Solo hay que recorrer el mapa del planeta.

Es el tiempo de los territorios. Desde hace casi cinco años porque el puntapié inicial se podría dar por declarado el 24 de febrero de 2022, la madrugada en la que las tropas de la Rusia de Vladimir Putin cruzaron la frontera de Ucrania para iniciar una guerra sin fin.

Guerras hubo siempre, claro. Pero la invasión de Ucrania y el hostigamiento de Rusia con tanques, misiles y drones puso en marcha un momento geopolítico diferente con conflictos armados y guerras convencionales en todo el mundo.

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- Luego de la invasión rusa a Ucrania, el nefasto 7 de octubre de 2023 el grupo terrorista Hamás invadió un vecindario de Israel en la frontera con Gaza, asesinando a 2500 personas, secuestrando a otras 1250, matando a niños, ancianos y violando a cientos de mujeres israelíes y también de otros países.

- En respuesta, Israel mantiene una guerra convencional contra Hamás en Gaza, contra Hezbollah en el Líbano y contra los terroristas Hutíes en Yemen, a la que todavía no ha puesto fin.

- Hace seis meses, Donald Trump (junto a Israel) pusieron en marcha la guerra contra objetivos militares de Irán, que respondió atacando también bases militares de EEUU en Medio Oriente y bombardeando a los países árabes que pretendieron ser neutrales: Arabia Saudita, Kuwait, Qatar y los Emiratos. No han podido hasta ahora reestablecer el tráfico estratégico del petróleo a través del estrecho de Ormuz

- También hay guerras civiles en Sudán y el Congo Democrático, en Africa, y otro conflicto interminable en Myanmar, la ex Birmania, un incendio permanente en el sudeste asiático.

La crisis de Pedro Sánchez en Ceuta

Pero son otros dos los territorios que llaman la atención del mundo en estos días. Ninguno de ellos, afortunadamente, ha entrado en alguna guerra convencional, pero sí han despertado reclamos, denuncias y pasiones que parecían dormidos.

Uno es el territorio que España conserva en el norte de Africa desde hace cinco siglos: son las ciudades de Melilla y de Ceuta, pero es esta última la que generó una conmoción global cuando una invasión de más de 60.000 inmigrantes ilegales marroquíes se lanzó a su conquista por tierra y nadando los 2.000 metros que hay entre las costas de Marruecos y la playa española sobre el mar Mediterráneo.

La invasión de la ciudad española está provocando una gigantesca crisis política al gobierno del socialista Pedro Sánchez, quien debió soportar una protesta de miles de españoles en todo el país y un interrogatorio en el Congreso que lo mostró débil y sin respuestas ante una oposición enardecida.

Dice un informe estratégico de la Policía de España, que ahora investiga la Justicia, que los invasores fueron guiados dócilmente por agentes marroquíes y que el objetivo de la dictadura que lidera el Rey Mohamed VI es provocar un caos que termine en la anexión de las ciudades de Ceuta y Melilla, los últimos enclaves europeos en el continente africano. Ante la prensa marroquí, tres de sus ministros lo confirmaron sin dudar un solo segundo.

Shockeados por la situación, los ministros de Pedro Sánchez balbucean algunos que sabían y otros que no sabían que se veía la invasión a Ceuta. En el Congreso, el presidente de España dejó en claro que ignoró todas las señales y que su decisión era no tomar ninguna decisión. Un verdadero simulacro de sorpresa.

Lo que si fue una sorpresa geopolítica verdadera es la reacción del presidente argentino, Javier Milei, en torno al territorio de las islas Malvinas, una colonia británica anexada en 1833 al invadir dos islas del Atlántico sur, desguarnecidas en aquellos tiempos y a solo 500 kilómetros de la Patagonia argentina.

Desde entonces, la Argentina reclama la restitución de las islas Gran Malvina y Soledad al Reino Unido que, en esos dos siglos, fue desarmando -aunque mantuvo a los territorios más extensos como Comunidad Británica- ese imperio colonial que había conquistado a fuerzas de invasiones, bloqueos marítimos y esclavitud.

Gobernada en 1982 por una dictadura militar, la Argentina recuperó las islas Malvinas durante 74 días hasta que la Armada británica, ayudada por EEUU y el presidente de entonces, Ronald Reagan, logró retomar el control político y militar que ejerce hasta hoy.

La guerra perdida por la Argentina la hizo retroceder en cuanto a la posibilidad de recuperar su legítima soberanía. Pero lo que jamás retrocedió fue el sentimiento y la emocionalidad que las islas despiertan en los argentinos.

Sin distinción de ideología política, la inmensa mayoría de la población considera a Malvinas una causa nacional. Y, de hecho, puede considerarse como lo más parecido a una política de estado junto a la explotación de shale gas de Vaca Muerta, en la provincia de Neuquén, muy cerca de la cordillera de los Andes.

La oportunidad de Milei en Malvinas

Lo que sucedió en los últimos meses fue la brecha que EEUU, por impulso de su presidente Donald Trump, abrió con Inglaterra, su aliado histórico con el que combatió al nazifascismo en la Segunda Guerra Mundial.

Los acusa de falta de compromiso en la guerra inconclusa con Irán y de no querer aumentar el aporte financiero que los británicos le hacen a la OTAN, la alianza militar del Atlántico Norte.

Fue entonces que Donald Trump y el Pentágono comenzaron a emitir señales sobre la posibilidad de pasar a respaldar el reclamo argentino sobre las islas Malvinas. De aquellos satélites de Reagan que ayudaron a Margaret Thatcher a hundir el crucero General Belgrano (matando a 323 soldados fuera de la zona de guerra) a estas amenazas de EEUU que preocupan al gobierno británico en manos de laboristas que se niegan a aumentar el presupuesto de defensa de la OTAN. A solo 44 años del conflicto.

Javier Milei vio la oportunidad, recogió el guante y dio un discurso por cadena nacional para anunciar sanciones a las empresas petroleras que extraigan combustible en Malvinas; prometió avanzar con la base naval que la Argentina tenía congelada en Usuahia y apuntarle a la consolidación en la Antártida, donde el país tiene 13 bases científicas y dispone de casi un millón y medio de kilómetros de hielo y glaciares si se cumple en el futuro el Tratado Antártico al que adhieren EEUU y, justamente, Gran Bretaña.

¿Podrá Argentina avanzar concretamente en la recuperación de las islas Malvinas? Parece difícil, pero cualquier avance hacia un espacio de diálogo diplomático donde sea aceptada la Argentina o la misma sugerencia de Milei a la prensa británica (¿por qué no explorar una salida parecida a la que los británicos le dieron a China para recuperar Hong Kong en 1997?) podría constituir un hito cuando solo faltan siete años para que se cumplan dos siglos de aquel infausto 1833.

España -y Pedro Sánchez- podrían ensayar algún intento similar en el Peñón de Gibraltar, territorio controlado por Gran Bretaña en el punto más estratégico del mar Mediterráneo.

Pero la diferencia es que los españoles lo cedieron en 1713 por el Tratado de Ultrecht y, aunque nunca abandonaron el reclamo de recuperarlo, mantienen una buena relación con los británicos para poder ingresar al territorio con la mayor cantidad de garantías posibles para sus ciudadanos.

La geopolítica y las elecciones

Es curioso, pero Javier Milei -quien es economista y al que muchos dirigentes acusan de desconocer al arte de la política- podría terminar obteniendo un rédito impensable de un factor geopolítico y profundamente emocional como es la eventual modificación del estatus colonial de Malvinas.

Por lo pronto, Milei ha logrado en estos primeros días de debate malvinero paralizar a sus opositores y dejarlos con escaso margen para desarrollar una narrativa. ¿Cómo oponerse, por ejemplo, a castigar a las empresas extranjeras que pretendan llevarse los recursos de las islas tributando a los ingleses?

En cambio, el experto dirigente político que es Pedro Sánchez, el surfer que ha esquivado cada crisis para mantenerse ocho años en el poder, parece una presa arrinconada ahora que sus opositores agitan las banderas de España y de Ceuta, y lo acusan de venderse al oro marroquí por alguna frase inconveniente que ha dicho y que el astuto país africano guarda en sus grabaciones de inteligencia.

Los dos, Pedro Sánchez en España y Javier en la Argentina, tendrán exámenes electorales en sus países el año próximo. El argentino para quedarse en lo posible cuatro años más en la Casa Rosada.

Y el español para resistir como sea un destino de jubilación, en el mejor de los casos, si es que los jueces no le preparan un infierno en Tribunales.

La hora de los territorios ha vuelto a marcar el derrotero de los países y de sus gobernantes.

Quien mejor lo entienda tendrá la mejor oportunidad de quedar en la historia.

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