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En el cine hay más o menos consensos, pero uno de ellos es que el cineasta Paul Thomas Anderson, nacido hace 55 años en Los Ángeles, director de películas como Petróleo Sangriento, Magnolia o El hilo fantasma, es uno de los mejores directores contemporáneos. La carrera de PTA —como se lo suele llamar— está plagada de loas, películas ya consideradas como clásicos recientes, inclusiones de esas obras en cánones y listas de lo mejor de este siglo, pero le faltaba algo: un Oscar. Este domingo saldó esa deuda por partida doble.

Anderson se llevó el premio a mejor director y al mejor guion adaptado por su trabajo en Una batalla tras otra, película que lo había puesto en competencia por el galardón a la dirección por cuarta vez —antes lo había logrado con Petróleo Sangriento, El hilo fantasma y Licorice Pizza—. En total, el angelino acumula 14 nominaciones en su carrera.

Los antecedentes estaban claros: fue el caro dominador de la temporada de premios en la categoría de mejor director. El cineasta había ganado ya el BAFTA Awards, el Globo de Oro y el galardón del Directors Guild of America (DGA) por su trabajo en esta comedia negra protagonizada por Leonardo DiCaprio, Sean Penn y Benicio del Toro.

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Una batalla tras otra sigue la historia de Bob Ferguson (DiCaprio), un atribulado revolucionario de izquierda que tendrá que salvar a su hija de las garras de un supremacista blanco (Penn). Era la segunda película con más nominaciones (13) en los Oscar 2026, solo por detrás de Pecadores, que obtuvo el mayor número con 16.

El camino de PTA hasta el Oscar

Anderson salió de las entrañas del Valle de San Fernando, una localidad de Los Ángeles que lo hizo madurar entre dos tensiones bien claras que le dejaron huellas: por un lado, Hollywood estaba muy cerca y los gases renovadores de la década de 1970 se olían desde lejos; por el otro, el propio valle se había convertido con el tiempo en el refugio de un estilo cinematográfico que calaría hondo en él y que terminaría intrínsecamente relacionado con sus comienzos en el cine: el porno.

Así, el día que PTA consiguió una cámara de video y empezó a rodar, lo primero que se le ocurrió fue pensar en eso. En los recreos de uno de sus últimos años de liceo filmó The Dirk Diggler Story, un corto sobre un joven actor que aspira a ingresar en la emocionante industria pornográfica. La puerta grande del cine, sin embargo, la tocó con Cigarettes and Coffee, otro corto que lo metió en la programación del festival de Sundance del año 1992 y lo terminó dejando en la línea de largada de su primer largometraje: Sydney, juego y prostitución (Hard Eight, 1996).

Por esa época, Hollywood se estaba reinventando otra vez. La era del blockbuster, apuntalada por Spielberg y compañía en los 80, le dio paso a una generación de hijos del VHS que prefirió bajar la pelota y apuntar a otro tipo de historias, unidas, básicamente, por el bajo presupuesto y una melancolía posmoderna, callejera y de videoclub. Es así como la década de 1990 está marcada por los debuts de Quentin Tarantino, Kevin Smith, David Fincher, Richard Linklater y varios más. Obviamente, entre ellos también estaba Anderson.

Después de Sidney, la carrera de PTA se eyectó. Primero llegó Juegos de placer (Boogie Nights, 1997), en la que volvió a jugar con Dirk Diggler, la industria del porno y su Valle de San Fernando. Mark Whalberg y Julianne Moore aprovecharon para hacer despegar sus nombres; Burt Reynolds regresó del ostracismo y terminó nominado a un Oscar. Pero el director solo necesitó dos años para pasar de la complejidad de las pornográficas noches de California a los entramados sociológicos de Magnolia, una obra gigantesca que todavía sorprende por su dimensión y que mostraba, ya en 1999, que Anderson apuntaba alto. Magnolia es la cohesión total entre sus historias, el pulso milimétrico de su guion, un trabajo que se asemeja a un rompecabezas en el que nada sobra, ni siquiera la extraña lluvia de ranas del final. El director ha dicho varias veces que Short Cuts, de Robert Altman y basada en cuentos de Raymond Carver, fue una de sus inspiraciones más inmediatas y poderosas para hacerla. Incluso, en un momento pensó en enfocarla como una remake. No sucedió.

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Una de las cualidades más reconocibles de Anderson es su capacidad para exprimir a sus elencos hasta sacarles un jugo que ni siquiera ellos sabían que tenían. Wahlberg no es ningún prodigio de la interpretación y, sin embargo, en Juegos de placer está fantástico. Lo mismo pasa con Tom Cruise, a quien Anderson transforma en Magnolia y con pocos minutos en pantalla le arranca una de sus mejores actuaciones. Quizá el paradigma de lo que es capaz a la hora de la dirección de actores esté en Adam Sandler, de quién arrancó una peculiar pero recordada actuación en Embriagado de amor (Punch-drunk love, 2002).

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Después de esa aproximación al drama romántico con Sandler, PTA se tomó un descanso. Repensó su cine. Se alejó de sus influencias anteriores y se puso a leer a Upton Sinclair. Se acercó al actor Daniel Day-Lewis. Abrazó el cine de época. Abrazó a la Norteamérica de los antepasados. Y, de la galera, sacó la que por muchos es considerada la mejor película del siglo XXI: Petróleo sangriento (There will be blood, 2007). Con ella, apuntó su consagración.

¿Cómo seguir después de algo así? Es difícil, porque Petróleo sangriento parecía un pico inapelable. La avaricia desatada del Daniel Plainview de Day-Lewis, sus choques épicos con un Paul Dano de sotana, los terrenos yermos, áridos guardianes del oro negro que todo lo corrompe, el descampado suelo y sueño americano que cae por su propio peso; la película contiene múltiples ideas en bruto, y hace gala de una exuberancia cinematográfica que demanda varias revisiones. Es uno de los grandes monolitos cinematográficos de nuestra época y no es raro, entonces, que Anderson fuera llamado “maestro” después de su estreno. Apenas tenía 37 años.

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Siguió luego The Master (2012), una exploración de los recovecos de la cienciología de la mano de un raquítico Joaquín Phoenix y del enorme y malogrado Philip Seymour Hoffman. Aplacada, hondísima, por momentos siniestra, The Master juega con la capacidad que tiene el ser humano para someter y controlar a otros, con las fronteras de la influencia del personaje de Lancaster Dodd, con la figura del padre ausente y su sustituto. Es otro hito de PTA, otra muestra de calidad de Phoenix, una despedida por todo lo alto de Hoffman.

Pero después, sí, un pequeño pozo. PTA decidió adaptar la extraña literatura de Thoman Pynchon al cine y Vicio propio (Inherent vice, 2014) fue el resultado. De nuevo con Phoenix, de nuevo en San Fernando y tomando los atajos del género negro, el director entregó la que para muchos es su película menos lograda. Que, en su propio canon, quiere decir mucho. Con Una batalla tras otra retomó a Pynchon —adapta muy libremente la novela Vineland— y le encontró la vuelta.

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La recuperación post Vicio propio, de todos modos, fue instantánea. PTA convocó a su viejo amigo Daniel Day-Lewis, y juntos le dieron las puntadas a otro gran título de su carrera: El hilo fantasma (Phantom thread, 2017). La película vuelve a presentar uno de los trabajos más finos de Day-Lewis, al tiempo que muestra la obsesión de Anderson por los detalles en estado de gracia. La historia de un diseñador de modas en extremo puntilloso y con una relación tortuosa con su obra y su esposa es casi un reflejo del vínculo que tiene el cineasta con su arte.

El hombre volvió a su tierra natal, el Valle de San Fernando, con Licorice Pizza (2022), una película que lo conectó con un cine más libre, menos cerebral, que ofrece una paseo nostálgico y encantador por la relación entre dos jóvenes etaria y socialmente disímiles. De paso, siguió fichando futuras estrellas: Alana Haim y Cooper Hoffman, hijo de Philip Seymour.

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Todo decanta entonces en Una batalla tras otra, una obra grande, ambiciosa y que mostró nuevas formas y luces de su cine, uno que no pierde vigor ni calidad y que se asienta sobre una carrera, ahora y finalmente, coronada con la gloria del Oscar.

*Esta nota se basa en un artículo publicado originalmente en julio de 2020.

Temas:

Oscar 2026 Mejor Director Paul Thomas Anderson

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