Los días en The Boroughs son siempre soleados. En medio del desierto de Nuevo México, una pequeña comunidad de jubilados juega al golf, canta Born to run con la potencia de Bruce Springsteen, organiza orgías clandestinas en el centro comunitario y toma clases de pilates. Un paraíso en el que vivir los años dorados. ¿Quién no lo pagaría con un poco de su líquido encefálico?
The Boroughs: Jubilación rebelde, la serie de Netflix creada por Jeffrey Addiss y Will Matthews, desarrolla un thriller por momentos inquietante y un tanto entrañable atravesado por la pérdida y el duelo.
En un residencial que aparenta ser ideal, algo más parecido a un barrio privado mezclado con resort de lujo en el que cualquiera aspiraría a vivir su retiro, se pergeña un retorcido sistema de recambio. Un peligro silencioso que, literalmente, les quita lo único que les falta: el tiempo.
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Sam Cooper (Alfred Molina) llega a la comunidad con la vida partida. Su esposa Lily (Jane Kaczmarek) acaba de morir y la casa que sería el sueño del retiro familiar se convirtió de pronto en el símbolo de una pérdida irreparable. Ermitaño, malhumorado y gruñón, el ingeniero aeronáutico llega acompañado por su hija, su yerno y sus dos nietos aunque rápidamente los despide para volver a la soledad de las cajas sin desempacar en "la sala de espera de Dios".
Pero el barrio lo espera. Y pronto descubre en esa comunidad, de vecinos puerta con puerta, una oportunidad para pensar en el futuro. “Todos están pensando qué hacer con el tiempo que les queda. Los jóvenes, los viejos; no importa”, le dice Jack (Bill Pullman), un amigable meteorólogo y codiciado soltero que toma el desafío de incorporarlo a la comunidad.
La pareja de al lado: Art (Clarke Peters), un hombre que busca desesperadamente una conexión divina y fuma marihuana de su cosecha personal, y Judy Daniels (Alfre Woodard), una periodista retirada que extraña los pormenores del oficio y su relación. A ellos se suma Wally, un médico con cáncer de próstata que espera un milagro mientras se prueba cajones funerarios y promete llenar el resto de sus días con "cocteles y caos". Y Renee (Geena Davis) una ex-manager que busca a un ladrón de cuarzo rosa al mismo tiempo que empieza una relación con un hombre mucho menor que ella. Una pandilla de jubilados que deberán convertirse en héroes.
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Una noche Sam es testigo de una muerte inquietante. La curiosidad que lo puede llevar a la reclusión en el centro de cuidados especiales de la pequeña ciudad, pero una certeza cambiará su propósito en ese lugar: “algo” acecha a los residentes por las noches.
“Hay maravillas en The Boroughs. Escondidas, ocultas, enterradas”, dice Anneliese (Alice Kremelberg), la esposa de Blaine (Seth Numrich), el CEO de la institución. Una pareja radiante, tradicional y aspiracional que esconde un profundo y perturbador secreto debajo de la urbanización.
Una serie que el maestro del terror Stephen King describió como “una auténtica delicia” en una publicación en su cuenta de redes sociales. "Realmente vale la pena".
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Y si bien la serie es en tiempo presente, parte de la construcción de su universo mantiene un anclaje nostálgico a la década de los 80. Desde los televisores de tubo de rayos catódicos hasta autos de colección y una banda sonora en la que suena Santana con David Bowie, Tina Turnes, Earth Wind and Fire y Etta James. Ya lo dijo Favalli en El Eternauta: lo viejo funciona.
Pero el ritmo que construye la historia, se diluye lentamente hacia la segunda mitad de los ocho episodios de su primera temporada. Desde algunos diálogos demasiado acartonados hasta conflictos con mayor potencial que no son desarrollados, desde una hija que ha perdido a su madre hasta un hombre que sobrevivió a la crisis del VIH pero espera un milagro para sobrevivir al cáncer. Gana, en cambio, en los pequeños momentos de comedia y ternura que sostienen la serie en la oscuridad del terror. Y, claro, el brillo de un elenco estelar.
De alguna manera, la serie logra hacer lo extraordinario un acompañamiento.
En esta versión de Stranger Things de la tercera edad –que también cuenta con la producción de los hermanos Matt y Ross Duffer– los monstruos que se arrastran entre las casa y dejan una huella de sangre azul a su paso son solo en principio de una especie de terror mucho más atemorizante y humano: el deterioro de la mente, la condescendencia de quienes los tratan como niños, las fallas del cuerpo, la sombra de la soledad y la cercanía de la muerte. Pero principalmente el temor a olvidar a quienes amaron. O, en otras palabras, al duelo.