No es solo la historia de un deportista excepcional.
Lionel Messi advierte detalles ocultos para el resto de los mortales.
El futbolista argentino mantiene su estatus de estrella en su sexto mundial y entrando en los 39 años. Ya nadie discute que superó a Maradona y se consagra como celebridad deportiva y humana. Messi proyecta una imagen distinta a la de un país agobiado por la decadencia y un ego demasiado grande.
Lionel Messi advierte detalles ocultos para el resto de los mortales.
El fútbol de los últimos veinte años está plagado de esos momentos sublimes.
Su mente registra vibraciones imperceptibles y resuelve con velocidad los dilemas de ese arte plebeyo llamado fútbol.
Lo que empieza a quedar claro, ahora que cumple 39 años y lo espera pronto el retiro de las canchas, es que Messi traslada esa superioridad cerebral a otros estadios de la vida.
Por eso, hace algunos días y poco antes de comenzar el Mundial 2026 en EEUU, México y Canadá, Messi advirtió algo. Y lo hizo antes que el resto de las personas que iban hacia los vestuarios del estadio de Alabama donde Argentina acababa de derrotar a Islandia en un olvidado partido amistoso. Supo que alguien muy singular quería hablarle.
Ya se sabe. Todo el planeta quiere hablarle a Messi y por eso es tan difícil acercarse a él.
Hay que superar a sus compañeros, a sus asistentes y a los guardias de seguridad que siempre rodean a la celebridad. Solo unos pocos lo logran.
Sin embargo, Messi vio más allá -como siempre lo hace- y abrió con suavidad el camino hacia un muchacho en silla de ruedas. Un periodista venezolano de 30 años que ejerce su oficio competitivo debiendo vencer siempre las consecuencias de una parálisis cerebral que le complica la vida.
Como si fueran los instantes previos de otra jugada magistral, Messi escuchó con atención a Emanuel Gutiérrez hacerle un par de preguntas y le respondió del mismo modo que lo haría con cualquier otro periodista. Sin acortar la respuesta por tratarse de quien se trataba. Y sin sobreactuar el discurso por tratarse de quien se trataba.
Encontrando el equilibrio exacto entre el profesionalismo, la calidez y la compasión.
Esa habilidad no se aprende en ninguna academia ni se perfecciona en ningún centro de entrenamiento.
Pero Messi es Messi y repite día a día, y año a año, ese ritual de lo extraordinario. De hacer todas las cosas bien. Las cosas del fútbol, que a nadie sorprenden, y las cosas de la vida, que siguen causando asombro.
Siempre el asombro con Messi. Como sucedió también en ese mismo amistoso ante Islandia en Alabama cuando, en el final del encuentro, se le acercó uno de sus rivales, mucho más joven que él, para recordarle quien era porque Messi había jugado en el Barcelona con su papá hacía dos décadas.
- ¿Leo, te acordás quién soy?
Messi lo abrazó tímidamente con el gesto en la cara de quien no recuerda, pero se esfuerza por hacerlo. Hasta que Daniel Gudjohnsen, un rubio islandés de 20 años, le recordó que había jugado con su padre entre 2006 y 2009. Y entonces sí, Messi, que empieza a parecerse a un Highlander del fútbol que ha estado en todas las guerras, termina recordando y abrazándolo a Daniel, como en esa foto en la que está con tres años en sus brazos y que, en unos minutos, va a ser reposteada en millones de cuentas en redes sociales.
¿Todo hace bien Lionel Messi? La pregunta ya recorre el planeta.
Como estas dos anécdotas pueden mencionarse otros cientos de momentos que han convertido a Messi en un símbolo de una Argentina diferente.
En un extraño ser nacido en el país de Perón y de por cada uno de los nuestros caerán cinco de los de ellos.
El país de las dictablandas y de la violencia armada, del terrorismo y los muertos inocentes de Montoneros y del ERP.
Del país de la última dictadura, con su represión de estado, sus desaparecidos y sus bebés robados.
Del mismo país de la hiperinflación de Alfonsín, de la desocupación de Menem, el corralito de De la Rúa y Cavallo, la corrupción infinita de los Kirchner. Y el país de la Querida Fabiola, de los vacunados VIP y el de los miles de muertos por no tener vacunas anti Covid a tiempo, que presidió Alberto Fernández.
El país de Javier Milei que navega entre la baja de la inflación, la motosierra, los insultos, la vergüenza Adorni y la incógnita sobre su reelección, que en 2027 definirá la temperatura de la economía.
El mismo país de la soja y de la pobreza demasiado alta.
El del mejor público del rock mundial y el de la inseguridad en cualquier esquina del conurbano bonaerense.
El del fútbol oscuro de Don Julio Grondona y del Chiqui Tapia.
De ahí viene Lionel Messi, traspasado por una enfermedad de niño en sus huesos a vivir veinte años en Barcelona, un par de temporadas en París y, ahora, a tramitar su merecida jubilación de estrella en Miami.
¿Será Messi la proyección de un país distinto al que no logra todavía salir de su decadencia?
Con toda esa carga histórica en su adn, Messi logra escapar de la maldición argentina para situarse en un pedestal en el que casi todo el planeta lo quiere. En Kansas y en Doha. En Clorinda y, Dios sabrá por qué, en Bangladesh. Superando con el tiempo al otro ícono al que no podía superar, a Diego Maradona.
Y eso sí que le costó. Porque no bastaban el Mundial Juvenil, la medalla olímpica ni las Ligas ni las Champions League con el Barcelona. Y mucho menos bastaba el subcampeonato mundial en Brasil 2014.
Siempre Diego sería el campeón de México 86 y el símbolo de la Argentina rebelde e incorrecta que insultaba al Papa, se abrazaba con Kadhafi, con Hugo Chávez, con Fidel Castro y se acostaba con chicas menores de edad antes de que llegara el Me Too.
Messi tuvo que esperar a levantar la Copa en Qatar para certificar que era más que Maradona. Por estadísticas y por reconocimiento global. Salvo para los fans de Cristino Ronaldo en el mundo y para muchos simpatizantes del peronismo y de la izquierda que lo consideran un traidor a la causa.
Desclasado es el adjetivo insólito que usan para herir a Messi, y a sus compañeros de la Selección, por el pecado de ser millonarios en un deporte de estrellas muy bien pagas. Como si fuera un delito. Y dicho muchas veces por dirigentes que tienen igual o superior patrimonio al de los cracks que -hay que recordarlo- se lo ganan con su propio mérito. La fucking meritocracia otra vez.
Es ese desprecio inexplicable por Messi el que lleva a una mujer inteligente como Florencia Peña a anunciar fresca, y casi disfrutando, que su padre Jorge ha muerto cuando las versiones sobre su salud recorren el infierno de las redes sociales. Pero cualquier argentino medio sabe lo sensible y áspero que es el tema.
El alud de condenas sobre Florencia, y sobretodo para el neosistema mediático en el que todo vale, es suficiente castigo para una Argentina que siente una suerte de redención al comprobar la admiración global que eleva a uno de los suyos para ubicarlo en un lugar de la historia que ya nadie podrá quitarle.
Pero Messi, el futbolista superior que cumple 39 años y luce impecable, sigue su vida sin prestarles atención a los que todavía intentan bajarle el precio.
Burlándose de la grieta porque siempre estuvo claro el amor de Messi por Maradona. Por el Diego jugador que, a pesar de la hoguera de las vanidades, lo consideró hasta morir como su único heredero.
Messi no se señala el pecho cuando convierte otro de sus casi 1000 goles en ese gesto que ensayan algunos de sus competidores para decir acá estoy. Soy el mejor. El simplemente mira el cielo y le agradece a su abuela, la que lo advirtió antes que nadie. Y se conforma con eso. Con ser el mejor, pero sin decirlo.
Messi es la celebridad más aclamada de estos tiempos para la Argentina tan pendiente del elogio ajeno.
El país incandescente cuyo mayor pecado es exhibir, casi siempre, ese ego mucho más más gigantesco que el de sus verdaderos logros.