Los Oscar se metieron de lleno en la guerra cultural
La entrega de los premios Oscar mostró la predilección de la Academia del Cine de EE.UU. por las películas con narrativas contrarias al trumpismo. El fenómeno de la internacionalización y el declive de los clásicos.
18 de marzo 2026 - 13:52hs
Paul Thomas Anderson, Leonardo Di Caprio y Benicio del Toro, juntos en la gran ganadora: Una batalla tras otra.
El sistema internacional pos pax americana, híbrido y ciberespacial, donde las bombas reales importan tanto como las dialécticas, se define mejor por la frase de Bertolt Brecht de que el arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma.
En este sentido, las entregas de premios se han transformado en auténticos campos de batalla de esa guerra cultural.
La última temporada de premios, que concluyó el último domingo con la 98º ceremonia de los Oscar, fue quizá la más politizada en los casi 100 años de historia de una celebración que nunca le escapó a las controversias ideológicas, y atravesó sin suspensiones la Segunda Guerra Mundial, la lucha por los derechos civiles y la ofensiva neocon contra Al Qaeda.
Sin embargo, a diferencia de años anteriores en los que la industria tenía alas tanto de derecha como de izquierda bien definidas (Dalton Trumbo vs. John Wayne), hoy el sector casi en su totalidad ha adoptado una postura de enfrentamiento directo contra el trumpismo.
No obstante -y como ha ocurrido a lo largo de todos estos años- es interesante ver cómo asimila la Academia las tensiones sociales y geopolíticas del mundo a través de los contenidos que realiza, pero sobre todo de los que galardona.
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La internacionalización de la industria
En primer lugar, no pueden entenderse las entregas de premios en la actualidad sin tener en cuenta el profundo proceso de internacionalización que ha sufrido la industria cinematográfica en los últimos 15 años.
Y si a finales de los 60’s fue noticia por lo excepcional que Z de Costa-Gavras estuviera incluida dentro de la terna a Mejor Película y a Mejor Película Extranjera, en estos días es difícil imaginar una ceremonia sin producciones asiáticas de peso compitiendo de igual a igual en categorías técnicas o artísticas, films europeos tan imbricados con las líneas de producción estadounidenses que su origen ya es transatlántico, o actores y directores latinoamericanos y españoles totalmente incorporados al star-system hollywoodense, ya no como excepción sino como regla.
Todas estas premisas se cumplieron (otra vez) este año.
Valor sentimental, del noruego Joachim Trier, hablada en noruego e inglés, filmada en Oslo y protagonizada por una actriz noruega, otra estadounidense y Stellan Skarsgård uniendo ambos lados del Atlántico, se llevó el Oscar a mejor película internacional, además de ser la favorita de muchos en Mejor Actor de Reparto, que al final fue a Sean Penn.
Por su parte, el cine brasileño vive una auténtica revolución.
Después de años de que se le negara, en la ceremonia pasada recibió su merecido primer Oscar por Aún estoy aquí, y este año estuvo casi a punto de ganarlo nuevamente por El agente secreto, además de tener a Wagner Moura como uno de los grandes candidatos de la noche a mejor actor.
En la misma línea, el mexicano Guillermo del Toro estuvo entre los grandes ganadores de la noche con su gótica y visualmente despampanante versión de Frankenstein.
El caso de Las guerreras K-pop merece una mención aparte. Coproducción entre EE.UU. y Canadá apalancada por Netflix, se subió al fenómeno del K-pop demostrando el enorme soft power que proyecta Corea del Sur.
Además de obtener el galardón a mejor canción por el hit “Golden”, también se hizo con el Oscar a mejor película de animación.
Por último, no es un dato menor el hecho de que cuatro de las cinco películas nominadas a mejor película internacional, incluida la representante española Sirat, tenían nominaciones en otras categorías, incluida mejor película.
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La política mirando a Trump
Si el clima de época indicaba que lo más lógico era que la gran favorita de la noche fuera una película netamente política, esta vez fue por partida doble.
Por un lado, la incuestionable ganadora Una batalla tras otra, del alguna vez niño prodigio y hoy veterano director Paul Thomas Anderson, escogió otra vez una novela del críptico escritor Thomas Pynchon para retratar sus eternas obsesiones: la religión, el fanatismo, la supremacía racial y el capitalismo salvaje como los ejes sobre los que se desarrolló Estados Unidos.
La película, que hace referencias sutiles a temas tan incómodos como el de Assata Shakur y el Ejército Negro de Liberación, ofrece pasos de comedia mordaz y una de las mejores escenas de acción de la temporada, demostrando que así como es capaz de hacer filmes difíciles de digerir como Pozos de ambición o Puro vicio, puede encontrar el registro justo para contar una historia ágil sin hacer concesiones autorales.
Ahora bien, más allá de este acercamiento de PTA al cine más comercial, ¿qué fue lo que hizo que un director largamente ignorado por la Academia haya de repente arrasado la ceremonia del pasado domingo con cinco premios, entre ellos mejor película y mejor director?
Pues bien, es innegable que Hollywood lo premió porque, ante el regreso de Donald Trump al poder, los temas que aborda en sus películas se volvieron especialmente pertinentes.
Por otro lado, la principal contrincante de la noche de Una batalla tras otra era también una película política que abordaba temas raciales, pero desde un ángulo distinto. Hablamos, por supuesto, de Pecadores.
El director Ryan Coogler ha sido acusado muchas veces de woke, o al menos de haberse beneficiado de la corrección política de Hollywood con la cuestión de la discriminación hacia la población negra.
Pero lo cierto es que tiene una carrera sólida, y su última cinta es una magistral mezcla de géneros que aprovecha el drama histórico de las leyes Jim Crow para contar una historia de vampiros que además se da el lujo de coquetear con el género musical.
Los trabajos de Coogler son ante todo una oda al trabajo sostenido de un grupo de personas.
Pecadores es la tercera colaboración que hace con Michael B. Jordan y el compositor Ludwig Göransson después de Creed y Pantera Negra. Tampoco es casualidad que los tres hayan sido premiados como mejor guionista, actor y banda sonora respectivamente.
Sin dudas, la gran perdedora de la noche fue Hamnet de Chloé Zhao.
La película que retrata la particular relación entre William Shakespeare y su esposa Agnes, y la posterior muerte de su hijo, era la favorita para ganar la estatuilla hasta hace dos meses, después de haber ganado los Globos de Oro.
Sin embargo, se fue desinflando con el correr de las semanas a medida que sus competidoras iban ganando otras ceremonias como los BAFTA o los Actor Awards.
Dada la posición de privilegio que históricamente han tenido las películas británicas y que además abordan temas shakesperianos en la Academia, el fracaso de Hamnet -que al menos tuvo como premio de consolación la estatuilla para Jessie Buckley como mejor actriz- se convierte en un claro mensaje de los tiempos que corren: lo importante es la batalla cultural; por lo pronto no hay lugar para películas como Shakespeare enamorado o El código enigma.
Para coronar, ningún actor o actriz británico estuvo nominado en la gran noche del cine.
Más allá del caliente clima previo, la ceremonia se desarrolló con tranquilidad.
No tuvo discursos especialmente altisonantes, siendo el más notorio el del español Javier Bardem cuando le tocó entregar el premio a mejor película internacional, en el que abrió su intervención con un “no a la guerra” y “Palestina libre”.
Conan O’Brien ironizó acerca del cambio que supone la aparición de las IA cuando dijo que sería el último presentador humano de los Oscar.
Sin embargo, no se adentró demasiado en el chiste político, tratando de hacer las cosas dinámicas para un público de otra generación que cada vez tiene menos tolerancia a las ceremonias largas y solemnes.