9 de octubre de 2026 13:56 hs

Tres años atrás, Hamás golpeó de manera sorpresiva y brutal.

Con una operación fríamente calculada, produjo la jornada más mortífera de la historia de Israel y cambió definitivamente no solo la coyuntura de Medio Oriente, sino también la de Occidente.

El ataque abrió una paradoja: mientras sus autores registraban las atrocidades, sectores de Occidente comenzaban a restarles importancia. La resistencia palestina y la disputa territorial irresuelta se invocan como argumentos irrefutables para anteponer el contexto a la condena.

Sectores del feminismo evitaron reconocer la violencia sexual contra las mujeres israelíes. Grupos vinculados a la defensa de los derechos humanos no encontraban en la brutalidad contra niños y personas indefensas motivos suficientes para una condena tajante.

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El ataque, los festejos registrados en Gaza y en sectores del mundo árabe, y los intentos de encubrirlo muestran una grieta imposible de resolver. No hay solución de dos Estados o de mil Estados capaz, por sí sola, de cerrar la brecha que dejó expuesta aquella deshumanización.

Esa fractura atraviesa importantes sectores de la izquierda y de la extrema derecha, pero también a círculos intelectuales, académicos y artísticos dominantes. Desde entonces, iniciativas como la patética flotilla de Greta Thunberg redoblaron el ataque a Israel y olvidaron a Hamás.

Días atrás, en Países Bajos, Sabine Tassa, cuyo marido y su hijo fueron asesinados por Hamás, interrumpió una proyección de la polémica película NAZA para recordar a las víctimas. No consiguió empatía.

Algunos espectadores le gritaron: “No nos importa” y “Deberías avergonzarte”.

Quizás algún día Israel decida difundir las imágenes completas tomadas por los propios atacantes. Posiblemente el horror crudo ante nuestros ojos aporte reflexión, autocrítica y la posibilidad de pensar el terrorismo como lo que es, en cualquier escenario y contexto.

El ataque del grupo terrorista Hamás del 7 de octubre de 2023 en la frontera de Gaza.

El ataque del grupo terrorista Hamás del 7 de octubre de 2023 en la frontera de Gaza.

Un nuevo mundo, con nuevos protagonistas

El 7 de octubre representó también la confirmación de un cambio en la manera de entender el funcionamiento del mundo. Esa transformación ya se había manifestado con los ataques de Al Qaeda a las Torres Gemelas en 2001 y con la invasión rusa a Ucrania en 2022.

Lo cierto es que la sociedad global contemporánea se aleja del orden construido después de 1945, organizado alrededor de la ONU y del derecho internacional. Un orden que buscaba limitar la soberanía absoluta de los Estados y otorgar prioridad a los derechos humanos.

Así aparece otra paradoja: la insistencia en los dos Estados como santo y seña progresista. Como si decirlo bastara para terminar con el problema. Viendo el rumbo del mundo, está claro que no alcanza con dividir dos pedazos de tierra y trazar una línea entre ellos para disipar la violencia.

Si la comunidad internacional quiere una solución efectiva, debería comprometerse seriamente con ella. Eso implica poner todo el peso de sus instituciones para garantizar que quienes gobiernen un posible Estado palestino acepten la existencia de Israel y la convivencia pacífica.

También debe ofrecer garantías creíbles de que las desavenencias que surjan, como ocurre entre muchos países, se resolverán con mecanismos diplomáticos. Esto es fácil decirlo, pero el problema es quién le pone el cascabel al gato: quién y cómo garantiza que los acuerdos se cumplan.

El Primer Ministro de Israel, Benjamin Netanyahu (c), visita el Corredor Netzarim, en Gaza.

El Primer Ministro de Israel, Benjamin Netanyahu (c), visita el Corredor Netzarim, en Gaza.

Más allá de Netanyahu

Aquí aparece un hecho decisivo: los Estados ya no son los únicos protagonistas de la política internacional. Hamás no es un Estado: es una organización terrorista, bien armada y financiada, que ha recibido durante años el apoyo del régimen iraní.

Muchas organizaciones internacionales y no gubernamentales siguen abordando estos conflictos con herramientas pensadas para un mundo dominado por los Estados nacionales. Pero las vías tradicionales de presión de la comunidad internacional encuentran allí límites evidentes.

Por eso, lo más sencillo es concentrar la crítica en Israel. Es también el camino que ofrece mayores réditos en los circuitos de subsidios de los países nórdicos, favorece las carreras en la comunidad artística y académica y otorga prestigio en los medios progresistas.

Esa crítica encuentra un destino especialmente cómodo en el actual primer ministro Benjamín Netanyahu (foto). Pero el fondo del problema no tiene que ver con la coyuntura política de Israel: no importa quién ocupe ese cargo, el problema sigue siendo el mismo.

¿Cómo hace un país para defender a sus ciudadanos y proteger su territorio cuando enfrenta a grupos que no buscan resolver una disputa territorial, sino eliminarlo? No hay negociación capaz de resolver la cuestión mientras una de las partes busque terminar con la otra.

Greta Thunberg hace el anuncio

Greta Thunberg hace el anuncio

Occidente en el blanco

Este dilema abre otra dimensión que desde entonces se volvió sistemática: la crítica a Israel desde el mundo woke, los círculos académicos y universitarios y amplios sectores de la intelectualidad y del ámbito artístico con influencia en los medios, la cultura y el debate público.

Se ha desarrollado un antisemitismo cuyo fundamento no es necesariamente étnico, como ocurre en sectores del mundo árabe, sino ideológico. Esa disputa se ve con claridad en Europa y en Estados Unidos, incluso en grupos del Partido Republicano cercanos al vicepresidente JD Vance.

La crítica a Israel excede a su primer ministro y la cuestión de Gaza: cuestiona al propio Occidente en nombre de un ideario que busca reordenar sus valores fundacionales, priorizando lo cultural, religioso y étnico por sobre la libertad y la democracia.

Israel representa una parte tradicional de ese mundo occidental insertada en un espacio geográfico cuyas tradiciones políticas son muy diferentes. En su entorno predominan regímenes autoritarios o con fuerte influencia las corrientes islamistas radicalizadas.

Los derechos humanos, en particular los de las mujeres y las personas LGBT+, así como la libertad de prensa y de expresión, enfrentan impugnaciones severas. La relación entre Estado y sociedad funciona de una manera muy distinta de la que debe caracterizar a las sociedades abiertas.

Tres años después, el 7 de octubre sigue poniendo a prueba a Occidente.

Cuando la crítica a Israel sirve para borrar la responsabilidad de sus verdugos, la libertad y los derechos humanos dejan de ser principios universales y se convierten en consignas de uso selectivo.

Cuando una comunidad exige a las víctimas avergonzarse mientras encuentra excusas para sus asesinos, está comprometiendo su propio futuro.

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