Vivimos un mundo sin guión.
Posiblemente en la segunda mitad del siglo XX, cuando las cosas estaban más ordenadas, una separación de los países que integran el Reino Unido no estaba en ningún menú medianamente serio.
Escocia, Gales e Irlanda del Norte tienen por primera vez gobiernos encabezados por fuerzas que quieren abandonar el Reino Unido. La coordinación entre sus nacionalismos, el Brexit y la irrupción de Donald Trump convierten una hipótesis hasta hace poco marginal en una pregunta que Londres ya no puede ignorar.
Posiblemente en la segunda mitad del siglo XX, cuando las cosas estaban más ordenadas, una separación de los países que integran el Reino Unido no estaba en ningún menú medianamente serio.
Pero las cosas cambiaron mucho. Nadie puede asegurar que algo “no va a suceder”. El mundo se está adentrando en senderos inexplorados y aquello que tiene alguna posibilidad de ocurrir, aunque sea reducida, ya no puede descartarse.
Hace unos días, los partidos nacionalistas que gobiernan Escocia, Gales e Irlanda del Norte dieron un paso inédito. Sus líderes se reunieron en Cardiff, la capital galesa, y firmaron una declaración reclamando el derecho de sus pueblos a un futuro fuera del Reino Unido.
Por primera vez, los tres países son gobernados por partidos separatistas. Más allá de lo retórico, el dato es concreto: quienes hasta hace poco ocupaban posiciones periféricas hoy administran tres de sus cuatro naciones y comenzaron a coordinarse entre ellos.
A pesar de los desacuerdos entre las partes, desde fines de los noventa el Reino Unido transfirió importantes competencias a sus naciones: Escocia y Gales obtuvieron parlamentos y gobiernos propios, mientras Irlanda del Norte recuperó su autogobierno.
Escocia es hoy el punto más candente de esta coyuntura. En 2014, el 45% votó por abandonar el Reino Unido. El Partido Nacional Escocés, en el poder desde 2007, acaba de ganar nuevamente y reclama otro referéndum. Esta vez, con la intención de que sea definitivo.
Irlanda del Norte presenta un escenario tenso. Los Acuerdos de Viernes Santo prevén una consulta si pareciera probable una mayoría favorable a la reunificación. El triunfo electoral del Sinn Féin, partidario de abandonar el Reino Unido, muestra que esa posibilidad dejó de ser marginal.
Gales está bastante más atrás. El apoyo a la independencia sigue siendo minoritario y el nacionalismo galés evita fijar una fecha para un referéndum. Pero una reivindicación hasta hace poco marginal llegó al Gobierno, y eso no es algo menor.
El encuentro de Cardiff dejó además una frase que debería preocupar en Londres. El líder escocés aseguró que el inglés Andy Burnham podría convertirse en “el último primer ministro del Reino Unido”. Una provocación que ya no llega desde los márgenes.
Michelle O'Neill, primera ministra de Irlanda del Norte, fue todavía más gráfica: sostuvo que ningún primer ministro británico podrá “contener la marea” de los nacionalismos y calificó el cambio en marcha como “imparable”.
Pero tanta crudeza dialéctica también responde a la política interna. Lo cierto es que los resultados electorales pasados y las encuestas sobre el futuro tampoco muestran hoy tres mayorías claras dispuestas a abandonar el Reino Unido apenas Westminster habilite las urnas.
Durante su reciente visita a la República de Irlanda, un Estado independiente del Reino Unido, Donald Trump decidió meterse en uno de los asuntos más delicados de la política británica. Dijo que le “encantaría” ver una Irlanda reunificada y que sería algo “fantástico”.
La coincidencia temporal resulta sintomática. Trump hizo esas declaraciones apenas un día antes de la reunión de Cardiff y desde un país que libró una larga lucha por separarse del Reino Unido. Y agregó que, si la reunificación ocurrirá “tarde o temprano”, quizás fuera mejor que ocurra ahora.
No es una declaración menor. Estados Unidos tuvo un papel clave en los Acuerdos de Viernes Santo y sus presidentes fueron siempre cuidadosos. Bill Clinton definió que Washington no estaba ni a favor ni en contra de una Irlanda unificada. Trump, como acostumbra, traspasó esa frontera.
Y el gesto tampoco fue aislado: tiempo atrás le puso un freno al Reino Unido en la transferencia del archipiélago de Chagos a Mauricio. Y hace días había amenazado con revisar la posición estadounidense en la disputa que el Reino Unido mantiene con Argentina por las Islas Malvinas.
A estas tensiones se suma, en Inglaterra, una política interna cada vez más fragmentada y polarizada. El bipartidismo, durante décadas uno de los pegamentos del Reino Unido, se debilita ante la crisis conservadora y el crecimiento de Reform UK.
A ello se agrega la radicalización del Partido Laborista, visible en su giro sobre Israel y sus debates sobre defensa y la OTAN. Trump ya convirtió esto último en motivo de presión sobre Londres, poniendo incluso en duda su confiabilidad como aliado.
Quizás los nacionalistas hayan olfateado un clima propicio, o algo más. La pregunta no formulada es qué ocurriría si uno solo de esos movimientos consiguiera atravesar la puerta. Una Escocia independiente alteraría inmediatamente los cálculos en Gales.
Una Irlanda reunificada demostraría, por su parte, que las fronteras británicas pueden modificarse. Y cualquiera de ambos acontecimientos obligaría a Inglaterra a preguntarse qué significa seguir siendo británica cuando las otras naciones empiezan a dejar de serlo.
Hay, finalmente, una ironía histórica. Escocia e Irlanda del Norte votaron en 2016 por quedarse en la Unión Europea. Fueron Inglaterra y Gales quienes terminaron sacándolas contra su voluntad.
Sin embargo, el Brexit terminó favoreciendo paradójicamente a los independentistas que querían permanecer en la UE. Mientras todo el Reino Unido formaba parte de Europa, conseguir apoyos para una separación resultaba mucho más difícil.
Incluso, ahora también pueden presentar la independencia como el camino para regresar a ella. Lo que antes dificultaba la separación puede haberse convertido, paradójicamente, en un incentivo para buscarla. Y, desde Bruselas, mirarla con una simpatía antes impensable.
Y en este mundo sin guion, quizás Pedro Sánchez, en lugar de utilizar siempre a Javier Milei como contraejemplo, debería mirar el pragmatismo y la rapidez con que actuó sobre las islas Malvinas y comenzar a pensar su propia política hacia Gibraltar.
Sobre todo, antes de que otros se adelanten y pongan a Cataluña sobre la mesa.