De Adamuz en España a Once en Argentina: cuando la corrupción despierta a la sociedad dormida
En 2012, un tren chocó en Argentina provocando una tragedia que derrumbó al kirchnerismo gobernante. La señales de Andalucía son parecidas para Pedro Sánchez, Oscar Puente y un gobierno a oscuras.
El 22 de febrero de 2012 un tren entró a velocidad prohibida en la estación Once, de Buenos Aires. Chocó con los paragolpes de contención y seis vagones quedaron destrozados. Entre los hierros retorcidos y los gritos de desesperación murieron 51 personas más un bebé en la panza de su madre embarazada. Los heridos llegaron a setecientos.
La Justicia de Argentina condenó a los dos últimos secretarios de Transportes, a 18 directivos de la empresa privada concesionaria del servicio y al maquinista, que falló en la maniobra del frenado.
El ministro de Infraestructura de Cristina Kirchner, el ingeniero Julio de Vido pudo salvarse de la condena por responsabilidad, pero no del juicio por "administración fraudulenta". Un término jurídico para describir lo que verdaderamente es: corrupción en las contrataciones. Los trenes tenían fallas en los frenos, en los sistemas hidráulicos y los materiales rodantes estaban en estado deplorable.
Siete años después de la tragedia, los jueces lo condenaron a De Vido a 5 años y 8 meses de prisión.
Esa tragedia y esa condena probaron, por primera vez en la Argentina, que la corrupción podía estar directamente ligada con la muerte dentro de un medio de transporte público. “La corrupción mata”, fue la frase de los familiares de las víctimas que quedó grabada en los archivos de la vergüenza.
Un año y medio después, el peronismo fue a elecciones y perdió en todos los municipios de la provincia de Buenos Aires que recorría aquel tren Sarmiento. Dos años antes, había triunfado en todos. Fue una señal premonitoria. En 2015, Cristina Kirchner y sus aliados serían eyectados del poder.
Algo había herido la sensibilidad de la sociedad argentina que, hasta entonces, había aceptado la corrupción kirchnerista a cambio de una ficticia estabilidad en la economía. Muchos entendieron que el fraude de los funcionarios, en algún momento, podía terminar con sus vidas.
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Tragedia ferroviaria de Once, ocurrida en 2012 en Buenos Aires, Argentina.
"La corrupción mata", de Argentina a España
Es interesante la comparación entre Argentina y España porque la reacción de muchos españoles parece estar transitando por el mismo camino. O por la misma vía.
El tren de Alta Velocidad, con sus vías férreas (las más extensas del planeta después de las de China), es un orgullo del estado de bienestar de España. Recorre las principales ciudades del país a más de 300 kilómetros por hora y lleva a 40 millones de pasajeros de todo el mundo por toda su geografía.
Como sucedió en la tragedia argentina, ese fantástico medio de locomoción que es el tren se presta en ocasiones a los errores humanos, a los imponderables y a las fallas de mantenimiento.
Estas últimas, casi siempre, generadas por la ineficacia en la gestión estatal o la corrupción en las contrataciones de servicios. Pecados que muchas veces vienen de la mano.
Y esa desgracia, la de la impericia profesional y la del mantenimiento defectuoso contratado con mecanismos oscuros, asoma detrás del descarrilamiento de Adamuz.
Curiosamente, y porque lo recordaron de alguna crónica periodística o porque coincidieron en la misma lectura política, Isabel Díaz Ayuso y luego Santiago Abascal pronunciaron la misma frase.
“La corrupción mata”. Las mismas tres palabras y un idéntico razonamiento para enlazar causa y efecto.
Los amaños y mordidas, como las llaman en España. Las coimas, como le dicen en Argentina. Los sobornos, en fin, que anulan la transparencia y la seguridad de los servicios contratados para los trenes, y terminan tarde o temprano en la muerte de los pasajeros.
En la mente de los españoles, como sucedió con la mente de los argentinos hace catorce años, se iluminó un mismo silogismo: si los trenes chocan y la gente muere, y yo viajo siempre en tren, el próximo muerto puedo ser yo. Lógica pura.
Ahí es donde la corrupción se conecta con la muerte. Ahí es donde la corrupción mata, más allá de que quienes pronuncien la frase sean padres, madres o hermanos de un pasajero muerto. O sean dirigentes políticos tuiteando en busca de votos en el futuro.
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El presidente Pedro Sánchez, y el ministro Oscar Puente, en el Parlamento de España.
Presidente de España, Pedro Sánchez, y ministro de Transportes, Oscar Puente.
Los gritos contra Pedro Sánchez en las gradas
El presidente Pedro Sánchez lleva ocho años en el poder de España, y muchas de sus maniobras para resistir a cualquier precio en la Moncloa resultaron exitosas. Habrá que ver si lograr resistir este trayecto que pasa por las estaciones de la corrupción, la ineficacia y la muerte.
No lo ayuda mucho su ministro de Transporte, Oscar Puente, el verborrágico funcionario adicto al Twitter que intenta hacer equilibrio gastando horas antes las cámaras de la TV y escribiendo posteos de X en su smartphone. Debiera haber renunciado en las primeras horas posteriores a la tragedia de Andalucía. O debiera renunciar en estas horas.
Lo único seguro es que Puente no tiene pensado renunciar en sus planes futuros. Y que cree, como en muchas situaciones de la vida, que las 45 muertes de la estación cordobesa también quedarán en el olvido.
El examen más exigente que tendrán este año Pedro Sánchez, Oscar Puente y todos los pasajeros de ese tren en emergencia que es el gobierno socialista, serán las elecciones autonómicas.
La primera en la Comunidad de Aragón en poco más de una semana, el 8 de febrero. La siguiente el 15 de marzo, en Castilla y León, y la tercera en Andalucía, allá por junio.
En todas ellas gobierna el Partido Popular, así que a nadie debería extrañarle que alumbren derrotas consecutivas para Sánchez.
Pedro dirá que se trata de derrotas previsibles en territorios políticos ajenos.
Pero el dilema que tiene el Presidente es que, en algún momento entre el verano y el final de 2027, deberá convocar a las elecciones generales. Y la tragedia de Adamuz ha puesto a pensar a muchos españoles que tan personales se han vuelto sus decisiones electorales.
El último domingo, antes de que comenzara el partido entre el Atlético de Madrid y el Mallorca en el Estadio Metropolitano, los ultras del Fondo Sur desplegaron una bandera por los muertos de Adamuz para que la multitud les hiciera el homenaje de un minuto de silencio.
Fueron sesenta segundos de intensa emoción, y de congoja masiva.
La sorpresa fue que, cuando terminó el silencio, creció en las gradas un grito que se va haciendo costumbre. El Pedro Sánchez hijo de puta, que se popularizó en el infierno de las redes sociales pero que gana terreno allá donde haya muchedumbres con banderas de hastío.
No fueron todos, claro. Pero fueron muchos.
El tiempo dirá si se trata de un mensaje. Y si el mensaje está a tiempo de ser escuchado.