Embed - GABRIEL CALDERÓN presenta su OBRA sobre MÁQUINAS
¿Qué queda cuando todo lo que podemos hacer lo puede hacer una máquina? La IA nos rodea y esa pregunta, en algunos, empieza a crepitar. Entre esas personas que se lo preguntan está Gabriel Calderón, y la respuesta tentativa que parece tener, o al menos la que parece plantear desde su nueva obra, es que la alternativa es ser humanos. O sea: equivocarnos. Ser falibles. Deficientes. Una y otra vez. Y allí, sobrevivir.
Tras su paso por la Comedia Nacional, en donde cumplió un ciclo de tres años al frente de la compañía dramática de la Intendencia de Montevideo, el dramaturgo uruguayo volvió a pensar en clave de autor para una obra que cierra su denominada Pentalogía, y que se estrena este sábado 9 de mayo en la Sala Verdi con un elenco destacado que incluye a Margarita Musto, Rogelio Gracia, Levón y Dahiana Mendez. Se trata de Ay! La miseria nos hará felices.
Ay! llega luego de las anteriores Uz: el pueblo, Or: tal vez la vida sea ridícula, Ex: que revienten los actores e If: festejan la mentira. Para Calderón es una promesa cumplida que, además, ya tuvo un paso previo por escenarios extranjeros, ya que Ay! se estrenó en su versión catalana en diciembre de 2025 en el Teatre Lliure de Gràcia de Barcelona. Durante ese estreno, la crítica española se deshizo en elogios para el uruguayo. En el El País de Madrid, por ejemplo, se pudo leer lo siguiente: Calderón ha escrito una comedia desternillante y metateatral, una distopía que imagina un futuro donde las emociones humanas son reguladas con esmero, convirtiendo a los humanos en máquinas programables.
Así, con este título y en la Verdi, el autor de Ana contra la muerte, Tocar a un monstruo y Mi muñequita completa una pentalogía que, para él, está conectada a partir de un género: la ciencia ficción.
“A estas obras las unen muchos temas, pero sobre todo por un elemento de ciencia ficción llevado a la cruel realidad del teatro”, explicó Calderón en entrevista con La Playlist, el programa de streaming de El Observador. “La ciencia ficción, y su hermana original, que es la fantasía, nace en la literatura, y la literatura es fantástica en el doble sentido de que la única limitación es tu mente para pensar desde platos voladores a vampiros. El teatro, en cambio, es un recuerdo de la pobreza del mundo. No hay nada más triste que poner un vampiro o un platillo volador en una sala de teatro. En Enrique V, Shakespeare decía ‘suplid mi insuficiencia con vuestra imaginación, porque será vuestra imaginación que trasladará hoy a los reyes, que multiplicará los caballos’. Eso es teatro.”
Hoy, en su teatro, Calderón lidia con la IA. Los actores dejan de estar motivados porque la tecnología los superó. ¿Qué sentido tiene el teatro humano en ese panorama? ¿Y cuánto le preocupa eso de verdad al dramaturgo? Todo está empaquetado, claro, en el mundo de la sátira.
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“Me parece que nosotros no tenemos que redundar tratando de hacer protociencia o protosociología en cosas que los sociólogos profesionales o científicos están mucho mejor preparados. Si alguien quiere saber lo que va a pasar con la IA, que no se lo pregunte a alguien que hace teatro. Lo que sí podemos hacer nosotros es leer la realidad de manera distinta, eso es lo que hace un artista. Donde todo el mundo lee de una forma, el artista lee de otra. Donde todo el mundo vio molinos, Cervantes vio gigantes y desde ese momento no podemos ver un molino y no pensar en un gigante del Quijote. Ese es un poco el procedimiento poético del arte: poner algo donde no estaba. Entonces, ¿qué piensa todo el mundo sobre la IA? ¿Que nos va a suplantar y que va a perder sentido nuestra vida? Nosotros en el teatro, y en esta obra en particular, decimos: a los primeros que va a suplantar es a los del teatro. Y eso no va a ser horrible, es más, va a ser mejor. Y la gente va a preferir el teatro hecho por IA. Porque no se equivocan, no ensayan meses para hacer una función, no suspenden, no se resfrían. Y en esa tesis de la suplencia de lo perfecto, lo efectivo, lo bueno, bonito y barato, uno se va dando cuenta de que lo humano tiene otro valor, que es lo imperfecto, lo malo, el error.”
Para la escritura de esta obra, Calderón se sirvió de algunos textos clave de la ciencia ficción, como ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick, o la obra de Karel Capek, autor checo al que se reconoce como responsable de acuñar la palabra robot. Pero como en toda obra de este dramaturgo, lo textual también habilita lo musical, y la búsqueda por replicar un ambiente retrofuturista lo llevó hasta las composiciones de Vangelis.
“Soy un músico frustrado en el sentido de que me encantaría hacer cosas con música, crear, tocar un instrumento, cantar, pero soy inepto para cualquiera de esas cosas. Sin embargo, tengo una habilidad que es dirigir el espectáculo con el oído más que con la mirada. En general me doy cuenta con el ritmo del espectáculo si está pasando algo que está mal o hay algo que se ha desajustado. Yo creo que ahí hay una inteligencia, evidentemente, musical, que trabaja a otra velocidad que la del ojo. El ojo hoy está agotado. Yo lo siento. A la gente le cuesta atender, pero le cuesta mirar también. Sin embargo, el oído todavía está entrenado, todavía tiene una fineza para poder escuchar, poder discernir, y creo que a través de la musicalidad hay un entrenamiento para concentrar, focalizar y atraer”, explicó Calderón.
Así que en el centro de todo, de la humanidad pero también de Ay! La miseria nos hará felices, está el error. O esa es la teoría a la que apela el director y que atraviesa su pensamiento actual. El error latente, la posibilidad de fallar, eso que hace que el teatro, como pocas otras cosas en este mundo, esté vivo.
“Cuando apareció el Cirque du Soleil y la gente lo empezó a ver, lo primero que decían es ‘pero lo hacen con red, están atados’. Parecía que la expectativa era que se cayeran y murieran. Que si estaban seguros no tenía gracia. El teatro tiene todavía eso que puede salir mal. Mucha de la gente que viene al teatro se acuerda de cuando un actor se olvidó de la letra. En el teatro no hay red. Me parece que cada tanto tenemos que recordar que, de cierta manera, la gente también quiere vernos caer. Porque ahí les recordamos algo que es mucho más parecido a lo humano y diferente de la inteligencia artificial. Que nosotros nos caemos todos los días, no nos salen los planes, no somos efectivos, no somos buenos. Entonces, el teatro es como un pequeño ejercicio humano en el que recordás que aunque lo comunitario es más trabajoso, menos efectivo, menos bonito, más fastidioso porque tengo que estar al lado de otra persona, es más humano. El teatro tiene una tradición de tres mil años en hacerlo mal. Y aunque muchas veces no tenemos medios para hacerlo bien, intentamos hacerlo todas las noches. Porque la medida no la pone la gente, no la pone un rating, no la pone un empresario. La medida la ponemos nosotros. Nosotros sabemos lo que somos capaces de hacer. Y si no lo hacemos, sentimos mucha vergüenza por no haberlo hecho. Y eso es la talla artística. Es lo que podemos hacer lo que mide nuestra ambición, no lo que hacemos.”