificable. Dos títulos en particular emergen como relatos orales sobre el desarraigo, el pasado y el peso de la narración que tiene el proyecto de Rodríguez: Cuando hablé de Chamberlain y Macachines.
"Macachines tiene mucha cosa metida, hay un poco de política, un poco de los matreros, mucha cosa uruguaya, pero también atemporal, con cosas de fines de 1800, de mediados del siglo XX. Me sorprendió un poco que a la gente le gustara tanto, porque yo pensé que iba a ser algo menos carismático, pero no", dice Rodríguez sobre esa canción que ya se convirtió en uno de sus hits.
Esa canción, por ejemplo, dice algo como esto:
Cuatro de abril
El cielo fue una noche estrellada
Cuando del pueblo me fui
Dormí cuando crucé la frontera
El campo se hizo en mí
Creo que ya estoy a salvo
El monte está de mi lado
Crucé por cerros y lagos
Y no vi dioses ni humanos
Y así, al margen del espacio que se está ganando en la música nacional a fuerza de guitarras y versos, la conversación con Rodríguez orbita en torno a un presente que lo tiene aferrado al escenario. Desde marzo, en la cervecería Punto Rojo (Rivera 2078), Niño Gutiérre se ha presentado en una especie de residencia denominada Código Rural una vez por mes; la edición más próxima será precisamente este viernes 10 de julio y las entradas se pueden conseguir a través del link en su perfil de Instagram. Pero además, como una suerte de certificación por parte de una de las bandas de rock más importantes de la escena, el proyecto de Rodríguez oficiará de telonero para el show que Eté y Los Problems dará el sábado 11 en la Sala del Museo.
Sobre todo esto, lo que sigue.
¿Cómo apareció la música en la etapa tacuaremboense de tu vida?
Vengo de una familia bastante musical, porque si bien nadie se dedicó a componer y a hacer una carrera, fue algo central en la vida de todos. Mi padre toca todos los días la guitarra, él viene de la música clásica pero también del palo de la música popular, y en casa siempre estuvieron presentes las guitarreadas. Teníamos una rutina de juntarnos casi día por medio, de nochecita, a tocar con mi hermano y él. Ahí fue cuando me llegó toda la parte popular de la milonga o la polca. Cualquier excusa servía para tocar: un cumpleaños, un aniversario de casamiento, lo que fuera.
¿Qué tocaban?
Tocábamos muchas composiciones, desde Gardel hasta Violeta Parra, por tirar dos nombres. O Carlos Benavídes, Numa Moraes, Darnauchans.
Había mucho peso musical en esas guitarreadas.
Totalmente. Había una data heredada ahí. Tacuarembó tiene una tradición en mantener eso. Incluso frívolamente, con eso de que Gardel nació ahí, o Darnauchans, pese a que no le daban bola al Darno cuando estaba vivo, pero aún así aparece el espíritu patriótico. Hoy hay mucha gente que curte a Darnauchans, Darnófilos, cuarentones o gente de mi edad, y eso me gusta. Que se mantenga ese acervo de los grandes conocedores de la música. Pero las guitarreadas fueron una gran escuela, sí. También fui al conservatorio municipal y estudié en unos talleres de música popular que estaban buenísimos. Pero en ese momento no le prestaba mucha atención a los métodos académicos, para mí era simplemente aprender canciones. Pero de ahí armamos dúos, después armamos banditas. En mi casa también estaba muy presente el rock, sobre todo en inglés.
No había manera de escapar de la música en esa casa.
No había manera. Y al mismo tiempo, así como rondaba la música, también rondaba la ciencia, la política, la filosofía. También es muy típico de los pueblos del interior eso de cruzarte con gente que ves todos los días, con los paisanos, y no te imaginás que tiene un mundo interior muy importante, mucho bagaje intelectual. Tuve la suerte de conocer mucha gente así, y creo que eso también me fue formando. Hoy lo siento como un privilegio que a veces, en el mundo más aglomerante de los edificios, se pierde.
¿Y eso lo entendiste desde Montevideo, con la distancia?
En palabras lo pude poner recién de grande, pero siempre hubo una especie de intuición de que había algo valioso en eso. De hecho, nunca dejé de hacer música que me llevara ahí. Nunca se me dio por hacer algo que no saliera de ahí, como una especie de arraigo fuerte se fomentó cuando me vine a Montevideo y empecé a mirar de lejos. La distancia te ayuda a ver las cosas y a valorizarlas. Ahí lo pude poner en palabras, armar una narración con todo lo que uno ha adquirido.
En tus canciones parece haber una impronta muy fuerte de la narración oral. ¿Es así?
Sí. También de los paisajes. Creo que lo primero tiene que ver con saber escuchar y después tratar de reproducir las anécdotas, lo que haya pasado en el pueblo, conocer la historia y la tradición del lugar al que pertenecés, ya sea la musical o la que tiene que ver con su idiosincrasia. Creo que tiene que ver con preguntarse por qué el pueblo está ahí y no en otro lugar, por qué pasa un río por ese lado, por dónde pasan los animales, cosas así. Primero está esa voluntad de la escucha y después el hecho creativo se genera sin pensar mucho.
Es un proceso menos cerebral.
Es la forma en que me ha salido. Después que hago una canción, ahí si me pongo a indagar, por qué dije lo que dije y de dónde viene. Nada es inocente, igual, cada verso que uno hace está un poco masticado de antemano. Pero recién después le podés poner el moño y empezar a explicarte a vos mismo que, claro, es una narración. Que estoy contando algo.
¿Las primeras canciones también salieron así?
Sí. Las primeras salieron con vergüenza, ¿no? Porque el hecho de hacer canciones, a veces, es un paso que das cuando estás bastante seguro. A mí las primeras me generaron esa vergüenza, incluso al mostrarlas o al escucharme. Agarré un poco de coraje cuando vi que había hecho un par que más o menos empezaban y terminaban, que no quedaban en la nada. Ahí se vuelve más fácil.
¿Hay un paisaje definido en Niño Gutiérre?
Hay un paisaje sí, fomentado por la parte visual, que es pequeña, pero las carátulas o la forma de transmitir las cosas en las redes también va generando un paisaje. Después, obviamente, hay decisiones estéticas. Por ejemplo, usar muchas guitarras de nylon, porque eso, quieras o no, te da un sonido que te lleva a un lugar y a un paisaje. Después está también la cadencia de cómo cantar, las palabras que usás, la bolsa de palabras que tenés, esas son tus herramientas. Porque es una decisión elegir decir “nylon” o “pastizal”. El paisaje es buscado, pero después te va sorprendiendo, porque de repente mucha gente interpreta cosas que vos no esperás.
Ese paisaje sube al escenario en Código Rural, el ciclo mensual que estás haciendo en Punto Rojo. ¿Qué se ha generado allí, en esa especie de residencia musical tacuaremboense en Montevideo?
A veces jodemos que es como la embajada de Tacuarembó en Montevideo, no solo por nosotros, sino porque un montón de bandas de acá, de la movida montevideana que son de Tacuarembó también tocan ahí. Y al mismo tiempo vienen bandas de Tacuarembó y se ha armado algo que nosotros queremos fomentar. Porque en toda esta tradición que queremos mostrar lo que nos faltaba era un espacio, cualquier movida necesita un espacio físico, un lugar donde la gente entre en contacto. Por suerte, pese a la digitalidad, aún estas cosas no prescinden de un espacio. Necesitamos esos espacios no virtuales. Sigue siendo fundamental el encuentro, ir a ver a alguien tocar. Y Punto Rojo nos ha dado eso. A la larga se va reflejando algo ahí, una densidad de tradición.
Hablando de tradición, tu música y la de otros congéneres y coterráneos como Tallo se ha dado en llamar posmilonga. ¿Qué significa eso?
Bueno, es una forma de hacer una síntesis, de eso se trata un poco el avance de la historia, en términos generales: tomás un poco del pasado, lo mezclás con el presente, lo metés en una licuadora y generás algo nuevo. Nosotros lo hacemos consciente e inconscientemente. Lo que pasa es que por suerte tenemos cierta formación como para darnos cuenta de qué estamos haciendo. Pero en realidad, si no tuviéramos esa formación, haríamos lo mismo. Simplemente lo podemos describir. Y por eso le pusimos ese nombre.
¿Se te ocurrió a vos?
Era algo que decíamos con Diego Silva Piedra, que es escritor tacuaremboense, piedra fundamental, para hacer juego con su apellido, porque él es la pata literaria de todo esto. Él hace lo mismo que nosotros, pero en la escritura.
Y en el marco de esa posmilonga y la defensa de la tradición, ¿qué conexión ves que hay hoy en entre Montevideo y el interior a nivel musical? ¿Hay más cercanía o todavía se sienten las fronteras?
Existe una conexión, pero muy poco. La verdadera conexión no se da, me parece. No es esto. Porque nosotros podemos conectarnos un poco más porque tenemos una pata en Montevideo, incluso sonora y estética. Pero el verdadero interior, la gente que hace música, la tradición del interior de verdad, no se conecta con lo que pasa acá. Salvo en la Rural del Prado, o cosas así. Nosotros tampoco pretendemos estar dentro de esa tradición, pero es un hecho que en esos casos no se conecta. No sé si está bien o está mal, pero es así. Sí, estaría bueno que hubiera varias tradiciones dentro de Montevideo, que las hay, pero que hubiera un ojo sobre el interior. Creo que estas cosas, como lo que hizo Ernesto Tabárez de Eté y Los Problems con nosotros están buenísimas, y estaría bueno que se reproduzcan. Pero después la pata tradicionalista no se conecta con Montevideo, está muy separado. No sé si está mal, igual. Viste que a veces el aislamiento conserva las cosas. Pero me parece que tiene que haber de todo. Tiene que haber purismos, experimentación y cosas que se salgan de la tradición.
Y en el medio están ustedes.
Y en el medio intentamos estar nosotros. Uniendo o tratando de unir esos dos vértices que casi no se tocan.