Cada septiembre, mientras las ciudades empiezan a recuperar la rutina, el campo español vive un momento solemne y alegre a la vez: la vendimia.

De norte a sur, las cuadrillas entran en los viñedos para recoger una uva que ha pasado todo el verano concentrando azúcar bajo el sol. Es el instante en que el año agrícola se juega la cosecha y en que el vino, todavía mosto, empieza a soñar con la barrica.

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La vendimia no entiende de festivos ni horarios de oficina: empieza al amanecer, cuando la uva está fresca, y marca el pulso de pueblos enteros durante semanas.

Mucha superficie en viñedos, poco vino en las copas

España puede presumir de lo que marcan los números: es, con diferencia, el primer país del mundo en superficie de viñedos, con más de 900.000 hectáreas, alrededor del 13% del total del planeta.

Solo Castilla-La Mancha concentra casi la mitad de esos viñedos y es, por sí sola y para sorpresa de muchos, la mayor región vitivinícola del mundo.

En volumen producido es el tercer país, detrás de Italia y Francia, y es el segundo exportador del mundo por cantidad. La cosecha de 2025 rozó los 38 millones de hectolitros, una cantidad difícil de imaginar: ríos de vino que se reparten por casi doscientos países.

Y aquí aparece la paradoja inesperada.

Pese a tener más viñas que nadie, el español bebe poco vino: en torno a 21 o 24 litros por persona y por año, una de las cifras más bajas de Europa, muy lejos de franceses o italianos.

Es decir, es el país que más uva planta y casi el que menos vino descorcha. Cultiva para el mundo pero en casa, se ha cambiado en buena medida la tradicional bota por la caña de cerveza que avanza sin respiro.

Buena parte de ese vino, además, se vende a granel y a precio bajo, lo que explica que se exporte más litros que Francia pero se recaude bastante menos.

De los romanos, la "suerte" de la filoxera y la amplia gama de cepas.

La historia del vino español es larga y, alguna vez, afortunada por accidente. La cultivaron los romanos, sobrevivió incluso bajo el dominio musulmán y dio un salto decisivo a finales del siglo XIX por una desgracia ajena: la filoxera, la plaga que arrasó los viñedos franceses.

Sin uva en casa, muchos bodegueros de Burdeos cruzaron los Pirineos y se instalaron en La Rioja y Navarra, trayendo sus variedades, su maquinaria y sus métodos.

De aquel éxodo nació buena parte del prestigio de los tintos del norte. A veces la suerte de uno se cuece en la desgracia del vecino, y el mapa del vino español que hoy conocemos se dibujó, en parte, con la cultura y la tradición francesa.

Hoy el país atesora unas 150 variedades autóctonas, aunque el grueso de la producción se sostiene sobre unas veinte: el tempranillo manda en Rioja y Ribera del Duero, el albariño se adueña de las Rías Baixas, la garnacha destaca su presencia en viñedos viejos, el palomino se desarrolla en el sur y se expresa en los vinos de Jerez y el airén se extiende en los secanos de La Mancha, esas amplias extensiones de tierras de cultivo en el interior. Son tierras que dependen exclusivamente del agua de la lluvia, sin emplear sistemas artificiales de riego.

Junto a ellos conviven el cava del Penedès y el verdejo de Rueda, exhibiendo un mosaico que pocos países pueden exhibir.

Un producto transversal, desde lo más humilde a lo más sofisticado.

La vendimia tiene una doble cara que la hace irresistible. Por un lado, lo más rústico y popular: el mosto recién prensado, dulce, fresco, turbio y sin alcohol, que se bebe casi como un jugo y que en muchos pueblos marca el verdadero arranque del otoño y la "pisa de la uva", al patero como le dicen en Argentina, que es el rito ancestral de aplastar el fruto con los pies descalzos y que aún protagoniza fiestas de la vendimia como las de Jerez, en pleno septiembre, o las riojanas de San Mateo en Logroño.

Del otro lado, entrando al terreno de la sofisticación están: crianzas, reservas y grandes reservas que dormirán años en barrica de roble hasta convertirse en alta joyería líquida.

No es casualidad que este 2026 Jerez ostente el título de Capital Española de la Gastronomía, recordándonos que el vino, en España, nunca es solo una bebida: es paisaje, turismo, economía -aporta cerca del 1,6% del PIB y más de 360.000 empleos- y, sobre todo, cultura en la mesa.

La verdadera cosecha y el verdadero sentido del vino.

Hay algo que una botella de vino encierra mejor que cualquier manual de enología.

En el alma de cada botella está el beberlo acompañado. Una copa pide siempre una mirada, una conversación, alguien enfrente con quien brindar y dejar que ese momento se alargue como si no existieran los relojes.

Y esa es la verdadera cosecha que renueva septiembre, más allá de los hectolitros y de los rankings.

La certeza de que las mejores cosas, como un buen vino, necesitan tiempo y espacio. Es el momento para descorchar, abrirlo y abrirse sin apuro, y para compartir con la gente que merece la pena. Es la ceremonia donde los cinco sentidos estarán presentes.

Porque además, mientras quede algo en la botella, siempre habrá espacio para una historia más.

¡Vamos a por ella!

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