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La semana pasada bastaron 48 horas para que los cimientos del zeitgeist literario se sacudieran como pocas veces en los últimos tiempos. La intersección entre Inteligencia Artificial y literatura ha generado debates encendidos desde que la primera versión de Chat GPT llegó hasta la punta de nuestros dedos el 30 de noviembre de 2022, pero la utilización de este tipo de herramientas en la escritura tuvo que alcanzar a una de las torres de marfil más impolutas para que el terremoto se sintiera: el premio Nobel.

El miércoles, la escritora polaca Olga Tokarczuk, ganadora del Nobel de Literatura en 2018 y autora de títulos como Los errantes, Tierra de empusas o Un lugar llamado antaño, quedó envuelta en las llamas de las redes sociales y los medios cuando declaró públicamente durante un foro en la ciudad de Poznám que para su próxima novela, a publicarse en fin de año, había trabajado codo a codo con uno de los modelos más avanzados de LLM (Large Language Model) que hay en el mercado, aunque no especificó cuál. La autora aseguró que la plataforma la ayudó a “ampliar” sus horizontes y a “profundizar en el pensamiento creativo”.

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A menudo le presento una idea a la máquina para que la analice, preguntándole: 'Cariño, ¿cómo podríamos desarrollar esto de forma magistral?'. Aunque conozco las alucinaciones y los numerosos errores fácticos de los algoritmos en los campos de la economía rigurosa y los datos objetivos, debo admitir que en la fluidez de la ficción literaria, esta tecnología es una ventaja de proporciones increíbles”, expresó.

Tokarczuk dijo también que siente que la literatura tradicional está “desapareciendo” y que, tras la publicación de esa novela, se dedicará exclusivamente a los relatos breves, donde siente que todavía hay espacio para la creación puramente humana.

“Me duele el corazón por la desaparición de la literatura tradicional, escrita durante meses en soledad, una obra de vida forjada en la mente de un individuo plenamente consciente. En todo esto, siento una terrible lástima por Balzac, Cioran y el inimitable Nabokov, porque, a pesar de mi entusiasmo, no creo que ningún chat pueda jamás expresarse de una manera tan exquisita”.

Después de sus declaraciones, los agentes reaccionaron de forma veloz y Tokarczuk tuvo que salir a dar explicaciones. Lo hizo en un post de Facebook, donde aseguró que su próximo libro no estaba escrito con ayuda de la IA ni de nadie más, y que había sido malentendida.

Trato a la inteligencia artificial como una herramienta que permite documentar y verificar datos con mayor rapidez. Cada vez que utilizo esta herramienta, verifico la información de forma adicional. Exactamente igual a como lo he hecho durante varias décadas leyendo libros y explorando bibliotecas y archivos”, explicó la autora, que luego ironizó con la “mala interpretación” de sus palabras, diciendo que se inspira en sueños pero que, “antes de que esta frase también sea acorralada y despedazada por los expertos”, se tratan de sus propios sueños.

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Mientras Tokarczuk trataba de no ser linchada o que le sacaran el Nobel (como se llegó a pedir en X), otra tormenta se agitaba en torno a otro nombre de prestigio, esta vez una marca paradigmática y canónica de las islas británicas: Granta.

Sucedió en el Commonwealth Short Story Prize, uno de los más importantes en términos de relatos breves, y con un cuento titulado The Serpent in the Grove, que logró entrar como uno de los finalistas de la región del Caribe. Sin embargo, en cuanto la revista Granta lo publicó en línea, llovieron acusaciones de parte de académicos y expertos denunciando que el texto tenía todos los pelos y señales de haber sido escrito íntegramente por IA.

El autor del relato es, en teoría, el trinidense Jamir Nazir, que fue contactado por El País de Madrid y dijo, por supuesto, que quien está detrás del texto es él y nadie más que él.

“Lo escribí yo. Desde mi infancia he escrito, y eso ha continuado mientras me fue absorbiendo mi vida profesional. Ahora una enfermedad me ha obligado a quedarme en casa, y así retomé la escritura. Vi el anuncio de este concurso y me presenté. He aportado pruebas de que efectivamente yo lo escribí”, dijo.

Los representantes de la Fundación Commonwealth y Granta, en tanto, defendieron la solidez de sus jueces, pero admitieron que es casi imposible distinguir la prosa humana de la de una máquina. Los organizadores declararon que, por ahora, deben operar bajo el principio de la buena fe y la confianza en la declaración jurada de los autores, ya que los detectores de IA actuales no son infalibles.

“Le mostramos a Claude.ai el artículo y le preguntamos si fue generado por IA”, se puede leer en el comunicado publicado por Sigrid Rausing, editora de Granta. “La respuesta fue larga, concluyendo que ‘casi con toda seguridad no fue producida sin la ayuda de un humano’. Puede ser que los jueces hayan otorgado ahora un premio a un caso de plagio de IA; aún no lo sabemos, y quizá nunca lo sepamos.”

Escribir mal a propósito

Si se prueba en algún momento que Nazir escribió su texto con IA y se lo castiga, tampoco se puede ser demasiado duro con él: no es el primero ni será el último.

De hecho, en el mercado editorial han explotado bombas más pesadas en los últimos meses. En marzo, por ejemplo, la editorial Hachette suspendió la publicación de Shy Girl, una novela de terror de la escritora Mia Ballard, dado que comenzaron a llegar a las puertas del sello numerosas acusaciones que indicaron un uso indiscriminado de la IA por parte de la escritora. Ballard no admitió haberla usado, sino que contrató a un editor que sí la usó cuando autopublicó su novela por primera vez.

Otra autora, Coral Hart, fue mucho más honesta: confesó que las más de 200 novelas románticas que autopublicó el año pasado las había escrito todas con la ayuda de Claude. Digamos que tiene sentido.

La semana pasada, además, el New York Times publicó que un autor de no ficción llamado Steven Rosenbaum, que de hecho escribe justamente sobre la IA y su contexto, utilizó citas falsas o mal atribuidas en su último ensayo por culpa de una LLM que alucinó.

Pero la ola que generó Shy Girl no termina ahí: las agencias literarias y las editoriales, sobre todo en Estados Unidos, han manifestado en diversos medios que ya no dan abasto con la cantidad de manuscritos denominados AI slop —basura de IA— de parte de autores ignotos que desean publicar rápidamente. Hace ya tiempo que Amazon limitó la cantidad de libros que un usuario puede poner a la venta por día por la marejada de textos escritos con plataformas generativas, y el impacto está llegando hasta los escritores que no la usan, porque en la búsqueda de la diferencia ocurren cosas raras.

Un artículo de The Wall Street Journal, titulado Los escritores están yendo a los extremos para probar que no usan IA y publicado a principios de mayo, asegura que una suerte de paranoia y presión extra está contaminando a autores, blogueros, estudiantes y profesionales de la escritura a la hora de demostrar que sus textos han sido escritos por un ser humano y no por herramientas generativas. Debido a la proliferación de detectores de IA que en general son inexactos, y a la sospecha constante de parte de los lectores, algunos manifiestan estar a las puertas de un “nuevo macartismo” literario.

En ese sentido, la prosa está “ensuciándose” a propósito: se introducen errores deliberados, erratas menores, puntuación irregular, un lenguaje informal más agresivo, localismos, menciones aleatorias sobre aspectos culturales indentificables, anécdotas extremadamente íntimas, usos menos ortodoxos de algunas reglas vinculadas a las subordinadas o la organización de los textos. Dado que la “ablación semántica y sintáctica” de la IA tiende a priorizar algorítmicamente aquellas formas de escritura que se encuentran en el promedio de las expectativas, se busca de esa forma ocupar los extremos del lenguaje.

“Llámelo una prueba de Turing a la inversa. A medida que los textos generados por inteligencia artificial inundan internet, cada vez más personas intentan detectar qué creadores están utilizando estas herramientas para producir contenido en masa. Esto significa que tanto los escritores que redactan todo su propio trabajo, como las personas que reconocen usar chatbots como ayuda, están intentando dominar algo por lo que nunca antes se habían preocupado: cómo sonar humanos”, indica el artículo.

La librería artificial

La última polémica sobre el tema tocó a las librerías.

James Daunt, CEO de Barnes & Nobles, una de las cadenas de librerías más exitosas del mundo anglosajón, dijo que no tendría problemas de vender un libro escrito con IA, siempre y cuando se avise al lector.

Mientras un libro escrito por IA diga que fue escrito por IA y no pretenda ser otra cosa ni esté copiando el trabajo de otra persona, siempre que eso esté claramente indicado, lo tendremos en stock", señaló en entrevista con NBC News.

“Tenemos 300 mil títulos en todas nuestras tiendas. ¿Algunos de ellos pueden haber sido creados por IA? Las probabilidades dicen que sí, pero en realidad no somos conscientes de ello”, concluyó. Y según lo visto hasta el momento, tiene razón: las probabilidades dicen que sí.

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