Bolsonaro ganó en São Paulo, Río de Janeiro, el Distrito Federal —donde está Brasilia—, Paraná, Santa Catarina, Rio Grande do Sul y Minas Gerais, entre los distritos más importantes. Lula, por su parte, triunfó en sus bastiones del nordeste, como Bahía, Pernambuco, Ceará y Piauí.
Si bien la diferencia no llega a dos puntos, revertir este resultado de cara al balotaje se presenta como una tarea muy compleja para Lula. Para empezar, los candidatos minoritarios, que suman casi 8% de los votos, se inclinan, en general, hacia la derecha. Ahí podría crecer Bolsonaro.
La estrategia de redoblar los ataques contra los flancos más débiles del candidato de derecha estaría orientada a desalentar la participación de sus votantes más que a ganar nuevos apoyos. Esto podría pesar en aquellos estados donde ya no haya gobernadores en disputa.
Por supuesto, todo esto supone una apuesta muy fina. Si las cosas se mantienen como hasta ahora y no hay grandes errores ni novedades, la reelección de Lula parece una posibilidad lejana. Pero esto es política y es América Latina. Todavía todo puede pasar.
Cómo quedó el corazón político de Brasil
El Congreso y las gobernaciones también estaban en juego. Como en la presidencial, la derecha obtuvo una victoria importante. Aunque ese resultado no le garantiza el control de las cámaras, contará con una primera minoría que es una base relevante para construir poder.
Según el experto en elecciones y política brasileña Patricio Gómez Talavera, en caso de ganar el balotaje, “Bolsonaro deberá construir una coalición parlamentaria para gobernar y lidiar con un presidente del Senado muy poderoso —como Davi Alcolumbre—”.
También agrega que tendrá que “encarar una renovación en la cúpula de ambas cámaras donde es prácticamente imposible que imponga a alguien propio: las sillas principales van a quedar indefectiblemente en manos de figuras que respondan a la lógica y los intereses del Centrão”.
La negociación con el Centrão es un clásico de los presidentes brasileños. Este bloque informal de partidos, de orientación mayormente centroderechista y alianzas flexibles, históricamente negocia su respaldo al gobierno de turno a cambio de cargos, presupuesto y cuotas de poder.
La fortaleza electoral de la derecha también se reflejó en las gobernaciones. Cinco de los gobernadores elegidos en primera vuelta pertenecen al Partido Liberal, la agrupación de Bolsonaro, que se consolidó como el partido con más estados ganados en esta instancia.
Otro dato clave es que a esas victorias se suman las de aliados directos. Entre ellos destaca Republicanos, que se impuso en São Paulo, con Tarcísio de Freitas, y en Minas Gerais, con Cleitinho Azevedo: los dos estados más poblados del país.
Lo cierto es que Brasil está polarizado en múltiples planos: geográfico, político, económico y religioso pero Lula tampoco tenía una economía reluciente que permitiera olvidar esas divisiones. Las expectativas que generó su elección en 2022 no se tradujeron en mejoras en la vida cotidiana.
Incluso en amplios sectores populares, el voto económico explica el triunfo de Bolsonaro, junto con sus posiciones frente a la inseguridad. El candidato supo conectar con esas demandas y presentar sus propuestas como una respuesta al desgaste del oficialismo.
De hecho, según Gómez Talavera, las pérdidas electorales de Lula “han sido bastante homogéneas, en el sentido de perder 2 o 3 puntos en la zona norte, en la zona industrial de Camaçari, el norte de Salvador y los conurbanos de Belo Horizonte, Río de Janeiro y São Paulo”.
Los Bolsonaro
Esta noche los Bolsonaro no solo festejan el triunfo en la primera vuelta. Michelle, la esposa del expresidente, fue elegida senadora, al igual que Carlos, uno de los hijos de Jair, mientras que Jair Renan obtuvo una banca de diputado federal. ¿Habrá indulto si Flávio gana el balotaje?
Pero la campaña no empezó tan fácilmente para el mayor de los hijos de Jair Bolsonaro. Su padre estaba preso, con problemas de salud e impedido de competir. Eduardo, el tercer hijo y otro de los posibles herederos políticos, permanecía en Estados Unidos, condenado por la justicia brasileña.
En esa coyuntura, Flávio debió asumir la candidatura presidencial con controversias personales y acusaciones de corrupción a cuestas. Al mismo tiempo, tenía poco ascendiente sobre los diferentes grupos de derecha, muy asentados en la política brasileña.
Por eso, su triunfo se construyó paso a paso, casi con obstinación, y se consolidó a medida que se acercaba el momento del voto. La polarización también empujaba a los indecisos y a los disconformes a decidirse por uno u otro.
A diferencia de su padre, Flávio mostró un estilo menos belicoso y más cercano a sectores del establishment. Su principal acierto fue colocar en el centro de la campaña las preocupaciones cotidianas de los electores, por encima de los grandes debates ideológicos.
¿El final político de Lula es el fin de la izquierda?
Para Lula, en cambio, esta campaña tenía poco de futuro. A los 80 años, representaba el cierre de su trayectoria política y la revalidación de su liderazgo en Brasil. Al mismo tiempo, abría el interrogante sobre una sucesión que la izquierda brasileña nunca logró resolver.
Su gestión no ha tenido grandes problemas económicos; incluso hay buenas noticias en algunos sectores de la producción. Sin embargo, queda la imagen de una sociedad estancada, necesitada de reformas que muy difícilmente el Partido de los Trabajadores lleve adelante.
Posiblemente, el equipo de Lula haya percibido estas falencias. Por eso, en los últimos días de campaña redobló su apuesta con medidas dirigidas a los sectores populares, como la prohibición de las apuestas online, el aumento del Bolsa Família y la renegociación de deudas familiares.
Pero estos anuncios de última hora también pudieron percibirse como movimientos desesperados y, sobre todo, sin garantías de continuidad. Además, dejaron abierta una pregunta incómoda: ¿por qué no lo hizo antes?
Finalmente, una victoria de Bolsonaro en el próximo balotaje reforzaría una inédita convergencia de gobiernos de derecha en América del Sur. Estos mandatarios tienen discursos más radicales y, en materia geopolítica, muestran una clara afinidad con Donald Trump.
Lula tiene tres semanas para convencer a los brasileños de que todavía puede ofrecerles un futuro. Ese es el desafío más difícil para un dirigente acostumbrado a invocar sus éxitos del pasado.
El próximo 25 de octubre se sabrá si le queda una última victoria o si la izquierda brasileña deberá afrontar la pregunta que lleva años postergando: qué hacer sin él.