Hay momentos en que la política quiebra su lógica.
Y los líderes que parecían inexpugnables, inmunes a todo incluso a las evidencias de corrupción, se muestran débiles a los ojos de todo el planeta.
Acostumbrado a sorprender a sus enemigos políticos, Pedro Sánchez paga en la tragedia de Ceuta el precio de su fallida política migratoria. Por primera vez, luce debilitado y sus adversarios -de Núñez Feijóo a Giorgia Meloni y Donald Trump- buscan aprovechar el momento para atacarlo. En un año, España tendrá elecciones.
Y los líderes que parecían inexpugnables, inmunes a todo incluso a las evidencias de corrupción, se muestran débiles a los ojos de todo el planeta.
Es lo que pasó esta semana con Pedro Sánchez.
El socialista invencible, alto, guapo, el que habla en inglés sin acento español y se da el lujo de burlarse de sus enemigos, aunque su esposa y su hermano enfrenten causas de corrupción, y su mano derecha en el gobierno (José Luis Abalos) y su mano izquierda en el PSOE (Santos Cerdán) estén presos.
Uno en la cárcel y el otro en su casa, pero preso.
El mismo camino que pronto recorrerá su consejero y mentor, el ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero, quien no puede explicar ni las mordidas de cada contrato millonario que pasó cerca de sus manos y ni siquiera explica las joyas y los relojes que estaban muy mal escondidos en su caja fuerte.
Pero Pedro lleva ocho años en el poder, inventando una maniobra para cada encerrona y sacando conejos de la galera que la mayoría de los españoles han comprado en cada ocasión. El mismo truco que le funcionó en 2023, cuando perdió las elecciones presidenciales, pero sobornó a los catalanes independentistas y a los vascos nostálgicos de ETA para quedarse un tiempo más en la Moncloa.
Y después, cuando el humo sanchista comenzó a disiparse, Pedro tomó la bandera del progresismo woke para enfrentarse a los malísimos de la derecha, Donald Trump y Javier Milei, y encolumnar a los cándidos del estado del bienestar europeo.
El último parque temático del mundo, como les llama desde Lisboa a las amables sociedades europeas, el experimentado analista argentino Andrés Malamud.
¿Qué ha pasado ahora para que la magia de Pedro Sánchez corra el riesgo de perder su efecto?
Desde hace tiempo, Sánchez viene intentando contentar a Argelia (un régimen autoritario que le provee a España el 40% del gas con el que funciona) y a Marruecos, una monarquía dictatorial que presiona a España desde hace años para recuperar Ceuta y Melilla, los dos territorios que el Reino de España conserva en Africa desde que expulsó a los musulmanes después de 800 años de califato.
Cada vez que Pedro Sánchez le hace un gesto amistoso a Argelia, Marruecos le devuelve un cachetazo sorpresivo para recordarle quien debe ser su principal aliado africano.
Es lo que pasó el último jueves. La Policía marroquí dejó pasar a miles de jóvenes por la frontera con Ceuta y Sánchez dormía en las vacaciones de fines de julio como la mayoría de los españoles.
¿Resultado? Invasión y el caos. La irrupción masiva de marroquíes a Ceuta expuso como nunca antes el resultado de su fallida política migratoria.
Los videos viralizados de las imágenes tremendas de más de 60.000 marroquíes recorriendo a piacere las calles indefensas de Ceuta espantaron a los españoles, aún a muchos de aquellos que votaron a Sánchez en la última elección. Casi todos varones jóvenes, todos desafiantes, muchos, demasiados, violentos y, según lo admite la Policía española, unos cuántos salidos de las cárceles marroquíes, un método que el Rey Mohamed VI utiliza para hacerle sentir al amigo Sánchez el rigor islamista.
Hay imágenes que son icónicas. El Mercadona (el supermercado estrella de España fundado por el valenciano Juan Roig) rodeado de marroquíes con ganas de asaltarlo; el mar y las calles de Ceuta llenos de basura y de neumáticos usados como flotadores; y los cientos de testimonios repitiendo una misma frase: “Somos españoles, estamos solos y nos sentimos abandonados”. La indignación crecía segundo a segundo e inundaba las redes sociales.
Porque una cosa son las pateras, esas lanchas que traen a los inmigrantes ilegales a las playas de Andalucía, Cataluña o a las islas Baleares o a las Canarias con 20, 30 0 50 africanos que pagan el viaje a los traficantes de gente. Y otra cosa es ver a esos miles de marroquíes gritando y arrojando piedras en las calles de un territorio español.
De ahí a reclamar Ceuta y Melilla como las colonias africanas que España le debe a Marruecos hay un solo paso. La cuenta es simple. Son más los marroquíes que pueden atravesar la frontera que los policías y soldados que pueden defenderla.
Quizás por eso, porque advierte ese miedo y esas broncas de los españoles contra Pedro Sánchez, el siempre moderado Alberto Núñez Feijóo se subió a un avión y cruzó el Mediterráneo para hacer la primera conferencia de prensa política denunciando al Gobierno de Pedro Sánchez por la indefensión de Ceuta y Melilla.
En camisa y con las calles desoladas de Ceuta como decorado, Núñez Feijóo se permitió burlarse de la barrera neumática flotante de 150 metros que Pedro Sánchez ordenó poner en la escollera que separa a España de Marruecos para evitar que los inmigrantes ilegales entren nadando como hasta ahora.
¿Porqué no lo hizo antes de la invasión? Es la pregunta que se hacen todos en España.
El Partido Popular está llamando a Pedro Sánchez para que se presente la semana próxima en el Congreso y de explicaciones sobre el escándalo. Casi nadie cree que esa utopía se transforme en realidad. La primera semana de agosto es temporada alta de veraneo en España y parece imposible arrastrar a los diputados desde las playas para ponerle el pecho a la crisis.
Cómo será de seductor el verano que hasta Pedro Sánchez se dejó atrapar por el sol apenas se apagaron los últimos insultos que recibió en Ceuta.
Posteó un video en Instagram con sus tres canciones preferidas de la temporada (sí, en plena crisis migratoria) y treinta horas después de la tragedia de Ceuta y de los 67 muertos ahogados en el mar, se acurrucó con su familia en la residencia oficial que los presidentes españoles tienen en La Mareta, un precioso balneario en la isla canaria de Lanzarote.
El problema es que Pedro no podrá abandonar el smartphone en la playa.
No solo lo atacan Núñez Feijóo, el duro de Vox, Santiago Abascal, y algunos de sus aliados. También han aprovechado varios de los líderes europeos para ajustarle las cuentas.
La temperamental italiana Giorgia Meloni se puso a la cabeza de la ofensiva anti Pedro anunciando que les va a pedir pasaporte a los españoles que disfrutan el Espacio Schengen libre de fronteras internas en la Unión Europea. Y, aunque la va de amigo, el sinuoso Emmanuel Macron plantó policías en todos los puestos fronterizos de Francia con una consigna clarísima: españoles si, más africanos no.
Claro que quien lo estaba esperando era Donald Trump. El magnate del cabello naranja aprovechó la reunión de gabinete en la Casa Blanca para pasarle factura. "Así va a quedar EEUU si los demócratas ganan las elecciones", se envalentonó ante su gente.
Con la guerra de Medio Oriente en punto muerto, a Trump le vino de maravillas el regalo inesperado de Pedro Sánchez.
Todavía no hubo pronunciamiento del otro enemigo de Pedro, el argentino Javier Milei.
Quizás porque todavía está ocupado en su guerra sudamericana con el brasileño Lula da Silva, a quien acaba de llamar “corrupto” y “presidiario”, abriendo un conflicto bilateral parecido al que distanció a España y Argentina en 2024 por el cruce de adjetivos ofensivos entre los presidentes. Se intuye. Cualquier circunstancia será propicia para reiniciar la guerra.
Bajo el sol canario y a orillas del océano Atlántico, Pedro Sánchez tendrá tiempo de evaluar alguna de sus clásicas maniobras para dar vuelta el escenario y recuperar la iniciativa. Hoy es un hombre a la defensiva que cometió el peor de los pecados para un político. Fue sorprendido por su propio error.
Como dijo el filósofo argentino Diego Armando Maradona sobre un embajador estadounidense, en Ceuta, a Pedro Sánchez se le escapó la tortuga.
Si no se adelantan, resta un año para las elecciones en España.
Y las tortugas son lentas, pero cuando manda el miedo, se hace muy difícil poder alcanzarlas.