El Reino Unido ha cerrado de forma abrupta uno de los capítulos más convulsos de su historia política reciente. Coincidiendo con la víspera del décimo aniversario del referéndum del Brexit —la histórica consulta que determinó la salida del país de la Unión Europea—, se ha consumado la caída de otro primer ministro. Con la renuncia oficial de Keir Starmer, Gran Bretaña se prepara ya para el advenimiento del séptimo jefe de Gobierno en diez años: el también laborista Andy Burnham.
En su conferencia de prensa frente a Downing Street 10, Starmer afirmó que habló con el Rey Carlos III esta mañana para informarle de su decisión de dimitir. Ha solicitado al Comité Ejecutivo Nacional del Partido Laborista que establezca un calendario para la presentación de candidaturas para el liderazgo, que debería comenzar el 9 de julio y concluir antes del receso de verano. Esto significa que habrá un nuevo líder antes de que el parlamento reanude sus sesiones en septiembre. Hasta entonces, permanecerá en su puesto como primer ministro, según afirma.
El anuncio oficial ante el número 10 de Downing Street y el calendario de salida
Tras semanas de intensas presiones internas, Starmer ha comparecido finalmente esta mañana ante las puertas de su residencia oficial en el 10 de Downing Street para hacer público el calendario de su dimisión. El anuncio sume al país en una nueva etapa de transición política en plena efeméride de su ruptura con Bruselas.
En su declaración, Starmer afirma que la pregunta que se plantea su partido es si él es la persona más indicada para liderarlo en las próximas elecciones generales, frente a esto, dice que ha "escuchado la respuesta" de su partido a esa pregunta y que "acepta esa respuesta de buena gana".
Además, defendió que cada decisión que ha tomado ha tenido como objetivo "poner en primer lugar al país que amo". Y sumó: "Renunciaré como líder del Partido Laborista".
Antes de anunciar su renuncia, Starmer afirmó haber heredado un Partido Laborista que estaba "en bancarrota política, financiera y moral". Consigna que le dijeron "una y otra vez" que el partido estaba "acabado", pero que "les demostró que estaban equivocados" y que logró transformar el partido "arrancando el veneno del antisemitismo".
La paradoja de una gestión calificada como "políticamente radiactivo"
El desenlace de este mandato pone fin a un periodo marcado por el aislamiento del ya exlíder laborista. En los círculos políticos de Londres se llegó a definir su posición como "políticamente radiactiva" de una manera genuinamente británica: la opinión pública le detestaba, sus propios parlamentarios le aborrecían y los donantes tradicionales del laborismo le habían retirado su respaldo.
Durante sus menos de dos años de gestión, Starmer logró una compleja paradoja: ser percibido por la ciudadanía como un individuo carente de creencias políticas firmes y, al mismo tiempo, ser tildado de ideólogo inflexible por negarse a abandonar una versión modernizada de la "tercera vía" de Tony Blair, de quien diversas fuentes afirman que ejercía una influencia considerable sobre el primer ministro saliente.
Los errores territoriales y la fractura interna del gabinete
Entre las filas de sus parlamentarios, el calificativo de "arrogante" se convirtió en un reproche generalizado. Starmer no se molestó en llamar por teléfono a varios de ellos hasta que sufrió su primera catástrofe electoral en los comicios locales de mayo del año pasado.
Poco antes de ese descalabro, tampoco consideró necesario hacer campaña en las elecciones al Parlamento por la circunscripción de Runcorn and Helsby. Los laboristas, que apenas diez meses antes habían ganado con solidez ese escaño por un margen de 14.696 votos, perdieron la posición por apenas seis papeletas de diferencia. Aunque la presencia del primer ministro muy probablemente habría evitado la derrota, Starmer evitó asumir responsabilidades en su momento, limitándose a declarar: "He tomado nota".
Esta frialdad institucional terminó por fracturar su propio gabinete. El pasado mes de julio, tras una rebelión interna laborista que obligó al Ejecutivo a diluir su reforma sobre las prestaciones por discapacidad y enfermedad, Starmer se negó de manera explícita a garantizar públicamente la permanencia en el Gobierno de la promotora de dicho plan, la ministra de Economía Rachel Reeves.
Las decisiones fiscales y legales que distanciaron a la base laborista
El hundimiento político de Starmer se vio acelerado por un empecinamiento constante en adoptar medidas que indignaron a sus propios votantes. Una de las primeras decisiones de su Administración consistió en recortar las subvenciones a los jubilados destinadas a sufragar la calefacción. Aunque la iniciativa se justificó bajo criterios de sostenibilidad fiscal, políticamente se interpretó como una postura que superaba a la histórica primera ministra Margaret Thatcher por la derecha, alienando a los simpatizantes tradicionales.
A esto se sumó la polémica ilegalización bajo la legislación antiterrorista del colectivo Palestine Action, un grupo cuya violencia se había dirigido de forma esencial contra la propiedad (sabotajes, pintadas, allanamientos y daños materiales contra objetivos militares o de la industria de la defensa). La decisión de situar a esta organización dentro de la misma arquitectura legal aplicada a los grupos terroristas clásicos fue calificada de absurda por los analistas, logrando enfurecer a la izquierda laborista, a los sectores jóvenes y a las minorías del país.
El último intento de resistencia y la analogía del "cadáver político"
Hasta el último momento del anuncio de su dimisión, la única línea de defensa de Starmer fue su íntimo convencimiento de que, si se le concedía el tiempo suficiente, el electorado terminará premiando las directrices de su gestión. Como maniobra final de contención, la semana pasada ofreció a su previsible sucesor, Andy Burnham, un puesto sénior dentro del organigrama del Gobierno.
Un asesor del propio primer ministro comparaba ayer en las páginas del diario The Times la situación del mandatario con el célebre personaje de Mark Twain, Tom Sawyer, quien asiste en secreto a su propio funeral. Sin embargo, las fuentes recordaban una diferencia crítica: en la obra literaria el personaje está vivo; Starmer, atrapado en su propia crisis, no se había dado cuenta de que el cadáver político era él.
Mientras que Keir Starmer llegó al poder respaldado por 9,7 millones de votos y una abrumadora mayoría de 411 escaños en el Parlamento, Andy Burnham se prepara para asumir las riendas del país tras haber logrado únicamente 24.927 votos y un solo escaño: el suyo propio. Así opera el parlamentarismo británico, donde el nuevo jefe del Ejecutivo no requiere el refrendo directo de las urnas generales, sino que cuenta con la legitimidad que le confiere el apoyo de sus colegas en la Cámara de los Comunes.