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Durante 25 años hizo falta un universo. Un cosmos de fantásticas de figuras de religiones hedonistas, cuerpos libres atravesados por identidades diversas, corazones, genitales, miradas y rosas con espinas. Una sensibilidad singular. Un mundo que planteaba en términos identitarios, las disidencias y la diversidad en el contexto cultural uruguayo de los años ochenta y comienzos de los noventa.

La obra de Ulises Beisso estuvo oculta. Un universo escondido que ahora, tres décadas después de su muerte, tiene la atención de ciudades como Buenos Aires y Nueva York.

Este sábado el Instituto de Estudios de Arte Latinoamericano (Islaa) inaugura una exposición de la obra del artista uruguayo. Más de 30 años después de aquel encuentro con la ciudad que cambió su forma de concebir el arte, la obra de Ulises Beisso se exhibe en un escaparate global para el arte latinoamericano. Y lo están mirando.

Ulises Beisso: (Hidden) in Plain Sight –algo así como Ulises Beisso: (Escondido) a simple vista– fue montada con la curaduría de Mariano López Seoane junto a Olivia Casa y la asistencia de Micaela Vindman. Se trata de treinta y cuatro pinturas, esculturas y obras sobre papel realizadas entre 1994 y 1996.

La primera vez que el artista uruguayo llegó a Nueva York fue en 1994 y marcó un punto de inflexión en su carrera artística. “Yo hasta ahí estaba pintando, yo sentía que me divertía, que jugaba con la pintura”, dijo en una entrevista con Daniel Figares publicada en los Cuadernos de Marcha. Pero Nueva York lo cambió todo.

Luego de una formación con José Luis Montes y Jorge Damiani en Uruguay, un período en México en el que se acercó a la influencia de La Esmeralda y se encontró con su abuelo, Carlos Quijano, en el exilio, Beisso entró en contacto con una ciudad en la que el arte era parte intrínseca de su entorno, en un barrio como SoHo con cientos de galerías en apenas algunas cuadras. “Se me voló la cabeza”.

Más aún cuando se encontró frente a frente con la obra de una generación de artistas que hacían de su arte una forma de expresarse en medio de la epidemia del sida en Estados Unidos y conoció la obra de artistas como Ross Bleckner y Félix González-Torres. “Sentías que no eras el mismo cuando salías. (...) Eso es lo que empecé a descubrir en Nueva York. Y eso es lo que pretendí que pasara con mi obra: que entraras y no salieras el mismo, que en algún lugar te hubiera tocado. Que tu corazoncito se hubiera abierto un poquito y hubiera entrado algo”, le dijo a Figares.

En torno a esa experiencia es que el uruguayo comienza a trabajar sobre una serie conmovedora, Imágenes de lo (mi) escondido, que se convertiría en su única exposición en vida, en el Cabildo de Montevideo en 1996.

“Desarrollada en las secuelas de la dictadura militar uruguaya y en el contexto de la crisis del sida, la obra de Beisso de este período ofrece una conmovedora reflexión sobre la vulnerabilidad y la visibilidad del cuerpo entre el espacio privado y el público”, expresa en el texto curatorial de la exposición, que toma este periodo de la obra de Beisso como elemento central.

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Nueva York era para Beisso, según dijeron desde parte de su estate, “un lugar seguro, de libertad, libertad sexual y arte". "Un mundo nuevo totalmente diferente y avanzado socialmente en comparación a Uruguay”.

Es el lugar donde deseaba estar, Nueva York. Sentimos que vuelve a un lugar en el que a él le cambió la vida más de una vez. Sentimos que es el paso más grande que ha dado y estamos muy contentos de que se reconozca su arte cómo artista contemporáneo en el instituto latinoamericano de arte”, dijeron a El Observador.

Eso es lo que pretendí que pasara con mi obra: que entraras y no salieras el mismo, que en algún lugar te hubiera tocado. Que tu corazoncito se hubiera abierto un poquito y hubiera entrado algo. Eso es lo que pretendí que pasara con mi obra: que entraras y no salieras el mismo, que en algún lugar te hubiera tocado. Que tu corazoncito se hubiera abierto un poquito y hubiera entrado algo.

Ulises Beisso murió en 1996, a los 37 años, a causa de un cáncer de páncreas. En más de una década de producción artística, dejó unas 300 obras entre pinturas, esculturas, dibujos, mobiliario y objetos desde esculturas de semidiosas ficticias hasta dolorosas pinturas o vibrantes fantasías.

Y si bien algunas de sus piezas quedaron en manos de su pareja, Juan Arrospide, –más específicamente las que estaban en la casa que compartían– la mayor parte de su producción fue guardada bajo llave en una habitación de su casa materna hasta que la puerta se volvió a abrir, veinticinco años más tarde.

"Su vida, que fue un profundo acto estético, fue por eso mismo un profundo acto ético", escribió Carlos Vargas en 1996 en Cuadernos de Marcha a modo de despedida. Entonces recordó las palabras de Ulises Beisso después de su última exposición en el Cabildo de Montevideo: "Dijo sentirse como un volcán que apenas había sacado un aspecto de lo que tenía para expresar y del que en el futuro surgirían infinitas cosas".

30 años después, la obra del uruguayo está siendo redescubierta y comenzó a recibir el reconocimiento que no tuvo en el Uruguay de la década del 90, en un sistema que silenció y ocultó a un artista que salía de la norma hetero-patriarcal que ponía valor al arte.

La pregunta que todavía rodea su historia es colectiva: ¿Cuántos otros habría en su tiempo que también fueron silenciados por salir de los moldes sociales?

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En 2022, el Centro de Exposiciones Subte inauguró Rara Avis, una exhibición antológica que exploró su legado artístico y su relevancia en el contexto cultural montevideano bajo la curaduría de Pablo León de La Barra.

En 2025 hizo historia al convertirse en el primer artista contemporáneo en tener una exposición en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba): Ulises Beisso: Mi mundo privado, curada por Martín Craciun. Los únicos uruguayos que habían tenido una retrospectiva en el Malba hasta el momento eran dos: Pedro Figari y Rafael Barradas.

Esta mirada e internacionalización de su obra es, para parte de su familia en su estate, la concreción de un deseo. “Nos llena de emoción ver que la obra toma el rumbo que él hubiese querido. Sentimos que 'vuela'. Vemos cómo un tema tan silenciado en esa época aún hoy sigue generando resistencia, y vemos cómo él decidió vivir su sexualidad sin prejuicios y plasmarla para que muchas personas pudiesen verla y, de cierta forma, ayudar a romper esas barreras. Esperamos que se cumpla su deseo de que quien vea su obra o su exposición salga distinto una vez que lo haya hecho”, dijeron a El Observador.

Además, en el marco de la inauguración de la exposición, se proyectó también el documental de Sergio de León, La intención del colibrí, en el Tribeca Film Center. Un documental en el que relató los esfuerzos de mostrar, finalmente, la producción de Ulises Beisso después de su muerte. Y, colateralmente, el rastro del hombre para el que su vida personal y su producción artística eran asuntos imposibles de desagregar.

Un colibrí llega a batir sus alas 70 veces en un segundo. Parece imposible, irreal, físicamente inviable pero así logran mantenerse en el aire. "Eso hace que sean seres de vibración muy alta", dijo el director del documental a El Observador en 2025. "Ulises era una de esas personas que llegaban a un lugar y levantaban la vibración solo con su presencia”.

Su obra, ahora, es una extensión de su presencia. Y volvió a Nueva York.

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Ulises Beisso Nueva York Artes visuales

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