Mucho Twitter, poca gestión: la tragedia de los trenes golpea a Sánchez y a su ministro pendenciero
Oscar Puente está en el centro de todas las miradas por la tragedia de los trenes en Córdoba. Es el ministro de Transportes y el áspero protagonista de muchas polémicas, sobre todo en el universo de las redes sociales.
19 de enero 2026 - 13:05hs
El presidente Pedro Sánchez, y el ministro Oscar Puente, en el Parlamento de España.
El descarrilamiento y el choque de dos trenes en Andalucía le pega a Pedro Sánchez donde más le duele. En el corazón del estado de bienestar, al que menciona como si fuera uno de sus inventores.
Porque los trenes de alta velocidad son uno de los orgullos de España. Altivos, modernos, rápidos y capaces de transportar más de cuarenta millones de pasajeros al año, todos a trescientos kilómetros por hora y a una tarifa promedio de 75 euros.
La épica de los trenes veloces comenzó en 1992, cuando se inauguró el primero de ellos entre Madrid y Sevilla para coronar la exposición mundial en la capital andaluza. Y ya han superado la decena de líneas, llegando a Barcelona, Valencia, Málaga, Alicante y a La Coruña, la última en inaugurarse.
Son 4.000 kilómetros de vías en toda España. La segunda red más extensa del planeta, después de la de China, claro. En tres décadas, el tren de alta velocidad se agigantó al mismo tiempo que se expandía la economía española.
En estos tiempos extraños, es un buen ejemplo de cómo el crecimiento se puede transformar en desarrollo.
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Primeras hipótesis sobre la responsabilidad
Por las vías de alta velocidad de España se desplazan dos trenes estatales (el AVE de la española Renfé, y Ouigo, de Francia), y uno privado (Iryo, también español). Uno de los de Iryo que iba de Málaga a Madrid fue el que descarriló el domingo al anochecer, para embestir a otro que iba de Madrid a Huelva.
Recién comienza el debate por quien tuvo la culpa, pero ya nadie podrá devolverle la vida a los muertos que se suman por decenas.
Primero están los muertos, sus familias que los lloran, los heridos muy graves y los que volverán a sus casas después de sobrevivir a una de las peores tragedias ferroviarias de la historia española.
Pero es inevitable que ya se estén lanzando las primeras hipótesis sobre las responsabilidades de aquellos que tienen que velar por la seguridad de los trenes.
Y todo en tiempos que también son de alta velocidad. Sobre todo, por la urgencia, y la violencia discursiva, que imponen las redes sociales.
La paradoja es que el monarca de las redes sociales del gobierno de Pedro Sánchez es nada más, ni nada menos que Oscar Puente, el ministro de Transporte y Movilidad Sostenible de España. En resumen, el que debía ocuparse de la seguridad ferroviaria.
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Los próximos días y las próximas semanas dirán si Puente hizo bien o mal las cosas. Y si le cabe alguna responsabilidad penal en el choque de Andalucía, en los heridos y en los muertos de la ciudad de Córdoba.
Para lo que siempre tiene tiempo el ministro de los trenes es para ser protagonista en las redes sociales. Fue el primero en escribir sus posteos explicativos apenas se supo del accidente en Adamuz.
Es que Puente siempre ha sido así. Mucho Twitter, poca gestión.
Es bien recordado por haber iniciado el conflicto con el presidente argentino, Javier Milei, por el que España y Argentina retiraron a sus anteriores embajadores y les pusieron un impasse a las relaciones diplomáticas entre países hermanos.
Milei había criticado a Pedro Sánchez en un acto de Vox en Madrid y había mencionado los problemas de la primera dama, Begoña Gómez, con una causa en la que se investigan hechos de corrupción.
Con el apuro de los alcahuetes, Puente entonces tomó su smartphone para escribir en las redes que el presidente argentino podría haber hecho esas críticas luego de haber “ingerido sustancias”.
Lo que siguió fue un conflicto entre España y Argentina, que hoy parece encarrilado y restringido al espacio amable de las relaciones económicas.
Claro que la locuacidad digital del pendenciero Puente no tiene límites.
Los objetivos de sus misiles por X pueden ser Alberto Núñez Feijóo o Santiago Abascal; o le apuntan a Isabel Díaz Ayuso porque el metro de Madrid tuvo varias dificultades operativas en el verano pasado.
El ministro despliega entonces su batería de adjetivos como si su área de responsabilidad fueran las canciones de Rosalía o los videogames.
Pero el trabajo de Puente consiste en controlar el funcionamiento de las carreteras, los aeropuertos y los trenes. Y eso es lo que estalló el domingo en Andalucía.
¿El resultado? Muertos, heridos y una cantidad inquietante de problemas a resolver.
La política no es ahora la prioridad
Como si no tuviera frentes abiertos Pedro Sánchez, además de tener que vigilarlo a Puente.
Con lógica institucional, suspendió su encuentro en Moncloa con Núñez Feijóo. La disputa política puede y debe esperar a que se atienda la prioridad sanitaria que urge en Andalucía. Para eso, Twitter no alcanza.
También deberán tener un paréntesis la discusión por el privilegio financiero que Sánchez le dio a Cataluña para poder sostenerse. Y el debate sobre si los inmigrantes son muchos o son pocos en España.
Deberán aguardar la estrategia europea para frenar la pretensión insólita de Donald Trump de apoderarse de Groenlandia, y el Foro Económico de Davos, que está comenzado en Suiza con la sombra del belicoso presidente de EEUU complicándolo todo. Y al que Sánchez lógicamente ha suspendido su asistencia.
Es que la prioridad de Pedro Sánchez, y de toda la política española, ahora debe estar concentrada en aliviar todo lo que se pueda la herida de Adamuz.
Concentrarse en evaluar que ha ido bien y que ha ido mal en la gestión del transporte de España.
Sobre todo, teniendo en cuenta que entre sus anteriores ministros de Transportes, está el tristemente célebre José Luis Abalos, preso desde noviembre por causas de corrupción y, entre sus curiosidades, está la de haber ubicado en la plantilla de la estatal ferroviaria Adif a mujeres como favor político.
Quizás un buen comienzo sea el de desprenderse del pendenciero Oscar Puente, como primera medida para mejorar en algo el funcionamiento de los trenes.
Es cierto, tal vez no tenga a alguien que lo defienda con tanta animosidad en Twitter.
Pero sería un gesto mínimo para todos aquellos españoles que han perdido lo que mucho de lo que más querían entre las vías heladas de una maldita noche de domingo.