Este es apenas un listado de titulares de los últimos días vinculados a la inteligencia artificial: “En poco tiempo vamos a estar decidiendo si le vamos a dar agua a la gente o vamos a estar enfriando servidores”; La IA asegura haber resuelto el problema matemático del milenio”; “Anthropic revela intentos de uso de Claude para crear armas biológicas y destilación por parte de empresas chinas”; “¿Cómo podría la IA "matarnos a todos" y por qué los CEOs están de acuerdo en poner un freno a su desarrollo?”

No parece ser un panorama muy alentador. Si —como aparenta— le estamos sacando la cinta roja al paquete del apocalipsis, las opciones lógicas serían entregarse al hedonismo más salvaje, empezar a stockear el bunker, o salir a sabotear data centers. Todo menos tener un hijo y someterlo a tener que atravesar el fin del mundo tal y como lo conocemos.

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Pero el cineasta canadiense Daniel Roher y su esposa, la también directora Caroline Lindy, decidieron que, de todas formas, lo iban a hacer. Y a Roher (ganador de un Oscar por su documental Navalny, sobre el opositor ruso) le cayeron todas las dudas lógicas que acarrea el perpetuar la especie: sobre estar preparado, las implicancias de hacerse cargo de una nueva vida, las responsabilidades de criar a un ser humano digno, los cambios de rutina, todo lo que ya sabemos.

Pero sobre todo, lo empezó a atormentar la idea de que su hijo nazca en los últimos estertores de la humanidad. Además de a los miedos habituales de ser padre, le sumó el terror a que una máquina lo liquide, o a que muera de hambre porque la IA se quedó con todos nuestros trabajos.

Roher, entonces, decidió hacer lo suyo y empezó a filmar. A registrar escenas cotidianas, pero también a volcar, a modo de diario, sus miedos y dudas. Y también empezó a llamar a un pequeño estudio a referentes del universo tecnológico, filosófico y científico, para entender el nuevo mundo en el que estamos viviendo, y si efectivamente estamos ante el último baile de la humanidad.

Así nació El doc de la IA: o cómo aprendí a convertirme en un apocaloptimista, película que llegó a Netflix y ofrece un vistazo por todo el espectro de posibilidades y posturas para plantear una mirada a estos tiempos tan extraños y entender qué puede (o no) haber por delante para nosotros y nuestros hijos.

¿Qué es una IA, papá?

Lo primero es el miedo. La crisis. La certeza de que lo que se viene es la catástrofe, la pérdida del puesto más alto en la pirámide de inteligencias y la esclavización, la hecatombe, la debacle total. O incluso el exterminio.

Reconocido ignorante sobre el asunto, Roher sale a buscar, primero que nada, una definición clara sobre la inteligencia artificial. Y después, los riesgos. Que son, innegablemente, bastantes. La desesperación va tomando al documentalista y al espectador: los expertos opinan y el panorama es terriblemente sombrío.

Con su esposa afectada por esa negatividad, el director/futuro padre decide salir a buscar la otra cara de la moneda, y se encuentra con otra tanda de figuras que le aseguran que estamos ante las puertas de la utopía. Que en unos años vamos a poder vivir de lo que nos gusta y dedicarnos a nuestros hobbies porque la IA trabajará por nosotros y gestionará el funcionamiento práctico del mundo, que no nos faltará nada y que viviremos 150 años.

Es todo tan bueno que no puede ser cierto. Y seguramente no lo sea. Roher lo sabe, y ahí empieza el asunto central de la película: no quedarse con lo más tentador ni lo alarmista, sino encontrar el camino más probable, que seguro tenga cosas de los dos (lo bueno, seguramente y como hasta ahora, será más accesible para los que puedan pagarlo). Es difícil no sumarse a ese viaje emocional que va del horror a la paz y de ahí a la duda o al cauto optimismo.

Con una galería de entrevistados que incluye a Yuval Noah Harari, a Sam Altman de OpenAI y a Darío Amodei de Anthropic, la película viaja a través de estas tres etapas del proceso del director para reflexionar sobre el impacto de esta tecnología en la economía, la política, la salud, la educación y todas las ramas centrales de la vida en sociedad.

Desde cómo se erosiona la democracia porque se pierde la confianza en el otro si todo puede ser creado con IA para mentirnos hasta la posibilidad de tener una renta básica universal, las luces y sombras de este salto tecnológico, que todo el tiempo se compara con los grandes hitos transformadores de la humanidad, El doc de la IA puede ser una buena forma de entrar al tema, y un punto de partida lógico para seguir profundizando.

Es claro que en una película de menos de dos horas no se puede establecer una tesis definitiva, y que a pesar de que Roher trata de encontrar una posición equilibrada y coherente sobre la cuestión de la inteligencia artificial, quedan aristas de un tema tan mastodóntico por fuera del metraje, ya que esto no deja de ser un relato subjetivo.

En todo caso, hay un optimismo del director por el sistema y las posibles regulaciones políticas que se puedan hacer sobre la IA (regulaciones que son, además, pedidas por las propias empresas de primera línea, al menos las del mundo occidental) que puede ser un poco inocente de más. Y una línea algo más cercana al discurso de las empresas tecnológicas que muy gentilmente dan el testimonio de sus CEOs.

Aunque también hay otros elementos de la película que funcionan y subrayan cierta postura creativa: los testimonios de los entrevistados y el material casero se intercala con dibujos y animaciones hechas a mano por el director, una defensa del arte humano en un momento donde el estilo de las imágenes generadas por IA se ha hecho tan omnipresente como aburrido y burdo.

Es que El doc de la IA es, en definitiva, una película sobre la humanidad y sobre cómo queremos ser y reaccionar ante un desafío como el que ahora se plantea. Entendiendo que la tecnología no es buena ni mala per se, sino que depende del uso que se le dé, este documental puede ayudar a empezar a entender el panorama, y a sumar las primeras herramientas para pararse de una forma más cómoda ante el cimbronazo.

Y también para entender que —quizás como el acto de traer hijos al mundo— a la inteligencia artificial nunca se la va a terminar de entender del todo. Y que lo que se puede hacer es tratar de ser la mejor versión posible de nosotros mismos ante el desafío.

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